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jueves, 19 de abril de 2018

Tras un verso. (relato)

Mirarla significaba estar dispuesto a morir por tan solo un segundo más para poder contemplarla. Cada uno de sus movimientos se mostraban delicados y medidos, a pesar de ser tan cotidianos como era andar por aquel pasillo. Se acercó hacia mí hasta el punto de poder verme reflejado en aquellos ojos verdes clarificados por la tenue luz que entraba por la ventana. Su piel blanquecina se sentía como porcelana fina para mi torpe contacto y su cabello rubio era tan claro que se asemejaba a los rayos de un sol a media tarde. Su boca logró hacerse paso hasta mis atónitos labios para sellar un beso tan dulce como sencillo, dibujando para si una ligera sonrisa. Lentamente se alejo hasta una distancia prudente de la locura que pudo causar sobre mi febril cuerpo, mirando con una ternura incomparable a nada existente, paralizando cada una de las fibras de mi juvenil anatomía mientras contemplaba mi casi inexistente respiración.
-¿Cuántas veces habré podido soñarte?- alcancé a decir.
Sonrió aún más y sacudió la cabeza hacia un lado.
-¿No crees estar exagerando?
Su voz era melódica, un canto a la fonética que sus dos cuerdas vocales liberaban en un tono único para mis oídos. Me levanté de aquel asiento a paso lento, similar al de un enfermo, a pesar de que nunca había sentido más vida en mi interior. Frente a ella nuevamente, sus ojos verdes eran magia concentrada en dos puntos que sentía que poseían el poder de embellecer el mundo con su presencia y de oscurecerlo por un instante en cada parpadeo. Extendí mis brazos alrededor suya y la abracé.
-Gracias.
-¿Porqué me agradeces?
-Te echaba mucho de menos. Eres la única mujer capaz de comprenderme. Cada vez que marchas no alcanzo a llenar aquel vacío que en mi pecho dejas y debo sufrir la agonía de tu ausencia.
Me separó suavemente de su atrayente contacto y me dispuso de un nuevo beso mucho más fresco que el anterior. Mirarla tan de cerca era un placer que pocos mortales tenían el placer de poseer.
-No puedes depender de mí, Alejandro.
-Nunca entendí el porqué.
-Pero conoces el motivo.
Di un paso atrás, consciente que volvería a irse tan pronto como yo cerrase los ojos aquella noche. Siempre viví enamorado de ella, no solo de la belleza que generaba su presencia, si tras esa bonita imagen se escondía la única mujer capaz de entenderme, susurrarme lo que necesito oír, capaz de generar en mi la revolución de las ideas y de suscitar mi ingenio. Ella era la mujer hecha diosa, solo caprichosa con el tiempo a la que rezaba de rodillas cuando se tumbaba frente a mí. Alzaba todas mis pasiones a un punto donde ya no podía considerarme humano, si una palabra suya bastaba para absolver todas mis culpas.
-¿Cuándo marcharás?
- Tan pronto como te quedes dormido.
-¿No podrías quedarte un rato más?
-Conoces la respuesta.
Agaché la vista abatido. Con los sentimientos en contra de la realidad, desee con todas mis fuerzas parar el tiempo, pero cuanto más lo intentaba, más se aproximaba el día. Su delicada mano alzó mi mentón para chocar miradas. Su boca se aproximó a mi oído, y con un ligero susurro que recorrió tanto mi cuerpo como mi espíritu  con un agradable escalofrío, habló.
-Aún tenemos tiempo.
Y sin más dilación, se desnudó ante mí, mostrando al hombre más mundano la forma que posee una diosa, pero a pesar de su magnifica figura, sus ojos siguieron atrapándome, firmes en mí, a pesar de nuestras caricias y besos, con la magia que poseían, capaces de inspirar al más ignorante de este arduo mundo en el arte que es vivir.
Miré el reloj y contemplé que marcaba las tres de la madrugada. Calculé que caería dormido sobre las seis, pero no me importaba mientras fuesen sus manos las que me sostuviesen.
-¿Pasa algo?- Me preguntó al verme mirar el reloj.
Sonreí con picardía y consciente del efecto de su piel rozando la mía susurré un verso mientras me deslizaba por su cuello.
-Desnúdame rápido, que tenemos tiempo.
Y por primera vez en aquella noche, ella fue la hechizada, besándome en cada tecla que pulsaba de aquel teclado, mordiendo mi cuello con cada frase que formaba, y alcanzando el orgasmo poco antes de mi punto final.
Fue otra noche que me acosté con la inspiración, otra noche más donde escribiendo pude hacerle el amor a aquella musa: Calíope.

