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viernes, 19 de agosto de 2016

Y de nuevo tuvo que decir adiós. (Cuento)

La edad solo trae cansancio, la experiencia queda en un simple segundo plano. Nadie se vuelve más inteligente, solo se ejercita nuestra capacidad de pensar y anticiparnos, que no es lo mismo, lo único que se acrecienta con la edad es la capacidad de arrepentirse y la nostalgia.
Juventud es la vida, ser adulto, el periodo de escribir nuestras experiencias en el recuerdo para poder narrarlos correctamente al llegar a la muerte al final de la vejez.
Es el anciano que haría lo que fuese por volver a ser joven, salvo borrar sus errores. El adulto, es hipócrita, pues haría lo que fuese por volver a ser joven, salvo ejercicio, dieta y eliminar sus malos vicios. El joven es aquel estúpido que haría lo que fuese con tal de ser siempre igual.
Así empieza esta triste historia, bella desde cierto punto de vista, pues nadie dijo que las lágrimas no pudieran ser bonitas al caer lentamente por nuestros ojos.
Aquel muchacho se llamaba Darío, apenas alcanzaba la mayoría de edad, pero en su rostro se vislumbraba un reflejo de madurez, tan grande como para tomarlo en serio solo con verle a simple vista. Madrugaba a diario, se aseaba con paciencia, esmerándose en cuidar su imagen, preparaba para si un fuerte y completo desayuno que devoraba velozmente, posteriormente, se dirigía a su centro de estudio, allí donde destacaba por una fuerte implicación en la vida estudiantil. Era admirado por muchos. Sus triunfos como deportista le hacía ganarse el respeto de sus compañeros, sus largas pestañas bailando sobre sus verdes ojos el favor de cualquier mujer, y sus palabras, resultaban una sinfonía, seductoras, caricias para el oído atento, que resultaba cautivado.
Provenía de una familia acaudalada, lo que le había permitido una buena educación cultural amplia, en todos sus campos. Tocaba el piano, el violín y la guitarra con una maestría cercana al virtuosismo, capaz de interpretar obras con tal perfección que provocaba lágrimas de emoción en las personas que se veían impregnados por las notas que se desprendían hondeando dulcemente de sus instrumentos.
No podía quejarse en ninguno de los sentidos. No le faltaba nada que el dinero no pudiese proporcionar, su carisma le hacía poseedor de fuertes amistades que lo daban todo por él, las mujeres deseaban que les dedicase un momento de atención y su familia se mantenía junta, bajo el calor del abrazo romántico de la unión.
Nada podía interrumpir la felicidad que impregnaba a sus días. O eso creía él.
Podía ser un joven maduro, pero joven al fin y al cabo. No tardó en cometer el mayor fallo que un hombre puede cometer.

Suele ocurrir que aparece una persona en nuestras vidas para darle la vuelta a todo, o más bien pensamos que eso ocurre. Nadie aparece de la nada, solo comenzamos a tener en cuenta a esas personas que no ocupaban ninguno de nuestros pensamientos.
Por aquel entonces, Darío tenía los dieciocho años recién cumplidos cuando comenzó a llevar acabo salidas frecuentes a ciertos locales, dedicados a ahogar al ocio entre hielos o piernas. No le resultaba difícil tener una buena compañía cada noche, se había convertido en un juego que repetía una y otra vez. Se acercaba decidido a la mujer más atractiva, con el pretexto de la música alta se acercaba hasta su oído y susurraba una frase que resultaba ser siempre adecuada para seducir. Cuando le preguntaban que decía en ese susurro, respondía que una estupidez que pudiese resultar bonita, ya que lo importante no era la frase en si, su contenido no servía de nada si no se sabía decir. Para él, había que acercarse tanto a la oreja como para provocar cosquillas al mover los labios, causando así una sensación gratificante, que embelleciese aquella ocurrencia disparatada.
Llegó pues la noche que daría comienzo al final de todo. Borracho, contemplaba aquel bar. No veía nada que resultase de su agrado, así que se dedicaba a fomentar su precoz embriaguez efímera de una noche, cuando sus ojos se toparon con el contoneo de caderas de una muchacha cercana. Se movía al son de la canción que retumbaba en los altavoces, sin acelerarse, como si el vaivén de una hoja cayendo de su árbol se tratase. Se sujetaba con las manos el liso cabello castaño, enredándolo entre sus finos dedos. Su cuerpo era un imán, atraía con un ligero escote que mostraba parte de su sugerente pecho, sus piernas asomaban bajo su falda como dos iconos de la sensualidad femenina. A pesar de la falta de luz, sus verdes ojos respiraban su propia luz, sus labios, definidos por el carmín, brillaban con la pasión de aquel rojo que se posaba en su boca con delicadeza, bajo la caída de una insinuante sonrisa. Darío remató su último trago y con un fuerte golpe sobre la barra, dejó el vacío vaso. No iba a resultar por lo visto tan aburrida su noche.
Se colocó el cuello de su camisa, pasó su mano por su ya definido peinado y se acercó con paso seguro y elegante hacia ella. Palpando su espalda con delicadeza, se acercó a su oído para verter su veneno.

