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lunes, 26 de diciembre de 2016

Más allá de solo follar.

-Sabes, yo creía que el mundo estaba hecho solo para mí, pero resultó que caí aquí por pura casualidad, otro pazguato en busca de un sentido que nunca se halla.

Ella le miró a los ojos fijamente.

-¿A qué viene eso?

-¿A qué viene qué?

-Esa chorrada que acabas de decir.

Sin dejar de mirarla sacó un cigarrillo del paquete que guardaba entre sus manos y lo prendió. El humo inundó rápidamente la habitación.

-Soy antojadizo. Me apetecía decir lo primero que me viniese a la cabeza.

Dio una profunda calada y la tendió el cigarro. Esta lo aceptó de buena gana.

-Pensaba en aquello que compone realmente al mundo, en cual es mi función en este extraño lugar abandonado de Dios y demás voluntades inexplicables. ¿Estamos haciendo lo correcto en este parpadeo llamado instante? ¿Acaso nuestra mano no debería doblegarse a los designios de nuestra propia naturaleza y no ceder a las impuestas por la sociedad? Es algo que jamás entenderé.

Los ojos de aquella muchacha miraban sin comprender. Liberó una bocanada, apoyó el encendido tabaco sobre el cenicero que se encontraba a su izquierda. Descolgó un suave beso sobre sus labios.

-Te preocupas demasiado, cariño. Ni siquiera sabemos cual es nuestra auténtica naturaleza.

-Será que es tan simple que ni nos hemos dado cuenta.

Comenzó a acariciarle el rostro, con mano delicada y suave, y sin venir a cuento, le propinó una bofetada. El miró sorprendido mientras una sonora carcajada invadía sus oídos. Sin esperar a más, se colocó sobre él, aferrando sus muñecas contra el cabecero, disponiendo de una multitud de besos itinerantes por su cuello. Sus dientes dibujaban algún vago amago de mordisco con ojos cautivos en el descubierto pecho del hombre que se encontraba bajo sus inquietas caderas.
En un segundo, las tornas cambiaron por completo. Con un simple giro situó su fina espalda contra el colchón, forzada por los no ya tan cautivos brazos. Sus miradas chocaron provocando un aluvión de emociones, acelerando sus pechos, agitando los pequeñísimos poros de piel de cada uno y alimentando una extraña ansiedad que habita en el alma humana. Con el poco control que era capaz de mantener la devolvió el beso para nuevamente situarse en una posición donde la situación era dirigida por él.

-Será que estamos hechos para amar.

-Puede que seamos animales.

Juntó sus manos sobre la almohada para sujetarla con un único agarre. Con su palma derecha visitó su cuello, para irse desprendiendo poco a poco por el resto de su fino cuerpo.

-Si fuésemos animales no hubiéramos tardado tanto el llegar aquí.

Deslizaba, a paso lento, la goma de sus bragas, hambriento de deseo y placer. Notó entonces como ella, en su cautiva posición, se entretenía jugueteando con su oreja. Aquellos dientes se aferraban al cartílago mientras su lengua se asomaba intermitente para trazar breves círculos. Un escalofrío recorría su médula paseando de arriba a abajo.

-No me iba a acostar contigo nada más verte.-Susurró de manera pícara.

Su ropa interior voló acompañando dichas palabras. El efluvio decoró entonces sus dedos en una escena donde un pequeño gemido compuso la banda sonora.

-No me refería a eso.- dijo mientras continuaba con sus más fuertes deseos.

Sin responder a su última frase lo besó apasionadamente. Sus lenguas se abrazaban mientras bailaban al compás de sus propios impulsos. Soltó su mano y la situó sobre su nuca. Debió ella entonces de sentirse egoísta, pues tardó breves segundos en hacer lo mismo que él estaba haciendo en su bajo vientre. Sus ojos se clavaban, alzándose con sus respiraciones entrecortadas, con una boca que comenzaba a jadear. Pararon durante un segundo, mientras el buscaba el preservativo en la mesilla de noche.

-¿A qué te referías?- preguntó mientras le ayudaba a colocarse el condón.

La empujó con lascivia y abrió sus piernas.

-A que estabas preparada hace tiempo, pero por el miedo al que dirán, a la incertidumbre de que buscaba yo de ti te impedían dar el paso.

Poco a poco se introdujo dentro de ella. Se arqueó hacia el testigo techo, alzando sus pechos descubiertos al cielo que la reconocía como diosa. Ignoró sus últimas palabras y se dejó llevar, pasando las manecillas de reloj, perdida toda concepción de tiempo, impulsada con cada embestida, nublada con cada bote, despreocupada con cada arañazo que daba sobre su ya más que rasgada espalda, explotando en una confusa mezcla entre placer y desahogo. Se dejó caer al lado, satisfecha por el momento. Giró su cara hacia él y pregunto.

-¿Cuándo estabas preparado tú?

-Desde que peco para redimirme.

-¿Ya empiezas con tus filosofías?

Río con una sonora carcajada.

-Considero que amar es un pecado, y tú, eres la mayor de las tentaciones.

-¿Yo te tiento?

Se giro sobre su desnudo cuerpo y circuló alrededor de su ombligo.

-Una vez oí que el diablo viste tiernos ojos y una bonita cara. Dicen que así oficia para tentar mejor al hombre.

-Y yo soy el diablo, ¿no?

Sacó un nuevo cigarro, esperando que no quedara a medias en esa ocasión. Se sentó y guardó silencio. Lo encendió, pegó una fuerte calada y la liberó. A su lado aquella mujer lo miraba tapada más que con una fina sábana que se transparentaba y dejaba entrever su cuerpo.

-Solo até cabo. Tienes los ojos tiernos, la carita linda y me tientas solo con la idea verte. Y así es como sigo atando cabos, sabiendo que temías que buscara en ti o el amor de mi vida u otro polvo más. No pienso solo con la polla, es más, si lo hiciese creo que sería más inteligente. También fue así como me imaginé que te daba vergüenza decirme que pensabas de mí, pues temías la idea que podía forjar de ti, al igual que te acobardabas por si alguien se enteraba de tus deseos, pudiendo ser llamada puta o golfa, y por más que lo niegues, sabes que te afecta. - dio otra fuerte calada y continuó. - Es curioso ver como vemos a nuestras emociones como un punto débil cuando amar es la mayor de nuestras fortalezas. Es el mejor motivo por el que seguir luchando.

Ella mordía su labio inferior. No temía decirle que le quería, es más, desconocía que sentía por él, y algo en su interior le decía que eso también lo sabía. Tal vez era cristal pulido y veía tras ella, mientras que él era un muro, no se podía saber más que aquello que quisiera mostrar.

-¿Entonces cuándo estuviste preparado?

Sin responder pasó el cigarrillo y cogió otro preservativo.

-En el momento que tú lo estuviste.