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martes, 13 de diciembre de 2016

Suspiros conformes. (relato)

Cada día hacia siempre la misma ruta: Salía de la oficina, pasaba por el bar de la esquina y tras unas cervezas con los compañeros, me dirigía a la estación de metro por la calle más ancha de la ciudad donde a cada paso que daba era un nuevo escaparate de pulido lustroso cristal que mostraba las más relucientes entre las ya mejores mercancías que poseía el establecimiento. Solía detenerme siempre frente al mismo y ensoñaba con un caro traje negro de elevado precio el cual se encontraba, de la manera más pulcra posible, colocado sobre un estirado maniquí de gran porte. Tendía por dejar escapar un leve suspiro y allí lo dejaba, abandonado a la suerte de un posible comprador que se lo pudiese permitir.
Mi economía siempre fue algo austera. Contaba a diario hasta el último céntimo, sin poder evitar que alguno cayera por algún descosido bolsillo por donde las monedas emprendían su fuga para mi desdicha. Y así vivía, estirando el dinero, de ese modo lograba tener lo suficiente como para pagar mi modesto pequeño piso a las afueras. Para ir y volver al trabajo debía hacer uso de todo tipo de transporte público, desde bus, tren y metro, perdiendo una hora y cuarto en el viaje, por lo que debía madrugar sobre esas horas donde el sol es tan tímido que apenas se asoma en el ocaso. El hecho de mover el coche me resultaba impensable. La gasolina no era barata y el mes tampoco es corto.

Nunca fue la vida que quise, de hecho, era todo lo contrario, pero al menos mi única preocupación era mantener los malabarismos que llevaba acabo con las facturas. Siempre quise viajar, conocer el mundo en todo su esplendor, contemplar imágenes que muy pocos hubiesen tenido el privilegio de tener frente a sus ojos, quería leer un buen libro en una terraza parisina sorbiendo un buen café, emborracharme en un bar irlandés donde las pintas fluyeran como el Amazonas, gritar "¿Qué pasa Nueva York" desde la ventanilla de un taxi cruzando la Gran Manzana y hacer el amor en una noche de carnaval en Venecia, bajo los estallidos de la pólvora como única iluminación de nuestras apasionadas caricias.

Tenía treinta años, vivía con la escasa compañía que da un gato callejero, que había tomado mi casa por hostal, y mis constantes y fluidos pensamientos. Había abandonado todo. Mis familiares y amigos residían en otra ciudad, no sabían donde estaba, solo, por una simple carta mal escrita, que me fui sin querer decir adiós.
¿Qué porqué lo hice? ¿Y porqué no? Quise nacer de nuevo y para ello debía dejar atrás mi vida anterior, tomando solo de mí el nombre y unas pocas posesiones. Como quien dice, cogí el petate y desaparecí.
Las primeras semanas en esta ciudad fue tediosa. No poseía dinero y hasta que conseguí trabajar como camarero para poder alquilarme una habitación dormía en la casa de las mujeres que lograba captar con mis malas artes o cuando estas me fallaban, que no eran pocas, yacía en algún portal.
Una vez comencé a cobrar por mis servicios hosteleros, me instalé en una mugrienta pensión, donde me codeé con pintorescos personajes que creía que solo podían existir en las novelas baratas. Uno de ellos, un anciano extraño, estuvo durante seis largos meses acusándonos de comunistas las escasas veces que salía de su habitación. Más tarde supimos que su vida se fue al traste el día que su mujer se arrojó al valor y lo abandonó, cansada de temer a aquella mano que tanto le había atormentado. Aquel ser despreciable gastó su poco dinero en un falso inspector, que con la misión de encontrar a su esposa, le estafó hasta el último billete que guardaba bajo el colchón. Una parte de mí se alegraba de dicho karma. También se hospedaba allí una mujer versada en las buenas artes del cortejo, lo que veía siendo una puta, pero una lo suficiente mayor como para estar en sus últimos años de profesión. Cada vez que conversábamos se entretenía ruborizándome con temas que despertaban mi más candente imaginación mientras ella reía divertida. Se publicitaba en páginas de periódicos de mala muerte que no servían ni para calzar la mesa, por lo que la calle la pisaba solo cuando el teléfono chillaba según llamaban sus clientes. Trataba de ser discreta en su oficio y presumía de conseguir estar ahorrando el dinero suficiente como para establecerse como una emprendedora de la hostelería dirigiendo una modesta cafetería que pretendía abrir en el centro.
Pero más allá de ellos, por encima de los visitantes a corto plazo y estos personajes propios de una novela romántica, se encontraba la huésped que más llamaba mi atención. No conocía nada de su pasado y a pesar de ser extremadamente amable, evitaba hablar con sus convecinos. Pocas veces alcancé a tener una conversación con ella que se saliese de lo meramente cortés, pero aun así logré conocerla un poco o al menos tuve esa impresión. Era una belleza, una preciosidad en toda regla. Obligaba a girarse a cualquiera que se cruzara con ella, tanto como hombres y mujeres, Sus oscuros ojos refulgían por si solos, el tiempo se ralentizaba con uno solo de sus parpadeos, y sus largas pestañas rasgaban el aire que se nos arrebataba con mirarla. Se dedicaba a la ayuda social, comprometida con numerosas causas, su amable tacto era una invitación a ser ayudados por tan delicadas manos, fuera para lo que fuera. Para algunos era un ángel, algo divino, el mero trato con ella te hacía consciente de lo repugnante que podemos ser pues era imposible no compararse con ella. Tristemente igual que como vino, se fue, sin decir ni una palabra a nadie. Ese karma verdugo fue al que más maldije.