-Perdona, pero dice el jefe del local que relajes la marcha, que las mujeres del lugar están celosas de que solo te miren a ti.

Cada palabra era un siseo sonoro, formando un verso rítmico que invadía aquella oreja.
La muchacha se giró para toparse con una expresión ensayada para sugerir misterio. Sin previo aviso, ocupó su rostro con la palma y le empujó para alejarlo, volver a girarse e ignorarle. Darío estaba boquiabierto. Desde que era pequeño, nada semejante le había pasado. Sin saber porqué, el nerviosismo fue un calambre frío que recorría la autovía de su espina dorsal.

-Es de muy mala educación no responder, ¿sabías?- Dijo acusando.

La muchacha no paraba de moverse, ausente en su propio mundo, ajena a cualquier cosa que sucediese a su alrededor, bailando con delicadeza, hipnótica aun a la vista de Darío.
Su orgullo actúo por él. Dio media vuelta malhumorado y marchó de nuevo a ese asiento que ya llevaba calentando por un rato. Dos amigos suyos conversaban, ignorando su intento fallido de acercarse a aquella descocada muchacha. Con un dedo llamó a la camarera y la dio a entender que le dispusiese de la misma mezcla que aquel vaso de hielos derretidos hacía poco contenía. La noche se acortaba a cada trago que acariciaba su garganta y lo abrazaba con aquel calor que solo el alcohol proporciona.
Media hora después, levantar el brazo para arrimar a sus labios aquel mal hábito se había vuelto como pestañear, inconsciente de ello.
Se vio interrumpido, para su sorpresa, por aquella belleza que le había rechazo de muy malas maneras. Su fina mano estaba sobre su hombro, su aliento calentaba su nuca y uno de sus pechos se posaba sobre su espalda.

-¿Me invitas a una copa?- sonó con un tono seductor.

Darío no pudo evitar estremecerse. Mirándola fijamente, olvidándose de sus malos rencores, incapaz de negarse a aquellos lindos ojos que trababan sus palabras. Pidió con un gesto, señalando la botella que descansaba sobre una de las repisas que habitaba tras la barra. Pagó y al segundo de girarse, no había rastro de ella. Había marchado con la copa, sin tan siquiera dar las gracias. La rabia se apoderó de su cuerpo, calentando cada una de sus venas, tensando su cuello y cubriendo su rostro con una máscara agresiva. Salió tras ella sin pensárselo dos veces.
La encontró en la puerta, empleando la misma estrategia con otro chico, para conseguir de un cigarrillo que poder fumarse. Juguetona, como una niña inquieta, no paraba de bailar solo con los pies, sonriendo, moviendo la cabeza de lado a lado, mientras se encendía aquel cigarro obtenido con malas artes. Darío actuó llevado a rastras por su emoción del momento. Fue hacia ella, a paso seguro, dispuesto a no dejarse derrotar tan fácilmente. Se plantó frente a ella, la cual no parecía sorprendida.

-¿De que vas?- dijo.-¿Crees que puedes jugar conmigo?

La chica seguía sonriendo, dejando escapar una leve risa, y acercándose poco a poco hacia él dejó colgando un fugaz beso sobre sus labios. Darío no entendía para nada aquella muchacha. Comenzó a andar de espaldas mientras le guiñaba un ojo. Dio una calada a ese cigarro dejándolo por la mitad y lo tiró al suelo, se volteó y se adentró en el local. Darío estaba petrificado, una estatua fija sin expresión alguna en su rostro. Su rabia había dado paso a un corazón acelerado, danzante en su pecho con una vertiginosa velocidad. Tocó con sus dedos su boca, en busca de algún rastro de aquel beso. Como una exhalación, volvió a entrar tras las huellas de aquella locura hecha mujer.
La volvió a encontrar junto con un grupo de amigas, en el mismo sitio de aquella sala. Se apresuró a ir a donde estaba ella, sin ningún plan, sin saber que decir. Ella se percató que estaba ahí, y sonrió dulcemente. Parecía inocente e ingenua a simple vista. Esta vez fue ella la que se acercó a él.