lunes, 26 de marzo de 2018

Todo menos un error. (relato)

En medio de mis caos emocional solo me queda arrepentirme de no arrepentirme de nada. Muchos dirán que giro en torno a una indecisión que termina por vapulearme el pecho, pero no negaré que suelo dar mil vueltas a la misma idea hasta acabar mareado. Te preguntarás cual es la infantil causa de mi desdicha, y no andarás desencaminado al catalogarlo así, al igual que diré que si estuvieras en mi piel se te caería la conciencia encima como si se tratase del cielo.
Todo comenzó con mi periodo final en la universidad, allí donde mi pereza maltrataba mis calificaciones terminé por ser rematado al acabar en la peor editorial donde realizar mis prácticas. A pesar de quedar cerca de mi municipio poseía una fama merecida por explotar y minar al trabajador. Aún así mis ganas me llevaron ante aquellas puertas con una estúpida sonrisa vestido de la manera más formal que podía identificado con una chapa donde rezaba Mario Arévalo, prácticas. Mi primer y segundo día estuve conociendo el que sería mi puesto por los siguientes tres meses, bien tratado por la plantilla y alabado por mi actitud por mis superiores. Fue entonces que acabó la jornada del tercer día. Mentiría si dijera que fue amor a primera vista, eso se lo dejo a las tramas de noveluchas para adolescentes, pero si admitiré qué desvié mi vista para quedarme atrapado en la imagen que suponía Lidia Flores. Creí que podía ser mayor que yo uno o dos años confundido por su elegante gesto. Su piel morena brillaba en su rostro por una luz que la acariciaba con suavidad, sus ojos eran dos espejos finos que reflejaban todo de ella y sus labios eran las bellas puertas que solían encerrar la más bonitas de las sonrisas. Eso lo descubriría más tarde, fuera del trabajo, pues como ella decía, para trabajar había que estar serios.
Nuestros primeros encuentros fueron breves y secos. Ella solicitaba y yo trataba de cumplir dentro de mi torpeza a causa de los nervios, para verla marchar con los papeles en la mano con un gesto de exasperación. Para ir de mal en peor, llegó a tener un encontronazo conmigo, culpa de mi ignorancia, o mejor dicho, inexperiencia, al no saber que en algunos momentos la jornada finaliza con la tarea y no con tu horario, y por ello, por no dejar unos manuscritos en su mesa acabó por gritarme delante de mis compañeros haciéndome presa de mi propio silencio. Por dentro eché mil peste sobre ella, maldiciendo aquella muchacha de 22 años que me había hecho sentir tan ridículo a pesar de solo ser otra empleada de la editorial. Trataba de evitarla por temor a otra reacción similar, algo un tanto irónico puesto que a día de hoy es ese duro carácter aquello que más me atrae.
Entonces llegó el primer día que la conocí fuera de aquellas grises oficinas, invitado por un compañero que con poco había logrado ganarse mi confianza,  y allí la contemplé, apoyada en la barra del pub charlando con otra trabajadora de la editorial. Vestía un fino vestido negro decorado con una estampa floral que contrastaba mucho con su habitual atuendo de oficina. Se me antojó la mujer más bella que nunca vi en aquel momento y acabé por tragar saliva al verla acercarse hacia mí. Me recordó velozmente tras saludarme aquel momento cuando me gritó y temí por una nueva reprimenda, pero para mi sorpresa, se disculpó. La contemplé por primera vez sonriendo y no pude evitar sentir una chispa que recorrió mi médula en un intento de reanimar el cuerpo que se creyó en el cielo. Aún así mi timidez me impedía aproximarme más y su dulce duro carácter me suponía una barrera que ni a día de hoy se como sortear. Mis fantasías murieron esa misma noche al oír de sus labios hablar de quien era su novio de hace ya un año. Me reí para mis adentros y decidí beber en un intento de borrar cualquier atisbo de deseo y a mi parecer, funcionó bien. Logré olvidarme de ella, normalizando mi trato hacia ella, ahora más cercano a pesar de permanecer insistente con el trabajo.
Ahora llega un punto importante en esta historia. Tras asimilar que fuera de mi alcance solo podía conformarme con la amistad, logré abrirme de nuevo a quien llegase. Fue como sentado todos los días en aquel tren vuelta a casa conocí a Candela Guerra, una bonita chica muy similar a mí. Rápidamente iniciamos algo atraídos el uno por el otro, dibujando en mi rostro una sonrisa boba por la que todos preguntaban. Lidia no fue menos y la respondí con entusiasmo estar conociendo a alguien. Bromeamos respecto al tema y terminó por confesarme que me echaría de menos cuando me fuese tras la semana que me quedaba en prácticas. Supongo que desconocía el miedo que tenía de no saber de ella en mi vida, aunque fuese amistad, tras irme de allí.
