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jueves, 16 de marzo de 2017

Sombras malditas.

La luz de las farolas era una lengua lánguida que acariciaba las paredes frías de aquel ruinoso lugar. La luna creciente se ocultaba entre las brumas, dejando solo leves atisbos de los rayos pertenecientes al satélite arañando la oscuridad.
Las paredes mugrosas se deshacían al tacto, gastadas ya por el paso de los años dedicadas al abandono, dando cobijo entre sus breves resquicios a pequeños organismos pertenecientes al mundo de los insectos más repugnantes y dotados en extremidades. El suelo se componía por baldosas rotas, resquicios por donde se asomaban brotes de vegetación que trataban de devolverle a la naturaleza el suelo que le pertenecía por derecho.
Resultaba increíble que aquel ruinoso caserón estuviese abandonado en mitad del pueblo, siendo tan bien localizado entre la plaza y la zona más transitada del casco histórico.
Los tres altos pisos se erigían como un gigante pétreo de ojos rotos, con aquellas alargadas ventanas sin cristal que golpeaban sus puertas contra la fachada cada vez que el viento las empujaba con la fuerza de sus ráfagas. Cuando era niño creía que aquel viejo edificio estaba enfadado por estar solo, que reclamaba la compañía que se le había negado. Tal vez fuera así y no el viento que sopla con ira para desgastar los cuerpos.
La ornamentación de la fachada era algo simple, una aglomeración de piedras cortadas con perfecta geometría encajadas entre sí, más solo dejaban espacio para la puerta, las ventanas y las escasas terrazas que abrían oquedades entre los muros. Aquella puerta enorme era el telón de maciza madera que cubría el escenario de su interior, apagado siempre en la soledad más profunda, mientras que la que fue mi infantil mente trataba de imaginar que podría hallarse tras esas paredes ruinosas.

- ¿Por qué está abandonado eso? - me atreví a preguntar una vez a mi madre mientras señalaba con el dedo.
- ¿Qué te he dicho de señalar? – decía rápida en su estricta educación.
Ocultaba velozmente mi mano tras mi espalda y volvía a preguntar.
- No lo sé hijo, pero seguro que no es un cuento para un pequeño como tú.
Tiraba entonces pronto de mi pequeña mano, mientras yo observaba tras mis espaldas, oyendo los gritos de aquel caserón que prometía grandes misterios a cambio de un poco de compañía para acabar con su tan extensa soledad.