-Creo que no me recuerdas, Darío.

Su sonrisa no se perdió ni por un momento, clavándose como una daga sobre su pecho tras cortar en su memoria causando un derramamiento de dudas.

-¿Nos conocemos?- logró decir.

La sonrisa de aquella muchacha olvidada se extendió aun más, enseñando una fila perfecta y recta de dientes que brillaban tanto como aquellos ojos. Sacó de su chaqueta un bolígrafo, agarró su mano y escribió un número de teléfono.

-Cuando no estés borracho lo hablamos mejor. Yo me voy a dormir.

Darío dejó caer la vista al suelo mientras ella se alejaba lentamente, tratando de analizar lo ocurrido. Seguía sin comprender nada, de que la conocía y mucho menos el porqué se comportaba así.

A la mañana siguiente, para Darío todo fue como un sueño extraño y difuso. Contemplar su palma pintarrajeada por aquellos torcidos números rompían con su ensoñación. No podía evitar sentirse confuso. La imagen de aquella preciosa desconocida danzante, aquellos ojos coronando aquella amplia sonrisa, y el ligero escote que dejaba intuir lo necesario para imaginar, no salía de su cabeza. Trataba de no darle importancia, pero la idea de llamar tentaba a sus deseos. Nunca sintió nada así.Para él hallar respuestas era el instante, recordar le era igual a perder el tiempo, momentos que se podían dedicar a vivir cada segundo. No entendía que era eso de alegrarse con la nostalgia, jamás tuvo ganas de volver a ver a una persona. Negó con la cabeza. Quería apartar cualquier pensamiento que tuviera que ver con la noche anterior.
Decidió pasar la tarde con unos amigos en un club donde solían matar los días a base de jugar al billar.
El lugar estaba cuidadosamente decorado con elementos típicos de un bar americano, imitando a los que salen en las películas. El camarero hablaba con un hombre habitual desde detrás de la barra, una pareja se sentaba en una de las mesas, y al fondo de aquel local, un grupo de chicas charlaban ruidosamente. Suspiró. Cogió un palo de billar mientras uno de sus amigos situaba las bolas en el centro de la mesa.
No se le daba mal el juego, pocas cosas estaban fuera de sus capacidades, causa de su egolatría. Golpeaba las bolas con determinación, empujándolas a cada uno de los agujeros correspondientes. Una voz a su espalda le distrajo.

-¿Si metes está me llamas finalmente?

Vio la bola meterse justo antes de girarse. Allí estaba aquella chica que le había causado un fuerte dolor de cabeza. Sonreía inocentemente. Vestía de manera muy distinta a la de aquella noche. Llevaba un jersey azul, a pesar de cubrirla hasta llegar al cuello, dejaba intuir la forma de su pecho, unos pantalones negros enfundaban sus dos finas piernas y sus ojos se seguían mostrando mágicos al natural, libres del rimel y la sombra de ojos.
Darío la dio la espalda.

-¿Qué quieres?- dijo secamente.

-Que me recuerdes.

-Recuerdo muy bien como me jodiste la noche anterior.

-Te molestas entonces con poco.

Darío dejó el palo sobre la mesa para volver a mirarla a los ojos. Quedó hechizado por ellos, pero trató de disimularlo.

-¿Qué quieres?-repitió.

-¿Sabes que es la nostalgia?

Darío la miraba sin comprender. Ella siguió hablando.

-Hay quien dice que la nostalgia es un tipo de tristeza. Yo creo que es la felicidad de hacerse viejos.- se acercó un poco más a Darío.- Nadie evita cometer errores, desde tomar una mala decisión a tener una actitud equivocada. Nadie es consciente de sus errores en el momento, pero cuando lo sean, aprenderán de ellos. Comprenderán el daño de su tropiezo o el que pueden causar al olvidarse de alguien.

Su expresión cambió. Estaba seria, aunque su rostro no podía evitar parecer infantil.

-Lo siento, pero... no te recuerdo.

Ella sonrío, le tomó por la mano y le sacó del lugar ante la atónita mirada de sus amigos.

-¿A donde me llevas?

-A enseñarte que es la nostalgia.