Mi último día fue un desencadenante para la parte final de esta historia, o eso me gustaría creer. Llegué depresivo a mi puesto por una fuerte discusión con Candela y de malas maneras hacía mis tareas. Por mi horario sería junto con otras tres personas, donde se incluía Lidia, en salir de la oficina. Tras una conversación donde me dieron apoyo moral decidimos ir a beber una copa por mi despedida. Disfruté de una compañía mucho más relajada de lo habitual y fuertemente lo agradecí. Sentí que sería un bonito recuerdo antes de no volverla a ver, pues la distancia y el tiempo consumen los lazos que dos personas tienen. Fue lo que creí un bonito adiós.
Es cuando llegamos al punto final que abre mis caminos a tantos y ninguno a la vez. Me llegó un mensaje citándome en tomar algo con algunos de la editorial para despedirse pues se iba tras el vencimiento de su contrato. Al principio, movido por la desgana de cancelar mis planes del día, estuve por decir que no iría, pero la idea de volver a verla me hizo responder que allí estaría. Añoraba sus bromas y aquella forma tan fuerte que tenía de ser.
Lidia Flores entró al bar donde quedamos al poco de mi llegada con un gesto sonriente que enmascaraba un mal día. Tomando unas cervezas confesó tener una mala situación al no haber sido aceptada en el puesto que le prometieron. Sumado a esto había discutido con su novio. Me limité a escucharla, tratar de esperanzar su ánimo diciendo tonterías que la hiciesen gracia, y si reía o no por complacencia, yo me sentí increíble. Tras cerrar aquel bar que tan pronto echo el cierre ofrecí ir a otro sitio por una última copa y solo ella junto a otra compañera les pareció buen plan. Por el camino, debido a nuestra embriaguez, nos mostramos más infantiles de lo habitual, jugando como niños, abrazándonos en ocasiones sin motivo. Fue allí, tras una cerveza más, dentro de sus caricias que se acercó a mí. Acarició mi mejilla con la suya, delicada y suave, buscando mi boca lentamente mientras yo terminé por salir a su encuentro. Aquel beso me hizo sentir tan vivo y único que no podía evitar querer más. Ella mordía mi labio inferior y me rozaba la cara con sus manos. Tras aquel beso me sentí confuso y me separé en un intento de analizar la situación. Ella estaba frente a mí, sonriendo de una manera tan delicada y tierna que no podía evitar querer besar aquellos labios de nuevo. Se alejó de mí y se sentó, mirando sin dejar de sonreír. Pensé en Candela tratando de refrenar aquel primer paso que me dirigía hacia Lidia. Pensé en su novio, a quien no conocía, y aún así di un segundo. Pensé en todo lo que tomamos, y di, sin ser capaz de parar a mi corazón, un último paso. Me senté a su lado, nervioso, sin saber actuar. Fue entonces cuando me acarició la mano, sin dejar de mirarme. Sus ojos brillaban como si dos lunas llenas se escondieran en sus oscuros ojos y sus labios destilaban el cálido contacto que rogaba por tener. Con delicadeza volví a besarla. Tal vez fue un segundo, tal vez una hora, solo se que para mí el tiempo se detuvo.
En un punto de no retroceso nuestra compañera se ofreció en acercarla a casa, parando nuestro repentino idilio, formulando en mi cabeza la pregunta de que pasaría al día siguiente.
Permanecí solo en aquel bar bebiendo una última cerveza, pidiendo consejo a un amigo por el móvil. La nube  donde me encontraba había comenzado a tronar aun con el cielo despejado. Dormí añorando aquellos besos.
Desperté pronto, incapaz de conciliar el sueño profundo y tras mandarla un mensaje espere por horas su respuesta. Tras una breve conversación dijo no recordar lo ocurrido, despertando en mi una sensación triste, movido por el despertar de emociones que en el corazón habitaban. Y no me arrepiento de saber como es el cielo antes de morir, a pesar de ya no apreciar la vida, no me arrepiento de ser pasión encerrada, o un estúpido muchacho que solo sueña lo imposible e ilógico, un imbécil que sigue tratando de darla conversación y conseguir poder verla aunque solo sea para decir hola.
Hice el tonto tal vez al ir a verla en su último día en la editorial, en buscar una excusa mala por volver a hablar con ella, por callar lo que pasó para no hacer pesada su conciencia, y más aún por no arrepentirme y volver a querer a cometer lo que no consideré un error.

jueves, 22 de marzo de 2018

Como pecado.

