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viernes, 10 de febrero de 2017

Señorita.

Señorita, usted es una mujer malvada.
Con malos aires me provocas
una cálida emoción en el pecho,
un derrame de sensaciones
que catapultan mis sístoles y diástoles
a una imagen en la que deseo habitar.
Pero estás lejos...
porqué, mujer, porqué
te mantienes alejada de mis ojos
si de tanto querer verte
he soñado contigo,
con unas manos cómplices
de una mirada tierna e inocente,
pícara en ciertos instantes,
a pesar de que el frío tenga
su dura mandíbula sobre nosotros,
aunque la noche corone el vértigo
que supone ver tu rostro,
sin más reglas que la asistencia
que dicte las nuevas según jugamos
a conocer al otro con ahínco sobre sus tildes.

Señorita, usted es una mujer maravillosa.
De pronto resucitas el instinto
que mueve mi mano a escribir,
y que escribo si no aquello que eres,
pero que no eres si pareces todo,
desde un ángel hasta un diablo,
desde una princesa hasta una mujer sencilla,
aunque es así como te quiero,
como un angelical tacto
que tienta a que devore sin hambre,
tratarla como noble ser elevado al entendimiento
a pesar de ser solo simplemente maravillosa.
Meces entonces mi pensamiento,
una nana leve que roza mi alma,
y, ah, admito que me estremece,
a pesar de que trato de ser duro
cuando se muestra vulnerable.
Que mal acto sería aprovecharse de su estado,
que mal acto sería que ella se aproveche del mío,
será entonces cuando sellemos el pacto,
ambos seremos malos,
cuando nuestro corazón lo torna en otro sentido.