Darío no entendía nada, solo que esa chica comenzó a trastocar su rutina. Durante varias semanas quedaban en el mismo punto, se veían, charlaba de forma amistosa, reían, disfrutaban ambos de la compañía del otro, pero ella nunca le decía su nombre.

-Tienes que recordarlo tú.- decía ella.

-Ya, pero, ¿cómo te llamo entonces?

Ella se quedó pensando. Al instante, le miró sonriendo.

-Llámame Nostalgia.

Poco a poco, Darío se sintió muy unido a Nostalgia. Se quedaba dormido recordando lo ocurrido en aquel día con ella, se esforzaba en tratar de recordar su nombre, pero dándose por vencido, solo pensaba en sus ojos. Al salir del conservatorio le solía esperar Nostalgia, vestida siempre con su inocencia y la más grande de las sonrisas.
Un día Darío le preguntó porqué nunca llevaba tabaco si la vio fumar en aquel momento que le hizo salir de aquel antro de la mala vida.

-Es que yo no fumo. Solo lo estaba probando.

-¿Por curiosidad?

-Porque podía. Antes nunca pude.

Algunas de sus respuestas le solían resultar extrañas, pero lo consideraba parte de su encanto.
Pasó el tiempo y Darío y Nostalgia acabaron por iniciar una relación más allá de la amistad. Sus hábitos no cambiaron mucho, solo que de vez en cuando sus labios se juntaban y ella visitaba la cama del muchacho.

-Me sabe mal que no me digas tú nombre.- dijo malhumorado.

-Será que ahora no quiero que me recuerdes.

-Eso no tiene sentido. Explícame.

-Es porque simplemente, desaparecería.

-A ver si adivino. ¿Al recordarte tendría otra forma de verte y por tanto no serías la misma? ¿Qué te vería como una hermana? Seguro que esa es la respuesta que me darías tan filosófica.

Ella sonreía dulcemente.

-Se podría decir así.

Llegó el verano a sus hábitos, tan pronto como permitía ese tiempo que vuela sobre el calendario. Darío invitó a Nostalgia a su lugar de veraneo frecuente. Ella se mostraba contraria.

-¿Es por timidez con mis padres? No van a estar.

-No es eso. Es que...

Darío se acercó a ella hasta quedar frente con frente. Sonreía de oreja a oreja.

-Es bueno decir adiós siempre a la rutina.

Ella miraba al suelo.

-También a los lugares a los que no pertenecemos.-susurró.

Una semana más tarde, ambos se veían paseando por una de las playas de Galicia. Iban de la mano, aunque Nostalgia se mostraba tensa, pesada a cada paso que daban.
El sol caía lentamente para dar paso a la noche, y un ligero frío se iba apoderando lentamente del ambiente. La brisa se levantaba, meciendo sus ropas y acariciando sus rostros. Darío iba con un simple bañador y una camiseta de tirantes, mientras que Nostalgia llevaba un vestido de verano blanco acompañado por un pequeño lazo azul. Se detuvieron frente a un acantilado a ver la puesta de sol. Ninguno habló por un largo rato.

-Llevo veraneando aquí desde que era crío, pero creo que es la primera vez que aprendo a valorarlo.- La miró a la cara.- Eso es gracias a ti.

Nostalgia lo observaba callada, con los ojos húmedos. Sin romper con el silencio, le beso apasionadamente, bebiendo de sus labios el afecto que ella quería darle. Se separó lentamente, apoyando sus manos sobre su pecho, para hacer distancia entre ambos. Las lágrimas discurrían por sus mejillas, los sollozos tomaban su voz, su piel morena se mostraba rojiza.

-¿Qué te pasa?

Pegó dos pasos para atrás. Logró contener su llanto y volver a mirar Darío a los ojos.

-Es hora de recordar.

Como ya era costumbre, él no entendía nada de lo que ella hablaba.

-Déjate de tonterías anda.- dijo bromeando.- disfruta de este lugar tan...

Familiar. Esa era la palabra que se quedaba sobre sus labios. Miraba al horizonte, perdido sobre él, con los ojos húmedos. Se giró a mirarla.

-¿Marina?

Ella lloraba descontrolada. Era una fuente que no paraba de emanar su pena.

-No...no puede ser. Tú...

-Morí. Si.