Mordí el pecado probando su boca.
Sabía que era fruto prohibido.
Y no me olvido de sus ojos ahora
abriéndose paso hasta dejarme prendido,

perdido en el cielo que en sus labios mora,
corazón en mano y un puñado de preguntas,
no me digas que te vas al caer la hora,
si yo caigo rendido con el alma desnuda.

Provocaba la locura al mínimo contacto,
y no es un error si la pasión se disparaba,
no es un error, no lo es, caer en tus manos,
no es un error , no lo es, morir si me abrazabas.

me andabas buscando pero fui yo
quien te acabó encontrando de frente,
para besarme como nadie me besó,
con cara de tonto ante tanta suerte.

Ahora, no olvides que no fue un error,
no olvides el hambre que nos movía,
no olvides por Dios que ocurrió
si yo a ti nunca te olvidaría.

Vivo quizá en mi fantasía imposible,
al final acabaré por volverme loco,
todo por oír lo que el corazón me dice:
oye, me desmorono poco a poco.

martes, 20 de febrero de 2018

El tren.

El tren sigue sin dar tregua
en todos sus descansos 
que desaceleran el reloj,
apuntando sus manecillas
dibujando una sonrisa burlona.

El tren sigue sin bailar al son
del compás que lleva el mundo,
bailando lento, sin pegarse,
riendo por la compañía retenida
en sus entrañas de metal.

El tren sigue siendo mezquino,
no presenta interés en mí 
ni a nadie interesante cerca.
La siesta no la tomo no vaya a ser
que por una vez le de por tener prisa.

El tren sigue su trayecto
mientras busco a conocidos
con mirada triste y apagada.
No conozco a nadie salvo
la soledad que me acompaña.

El tren para de vez en cuando
y espero no tener que esperar
a que tantos suban cabizbajos
con las esperanzas muertas
atrapadas en sueños de cristal.

El tren, el tren, el tren.

jueves, 15 de febrero de 2018

Cuándo nos conozcamos.

Cuándo nos conozcamos
se que frecuentaré otro bar,
(saldré de casa como quien dice,)
y nos toparemos con mirada extraña.
Fingiremos no darnos cuenta.
Evitaremos la conversación,
solo al principio, cada uno reunido
con su tan querido grupo.
Será un conocido en común
los que dirijan mis pasos cerca tuya,
pero aún no habrá que hablar.
Mis palabras llamarán tu atención,
espero que de buena forma,
para comenzar a charlar, coartados,
en un inicio, tímido yo al ver
tus limitadas frases lejanas.
Poco a poco la confianza fluye
comentando aquel poema que escribí,
A quién no conozco, por conocer,
a quién ese día futuro se presentó
y eres solamente tú, única y tuya
despejando toda máscara que poseo,
libre de artificio y feliz por saber
las respuestas que me dan tiempo
ser capaz de responder.
Marcharé en silencio, sonriente,
por romper la barrera del silencio
de dos mundos tan distintos.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Mil amores. (Reflexión)