Marché de allí cuando logré ser contratado como comercial en la oficina que tan bien ha logrado tanto como tratarme como aprisionarme. Mi única ruta de escape a tal rutina era una cafetería de una vieja conocida, donde nos reuníamos cada fin de semana un grupo de amigos para debatir sobre cualquier tema. Es agradable poder dar mi punto de vista respecto a algo, disfrutar de un buen ambiente jocoso donde el alcohol fluye lentamente por nuestras venas y llenos de un humo gris tosemos entre fuertes carcajadas.

A pesar de la condena que tenía por rutina, no odiaba nada de esas acciones, vivía sin aspiraciones, hecho un tanto triste, pero que grato beneficio supone no esperarte los regalos que otorga el destino y no sufrir la decepción ante la sorpresa. Aun poseía la paciencia suficiente como para tolerar a mi nocturna soledad, podía controlar mis caprichos y aceptar la realidad tal y como era, sin la necesidad de tragarme un embuste héroes, abrazaba a los acontecimientos venideros y admitía que mi casa era una birria, que mis vecinos no eran más que familias que sufrían el desasosiego de la mala suerte, que mi casero se pulía el alquiler en burdeles de mala fama. Aceptaba que mi jefe era pariente del Drácula de Bram Stocker, chupándonos, a nosotros, sus trabajadores, la poca sangre que no nos hervía tras aguantar su malhumorada personalidad y sus incesantes críticas junto a sus amenazas de despido. Aceptaba a los carteristas que a las ocho de la tarde aprovechaban los descuidos de los pasajeros del metro e incluso entendía que se viesen tentados ante el dinero fácil. Aceptaba todo porque todo me había aceptado. Y nunca cambié mi rutina, nunca dejé huella en nadie ya que tampoco tuve necesidad de ello, siempre estuve solo, sin una mujer que durase más de dos días a mi lado. Fui carente de amor, un loco de costumbres cuerdas de simples pretensiones que tan solo disfrutaba un día a la semana cuando se embriagaba con licores baratos y se despejaba con humos inmorales para la sociedad.

Así se resume mi juventud, mi madurez y parte de mi vejez, conforme, suspirando mientras miro aquel elegante traje negro que esperaba de mi un acto de valentía.