A la cabeza de Darío estaba la imagen de aquella compañera de aventuras durante sus vacaciones. Año tras año esperaban al verano para volver a juntarse, pasar nuevamente las tardes en la playa, los juegos cerca de aquel acantilado, las noches frescas paseando... hasta ese fatídico día de tres años atrás. Marina y él se encontraban sentados al borde de aquel acantilado. Nunca se imaginaron que era imprudente, que una fuerte ola la haría caer a las piedras que asomaban del agua. Fue todo en el acto. La policía la encontró una semana después.
Darío lloraba mirando aquel maldito lugar sin comprender como pudo haber olvidado ese instante tan fatídico.

-Adiós.- escuchó a sus espaldas.- Te juró que solo quería que me recordaras. No he podido evitar ser egoísta. Te contemplaba desviando tu camino, vacío. Solo quería ayudarte devolviendo los recuerdos de aquellos días de los que decías aprender como debías ser.

Se giró bruscamente para abrazarla. No quería dejarla ir. A todo cobraba sentido. No quería volver a perderla, no quería olvidar, solo quería que Marina permaneciese con él. Solo ella lograba entender que se escondía tras esa imagen perfecta de él, todas esas inseguridades, sus defectos, sus auténticas virtudes.
Pero ella ya no estaba allí. En su lugar, se encontraba un colgante con una piedra que se asemejaba a una esmeralda. Fue un regalo que le hizo a los doce años. No pudo evitar gritar su nombre. Y fue la segunda vez que gritó su nombre en aquel lugar, fruto de la desesperación. Solo que está vez, no la olvidaría nunca, pues fue el dolor de haberla olvidado lo que ocasionó el milagro. La brisa sopló, arrastrando a sus oídos una lejana voz.

-Siento haberte enseñado el significado de la nostalgia.

Darío se seco las lágrimas. Sonrío forzándose.

-No. Solo vive el que siente, por eso seguías viva. Yo apenas sentía. Apareciste para devolverme la alegría de vivir. La nostalgia es la triste alegría de seguir vivos.

El rostro de Marina apareció ante él y le regaló un último beso, clavando sus hermosos ojos en lo suyos.

-Te quiero.

Entonces volvió allá a donde realmente pertenecía. De cierta forma a Darío le parecía algo irónico a la par que poético, pues siempre la consideró un ángel.

Y mirando al frente, prometiendo no olvidar nunca a Marina, apretando el colgante sobre su puño, colocado sobre su corazón. Y de nuevo tuvo que decir adiós.

martes, 16 de agosto de 2016

Parnaso. (Cuento)

La brisa ligera soplaba silenciosa sobre aquel campo dorado, meciendo las espigas según pasaba. El tiempo parecía haberse detenido, tan solo escuchaba el sordo golpe de mi latido dentro de mi pecho. Mi percepción iba poco a poco volviendo en mi, haciéndome consciente de los mundanos acontecimientos concedidos en mi proximidad: La luz reflejada sobre los brotes de los vegetales, el sonido que producían estos al rozarse unos con otros, como mis pies aplastaban unos inocentes matojos, la gota de sudor que perlaba mi sien...
Cada vez más y más perceptivo, con cada segundo que forzaba a avanzar al segundero, desde mi vista, más aguda, hasta mi tacto, sensible a cualquier pequeño roce. No sabía donde estaba, que había ocurrido para aparecer repentinamente ahí, ese lugar desconocido para mi. Traté de otear desde mi posición algún tipo de señal o pista que me permitiera localizarme en un punto concreto, pero en el horizonte solo me encontraba el infinito.
Mi corazón hizo entonces una pausa, mi estómago lo consideró un buen momento para agitarse y mi cerebro acogió a un montón de interrogantes en un furtivo segundo, donde se agolparon causando el gran estruendo que desconectó a mi razón, sin contar a unos pulmones, cansados repentinamente, a los que les costaba soltar el aire. Los nervios paralizaban cada uno de mis músculos, atenazando a mi cuello, tenso, y duplicando, a mi parecer, el peso de mis piernas.

-¿Porqué no dejas de pensar y solo imaginas?- dijo una voz a mi espalda.

Me volteé, y allí estaba ella, frente a mi, resplandeciendo tras sus vivos ojos verdes, con un rostro delicado, salpicado con algunos rasgos infantiles, luciendo un pelirrojo natural que jugaba bien con los colores del entorno, haciendo contraste con sus blancas y simples ropas. La imagen que guardé en mi retina era la de una mujer majestuosa, mágica por una parte, capaz de coronarme, con un mero capricho suyo. Pero también era simple, una mujer cotidiana, la sonrisa que dota de motivos a la vida, la canción que alegra las mañanas o la satisfacción de un buen día que ameniza la noche. Fuera lo que fuera ella era la única compañía que tenía en ese mundo solitario. Aquel pensamiento me devolvió a la realidad. La miré fijamente, algo más sereno, buscando las palabras que se habían perdido en mi garganta temblorosa.