La mentira y los sentimientos siempre caminan de la mano. 
Por mucho que siempre he tratado de ser esclarecedor en aquellos designios que mi corazón dicta, siempre he albergado el deseo de proteger esas cálidas emociones del resto. Nunca he sabido con exactitud el motivo de tal ridícula empresa, si nunca sufrí ningún tipo de dolor por vanos intentos de avergonzarme por parte de los demás. He amado con locura a todos aquellos que me han querido y aún así creo que no es suficiente, pues pienso que merecen más que aquello que mi triste corazón pueda dar...Pero estoy limitado siempre por un latido que no sabe correr más rápido, por mucho que los mire a los ojos y les diga cuánto los aprecio.
Calló como estúpido por temor a hablar en vano quizás, o porqué se que mis actos son discordantes a mis palabras y me etiquitan de hipócrita cada vez que mi egoísmo impera en mis manos. No recuerdo si alguna vez llegué a decirles a mis padres cuánto valoro todas sus sacrificadas acciones, nacidas del amor de un hijo un tanto ingrato, ni a esos amigos por los que siento que nos une más que la simple palabra amistad el simple hecho de estar. Puede que me venza el ego que tal alto me mantiene, pero mi conciencia pesa casi tanto como mi silencio. 
Amo Aranjuez, cada una de sus calles y secretos, a pesar de que mi malhumorado ser no deje de gritarme al oído que habitan en él personas de poca cabeza y que se localiza muy alejado de mis intereses. Amo sus jardines, su plazuela de arena cuando el sol potente pica nuestra piel, la calle donde vivo, el bar que acoge mi juventud y el colegio donde, por muchas pegas que le puse en mi adolescencia, me crié. 
Tengo mucho que agradecer a todo lo que amo. Aranjuez me brindó una infancia tierna y feliz, donde pude compartir el tiempo con quienes eran importantes para mí. Añoro los días donde iba a la casa de aquellos que llamo yayos y daba dos besos al hombre de cano pelo que me enseñó que un hombre puede manifestar su amor sin temor a nada. Puede que sea la persona que más echo de menos.
Pero aún está mi yaya, la mujer más valiente que he conocido, fuerte y capaz, pero sobre todo, un ejemplo de una vida dedicada a quienes ama.
Amo en ocasiones demasiado, en otras, no tanto. Puedo enamorarme a primera vista con mucha facilidad o perder algo valioso para comprender cuánto valía. Así de estúpido alcanzo a ser.
Quiero con ternura a esos niños que cada viernes me reciben en mi antiguo colegio como su catequista desde hace casi ya cinco años. Muchas veces pienso que podría alguien mejor ocupar mi puesto, pero egoístamente no puedo alejarme de ese grupo que tanto me enseña y me recuerda que es ser niño realmente.
Quiero también, seguramente demasiado y por esto este aparte dedicado, aquel gimnasio de karate que desde tan pequeño me acogió, junto a todos sus integrantes. Alejarme de aquel lugar me causó un tremendo dolor y la impotencia llega a impedirme que en mis escasos tiempos libres pueda acercarme tan solo a saludar. Mi impaciencia clama por el día que pueda volver con ellos a entrenar, el día que mi torturador bautizado como tiempo afloje su soga.
Quiero a mi perro, como si fuera mi mejor amigo, la idea que tengo de esa chica de ojos verdes en mi cabeza, la literatura que me acoge cuando quiero evadirme o solo trato de disfrutar un buen libro. La música rock y rap, en castellano, pues siempre me ha gustado entender el mensaje. Quiero las bobas aspiraciones de una vida tranquila, el placer de las noches de verano, el conflicto alzado entre el viento y los árboles, la lluvia que fuerte cae contra el suelo. Quiero querer.
Quiero no guardar silencio sobre todo esto, no mentir ni echar la cara a un lado, permanecer firme en los sentimientos que albergo, feliz siempre que los acepto, pues como decía Lope, "esto es amor, quién lo probó lo sabe."

martes, 6 de febrero de 2018

A quién ya no soy.

Ahora y para siempre
resulta ser que me llamas,
una espontánea luz
que cobija las sombras
de mi vespertino malestar
transformándolas en formas
sinuosas que componen
un "amore mío" pretendiente
de toda una eternidad.
Tú, que te llamas esperanza,
y portas en tus ojos
la pasión que en su día tuve,
la llama Prometeo
por la cual mis versos
se visten de Vestales,
la añoranza del tibio trago,
puesto que estos son tan malos,
el perdón que me concedía 
junto a la ignorancia
que me volvía niño inocente.
Y son locuras que se desvanecen
si no te aferras a mi conciencia
erosionada ya de pensarte,
si trato de conjurar tu presencia
pero en este presente
solo vale en vano esperarte.
Melancolía en la cerveza,
un vino que te espanta,
pero que va a hacer sino,
si solo eres mi versión distorsionada
de lo que creo que una vez fui,
un crío pendiente de lo curioso,
hecho curioso, pues soy yo
quién está pendiente de ti,
un recuerdo difuminado,
taimado en esta imagen
donde el dinero era futuro
y no condenada ausencia,
donde mujeres eran rubor
con mejillas encendidas,
donde Dios habitaba con más fuerza
hasta que su cruel naturaleza
decidió que ya era hora
de hacerte mayor.