Recordaba también como siendo un adolescente tratamos de colarnos el grupo de amigos que nos juntábamos a jugar en aquellas empedradas calles. Nuestro poco complicado sistema consistía en aprovecharnos del niño más pequeño para que vigilase de que nadie se acercase. Tratábamos de trepar hasta la terraza del primer piso de una de las caras laterales de la casa subidos a los hombros unos de otros. No éramos conscientes de que aprovecharse de aquel pequeño niño con el que tanto solíamos meternos tenía una gran desventaja. Vivía con el miedo en el cuerpo, así que cuando apareció la policía su mayor acto de valor fue salir corriendo en dirección contraria a ellos, llamando bastante la atención.
Estaba a punto de alcanzar la balaustrada cuando una fuerte mano agarró mi pernera del pantalón, cayendo así de culo contra el duro suelo. La mirada seria del policía heló mi sangre, y mientras nos arrastraban hasta casa de nuestros padres, yo me despedía del caserón, prometiendo que algún día lograría visitarlo por dentro.
Nunca logré convencer a mis amigos para tratar de intentarlo de nuevo. El duro escarmiento que nos dieron nuestros padres acabó con nuestra envalentonada bravuconería pueril, con la mala influencia dada por las películas de Indiana Jones junto a nuestros vanos intentos de llamar la atención, aunque, a pesar de ello, dichos castigos solo encendieron aún más mi curiosidad. Mi juvenil cabeza seguía procesando posibles historias donde la maldición siempre estaba presente, ya fuese a través de muertes inoportunas o amores no correspondidos.
A día de hoy, o, mejor dicho, noche, con cerca de la treintena, está vez con permiso del ayuntamiento, atravesé las puertas para conocer aquel lugar que tanta fascinación causaba ante mis ojos. Con la envejecida llave en mis manos, corrí el ya oxidado cerrojo y tras un fuerte empujón que acabó con la resistencia que la puerta prestaba, armado con una linterna, entré dentro. A paso lento, conociendo ya algo de la historia de aquel edificio de mitad del siglo XVII me paseé por su portalón. Perteneciente a unos nobles poco conocidos llamados Rocieros, fueron marcados como malditos junto con el lugar, por una numerosa cantidad de infortunios que acaecieron poco después de su construcción. A lo visto, vivían bien gracias a sus acaudaladas ganancias con ciertos negocios con la corona, teniendo ya el pater familis acordadas las manos de sus dos hijas con casas más grandes, siendo el primer nieto el que heredaría un gran conjunto en suma que lo convertiría en una de las personas más influyente de la España del siglo.
Fue entonces cuando un mal invierno se llevó a la mayor de sus hijas, enferma de pulmonía. La pequeña, una mujercita de dieciséis años, visto que no soportaba la pérdida de su hermana, enloqueció, hasta tal punto de suponer un peligro, no solo para sí misma, si no para sus cercanos. Afirmaba ver a su hermana, la cual le susurraba que debía ser buena hermana y hacerla una visita. A pesar de su locura, nadie se esperaba que un día, desoyendo de los gritos de su madre, apuñalase a su padre repetidas veces para después tratar de acabar con su madre. Se decía que, forcejeando con ella, accidentalmente el puñal acabó en su pecho, expirando su enloquecida alma ante el juicio de Dios. La viuda mujer, sin saber cómo vivir, dedicó los pocos años que le quedaban a la vida del monasterio. Tras estos fatídicos hechos, el gran edificio paso a manos de un primo de aquel pequeño noble, durando tan solo una noche, cayendo borracho por la ventana más alta mientras celebraba la suerte de su herencia. Se rumoraba que el fantasma de la mayor de las hijas aun rondaba entre aquellas paredes y había sido ella quien había empujado a su lejano pariente hacia el abrazo de la muerte. Desde aquel día el caserón fue cerrado a cal y canto, marcado como maldito, sin atreverse nadie a traspasar sus puertas. Hasta ese momento.

Mis pasos se mostraban seguros a pesar de mi nerviosismo, adentrándome más y más por el lugar. Di a un amplio salón donde se colaba la fina luz de la oculta luna y leves toques de las farolas de fuera. No sabía si pisaba piedra o vegetación, una mezcla entre urbe y salvaje mundo. Entre historia y tiempo.
Recreaba mi mente todos los eventos que esas paredes llegaron a atestiguar, situaciones cotidianas que no me parecían tener nada de esa magia negra de la que se condenaba al lugar.
Una parte de mí se sentía decepcionada, pues albergaba la mínima esperanza de que esa maldición fuese cierta. Una maldición ahora muerta por mi curiosidad.
Recorrí todo el caserón, vacío de mobiliario o adorno, solo acompañado de polvo y pequeños roedores que correteaban de un lado para otro con total libertad. No podía evitar sentirme decepcionado, y así salí con malos aires de aquel caserón con cierto enfado, dejando la puerta abierta de par en par. Fue entonces cuando una fuerte ráfaga de aire sopló contra mí. El paso del viento al caserón provocaba un extraño aullido que parecía proclamar libertad.

No pude evitar sonreírme. Aquel antiguo edificio, cuna de mis fantasías más lúgubres, no me había dado nada de lo que esperaba encontrar, mientras que yo, había limpiado la mancha de su condición de maldito, concediéndole la oportunidad de poder descansar en paz.