-¿Dónde estoy?- logré decir.

Suspiró con suavidad, sonriendo con dulzura, igual que una madre al escuchar a su hijo un comentario nacido de la inocencia de su edad.

-Así es el hombre, preocupado solo en si mismo, incapaz de abordar otros intereses que no sean los suyos propios.

Una vergüenza muy grande se apoderó de mis mejillas, alzando y acumulando toda mi sangre en ellas, obligando a torcer mi mirada hacia el suelo.

-No te avergüences tampoco de tu naturaleza, al fin al cabo es algo que se debe controlar solo en su justa medida.

Se acercó entonces hacia mi, sin tan siquiera dejarme a parar a pensar en sus palabras, con paso lento pero seguro, aproximándose con cada paso más y más, hasta que la distancia se vio tan acortada que sus labios casi rozaban los míos. La fuerza de aquellos ojos impactaban contra mi conciencia, la belleza que desprendía aquella mujer, un poco más baja que yo, era lo suficiente como para hacerme sentir incómodo en cierta forma. Emanaba una sensualidad que tentaba a acabar con esos pocos centímetros que separaban a nuestros labios para calmar así levemente esa parte de mi instinto que reclamaba que compartiera con ella todas las caricias que guardaba sobre aquel cuerpo que me tentaba a lanzarme junto con el espíritu que gritaba desde mi interior. Se separó entonces, guardando una distancia más respetuosa, mientras sonreía con malicia. Entonces entendí a que se refería. Mi naturaleza me impulsaba a hacer algo innecesario en aquellos momentos, pero mi razón esposaba a mis acciones a la inseguridad.

-Me llamó Calíope, por si te interesa. Yo he sido quien te ha dejado entrar aquí.

Cada vez entendía menos que ocurría. Me sentía atrapado en un sin sentido donde no era posible encontrar una salida.

-No entiendo porque estoy aquí. ¿Qué es esto? ¿A dónde me has dejado entrar y porqué?

-Este es mi hogar, al que algunos llaman Parnaso, pero no es su nombre lo importante. Tú has llamado a mi puerta y yo te he abierto, a mi acogedora morada, donde el único mobiliario que existe es la imaginación, y por tanto, todo es posible. Todo aquello que imagines y quieras que aparezca, tomará forma, al igual que desaparecerá a tu antojo.

Sus palabras sonaban serias. Mi razón me trataba de dar a entender que eso era imposible, a pesar de que una parte de mi soñaba y esperaba que fuera verdad. Lo medité a lo largo de medio minuto mientras aquella mujer me observaba en silencio. Tomé la decisión entonces de probar su extraña y repentina historia. No perdía nada por ello. Cerré mis ojos e hice una de las cosas que mejor se me daba hacer: imaginar.
Abrí los ojos al oír un fino ladrido. Una camada de unos caninos amigos se encontraba a mi alrededor, jugando entre ellos. Sinceramente, era algo que me costaba creer. Sus ladridos me mostraban que eran reales, que de verdad estaban ahí. Decidí probar entonces a hacer algo imposible. Volví a cerrar los ojos, apretando con fuerza mis párpados y liberé algo de mi imaginación.
En esta ocasión era unas voces infantiles las que me devolvieron al mundo visual, solo que no encontré niños. Aquellos cachorros reclamaban mi presencia para jugar conmigo, pero sus ladridos habían sustituidos por una infantiles voces humanas. Aquel lugar era el paraíso.
En un abrir y cerrar de ojos vestía de la forma más elegante que fui capaz de verme, poblando algo más mi barba, cuidada y recortada, con el pelo echado hacia atrás a la perfección, con una dentadura recta y perfecta, vestido con una blanca camisa de mangas largas, donde una de ellas escondía mi reloj de pulsera, decorado por una ornamentación plateada, números romanos y una correa oscura, simple, al igual que aquella corbata roja, el chaleco gris del que colgaba la cadena de otro elegante reloj de bolsillo, unos buenos pantalones marrones y unos relucientes zapatos negros.
Me encontraba en un lugar nuevo cada vez que mi imaginación se disparaba, firmando unos libros con dedicatorias que trataban de ser algo afectuosas, protagonizando batallas donde los dragones poblaban el cielo, me enamoré de una mujer que yo mismo inventé, fui acompañado de grandes personajes históricos, con el rostro que creía que podían tener, debatiendo sobre lo mal que va la educación, centrada solo en hacer a los jóvenes superar pruebas en vez de hacerles probar que valen para lo que quieren ser en la vida. Poco después me vi sobrevolando un cielo nocturno, erguir una gran ciudad, conociendo cada pequeña historia que se diera en sus calles, para posteriormente derruirla, sintiendo una extraña satisfacción al verla desmoronarse. Me contemplé capaz de hacer todos los movimientos imposibles que siempre quise hacer, sin norma que atase a mi cuerpo, sin existir el cansancio ni nada semejante.

Calíope me contemplaba divertida. En ese instante chasqueó los dedos. Todo comenzó a caer, el mundo que había erguido se volvía polvo, ante mi sorpresa, para resurgir otra imagen muy distinta. Era una casa. Paseé por sus interiores y descubrí que era bastante bonita, en mi opinión, decorada de una forma minimalista. Me acerqué a una gran estantería llena de libros, posando mis dedos sobre los lomos, acariciándolos con suavidad, escogiendo uno de forma aleatoria. El nombre del autor era el mío, escrito con letras doradas, cubriendo buena parte de la portada. Recordé entonces lo que un buen amigo me dijo, que cuanto más reconocimiento tiene el autor, más grande escriben su nombre al editarlo, hasta el punto de ser enorme comparado con el título. En este caso iban casi a la par. Abrí el libro por la parte de las dedicatorias y leí con atención.


"No se cuantas horas dediqué a esta historia que hoy se posa sobre tus manos, esperando ser de tu agrado, al igual que me veo incapaz de enumerar a todas las personas que me han apoyado a lo largo de esta gran aventura que se dignó por nacer. Disculpen entonces si me veo tentado de nombrar solo a los más cercanos, pues fueron aquellos que tuvieron una mayor influencia sobre este libro del que tengo el placer de llamar obra.

Mi mujer, aquella que tuvo el valor de no solo aguantar a este hombre pedante y ser capaz, aun conociéndome, de tener conmigo dos maravillosos hijos, si no de cuidar de mi estabilidad mental cuando vio que poco a poco a poco me sumergía demasiado entre estas páginas. Gracias por ser mi salvavidas.

A mis dos hijos, el motivo por el cual puedo sentirme orgulloso, os dedico cada párrafo, dejándoos la gran enseñanza que contiene y el mejor consejo que puedo daros: Vuestros sueños pueden hacerse realidad con constancia y esfuerzo. Espero poder verlo.

Al resto mi enhorabuena por tolerar mis idas y venidas, mis altibajos y mi más eterna gratitud por el apoyo que me habéis mostrado."


Dejé de leer al contemplar que se extendía todavía por el resto de la hoja. Lo deposité en su sitio y me dediqué a explorar el resto de la casa. Era bastante amplia. En las fotos observaba estampas felices con la que debía ser mi esposa y mis hijos. Me detuve frente a una de las imágenes. Era una mujer hermosa, al menos a mi parecer, y aquellos niños parecían ser felices. No pude evitar sonreír.

-¿Qué es esto que me estas mostrando, Calíope?

A mi lado la divina mujer me seguía observando. Su expresión me dio a entender que se contemplaba sorprendida por algo que no llegué a entender.

-Esto es el fruto de tus ambiciones y sueños cumplidos. Un reflejo de lo que podría llegar a ser, el hombre de provecho que sueñas con convertirte, el señor ostentoso que guarda bajo aquel armario de tu derecha un compartimento con una gran colección de relojes dividido para los que son de pulsera y los que son de bolsillo, el esposo que se considera afortunado, el padre sin paciencia que se supera a si mismo, un escritor de renombre, un buen profesor que defiende sus ideales de enseñanza en el aula... todo lo que quieres ser y tener.

El silencio se halló en el salón. Agarré entonces la foto familiar y la acaricié.

-¿Qué tengo que hacer para hacerlo real?

La imagen de ese mundo perfecto cayó deshaciéndose lentamente a mi alrededor, volviendo a aquel campo bruñido por el sol. Calíope se encontraba frente a mi, dando la sensación de que en sus ojos aceitunados podría hallar respuesta.

-Solamente tú puedes saberlo. El destino no está escrito para nadie. Vuelve ahora, pues en ti se encuentra este Parnaso donde yo habito, tan solo debes de imaginar que existe lo imposible para hacerlo real, no perder el rumbo, ni dejarte llevar por lo establecido. La magia no habita en las manos de quien la quiere dominar para su propio interés, si no de quien quiere conocerla para comprender. Escribe entonces, aunque no me veas, cuando me veas y creas que no es el lugar ni el momento, cada vez que tengas un momento libre, cuando no lo tengas, haz por tenerlo. Escribe plasmando en cada palabra todas tus ambiciones, un conjuro que invoque tus los sueños sobre la realidad. Escribe pensando que no es lo suficiente bueno y trata de mejorarlo, vende lo que escribes como si se tratase de la mejor historia que leerán jamás. Escribe tu destino.

La contemplé estupefacto. La perfecta Calíope había logrado impactar sobre mi, dando respuesta a muchas de mis dudas. Recuerdo ahora que la llamé mientras trataba de plasmar sobre un fondo blanco algo que mereciese la pena ser leído, mientras divaga por mis redes sociales esperando algo de inspiración. Entonces fue cuando vi a Calíope y la llamé. Comprobé que sabía de mis debilidades, que eran muchas, lastres que me iban a frenar en mi camino, pero, confiaba en esa ambición que impide que el hombre se doblegue y solo tienda a mejorar.

Todo fue impactante, agradable en muchos sentidos, una experiencia de la que quise tomar nota. Al fin y al cabo no es algo que quiera imaginar que no ha pasado.


domingo, 7 de agosto de 2016

De pequeño.

No porto la esperanza
de los años que ya pasaron
a causa del malestar
que es volverme adulto.
Cada vez es más responsabilidad,
dejar de portarme
tal y como soy,
no tratar a los que quiero
por estar ocupado
en cuidarlos. Irónico, ¿verdad?
Más pendiente de un respiro
antes que de respirar,
si solo me alivia
pensar que ya llegará
un poco de calma a mi vida,
el mensaje que responda
sin el uso de emoticonos:
esa cara que ríe y llora,
una luna negra picarona
y tantas más que habitan
en el teclado de la pantalla
de un explotado teléfono.
Plantearme la interrogante
de hace cuanto
que no escribo una entrada
porque no encuentro salida
ni por la ventana
de este bajo
amor propio enclaustrado,
si las únicas vistas
a las que doy
son las que proporcionan
mis dos ojos cerrados,
concentrados en una visión adulta
planeando el futuro
y por error,
dejando pasar el presente.
Debí haberle puesto la correa.
La vida es una perra
que menea el rabo
ante quien menos la valora
y muerde al incauto
que trata de domesticarla.
Te hará sentarte,
en una silla ante mil papeles,
dar la patita,
ante personas que ni la merecen,
tumbarte,
cada vez que te ladre
y te hará rodar
cada vez que prenda tus sueños
haciéndolos arder.
Yo no quiero ser adulto.
Resulta aburrido condicionarse
a una cuenta de ahorros,
al calendario cruel donde abundan
más laborables que festivos,
esclavizarse a una nomina
y soñar por solo diez días
de vacaciones en verano.
De pequeño creía que ser adulto
sería hacer todo lo que soñara,
no soñar con ser niño de nuevo
para poder hacerlo,
creía que sería desatarme
de esa mesa de escuela,
no desposarme con apuntes
para impartir yo las clases.
Creía que la poesía
solo trataba cosas de amor
poco interesantes,
ahora se que es porque el mundo
cree eso como si fuese cierto.
Creía, de forma ingenua,
que a los dieciocho
me independizaría,
a los veinte tendría pareja estable
para antes de los treinta
casarme y tener con dos hijos,
ahora con la veintena
me veo en casa de mis padres,
soltero empedernido
con un apellido que le encargo
a mi hermano mayor.
Creía que me gustaría la cerveza
pero resulta que yo le gusto más a ella
y va conmigo a todas partes,
que por esta edad
tendría coche propio
en vez de malvivir
con el abono transporte,
imaginaba un hombre vestido
de una manera bastante formal,
aunque en mi defensa diré
que si me arreglo la barba
puedo llegarlo a parecer.
Creía que los amigos
estarían para siempre,
pero cuanto Judas
me acabó dejando
hecho un Cristo
por tanta puñalada trapera.
Creía en que dejaría de creer
para saber cualquier cosa,
pero, mírame,
sigo creyendo en todo,
desde Dios, en los míos,
que educar supone no castigar...
sigo creyendo en todo,
menos en mi mismo.
Porque yo no creo en los adultos.