Follow by Email

viernes, 30 de diciembre de 2016

Juro que.

Juro que
su sonrisa cotidiana
rompe mi rutina,
que cuanto más la miro
más me olvido
que ya ni la recordaba.
En cinco minutos,
quizás diez,
observó
su femenina inocencia.

Juro que
no lo hago aposta,
como bobo me embobo
de esos ojos,
pero, oye,
tú, niña buena,
no quiero ser malo,
no quiero ser bueno,
ay, no se que quiero
salvo verte.

Juro que
un escalofrío
recorrió la cicatriz,
tal vez fue el invierno
o el gélido beso del pasado,
si nada es como antes,
antes que nada otro final,
al final nada calma
esta nostalgia,
te lo juro, de verdad, lo juro.

Juro que
hubo una vez
donde me pareció
ver amor en ti.
Ah, que tarde,pero que tarde,
si me lancé
cuando la piscina se cubrió,
un corazón de piedra
que, joder, que duro
choque contra mí.

Juro que
aun así
agradezco verte,
pero no se que quiero,
si ser malo,
si ser bueno,
tuyo
o de nadie.
Quiero no querer verte, pero
juro que no soy capaz.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Más allá de solo follar.

-Sabes, yo creía que el mundo estaba hecho solo para mí, pero resultó que caí aquí por pura casualidad, otro pazguato en busca de un sentido que nunca se halla.

Ella le miró a los ojos fijamente.

-¿A qué viene eso?

-¿A qué viene qué?

-Esa chorrada que acabas de decir.

Sin dejar de mirarla sacó un cigarrillo del paquete que guardaba entre sus manos y lo prendió. El humo inundó rápidamente la habitación.

-Soy antojadizo. Me apetecía decir lo primero que me viniese a la cabeza.

Dio una profunda calada y la tendió el cigarro. Esta lo aceptó de buena gana.

-Pensaba en aquello que compone realmente al mundo, en cual es mi función en este extraño lugar abandonado de Dios y demás voluntades inexplicables. ¿Estamos haciendo lo correcto en este parpadeo llamado instante? ¿Acaso nuestra mano no debería doblegarse a los designios de nuestra propia naturaleza y no ceder a las impuestas por la sociedad? Es algo que jamás entenderé.

Los ojos de aquella muchacha miraban sin comprender. Liberó una bocanada, apoyó el encendido tabaco sobre el cenicero que se encontraba a su izquierda. Descolgó un suave beso sobre sus labios.

-Te preocupas demasiado, cariño. Ni siquiera sabemos cual es nuestra auténtica naturaleza.

-Será que es tan simple que ni nos hemos dado cuenta.

Comenzó a acariciarle el rostro, con mano delicada y suave, y sin venir a cuento, le propinó una bofetada. El miró sorprendido mientras una sonora carcajada invadía sus oídos. Sin esperar a más, se colocó sobre él, aferrando sus muñecas contra el cabecero, disponiendo de una multitud de besos itinerantes por su cuello. Sus dientes dibujaban algún vago amago de mordisco con ojos cautivos en el descubierto pecho del hombre que se encontraba bajo sus inquietas caderas.
En un segundo, las tornas cambiaron por completo. Con un simple giro situó su fina espalda contra el colchón, forzada por los no ya tan cautivos brazos. Sus miradas chocaron provocando un aluvión de emociones, acelerando sus pechos, agitando los pequeñísimos poros de piel de cada uno y alimentando una extraña ansiedad que habita en el alma humana. Con el poco control que era capaz de mantener la devolvió el beso para nuevamente situarse en una posición donde la situación era dirigida por él.

-Será que estamos hechos para amar.

-Puede que seamos animales.

Juntó sus manos sobre la almohada para sujetarla con un único agarre. Con su palma derecha visitó su cuello, para irse desprendiendo poco a poco por el resto de su fino cuerpo.

-Si fuésemos animales no hubiéramos tardado tanto el llegar aquí.

Deslizaba, a paso lento, la goma de sus bragas, hambriento de deseo y placer. Notó entonces como ella, en su cautiva posición, se entretenía jugueteando con su oreja. Aquellos dientes se aferraban al cartílago mientras su lengua se asomaba intermitente para trazar breves círculos. Un escalofrío recorría su médula paseando de arriba a abajo.

-No me iba a acostar contigo nada más verte.-Susurró de manera pícara.

Su ropa interior voló acompañando dichas palabras. El efluvio decoró entonces sus dedos en una escena donde un pequeño gemido compuso la banda sonora.

-No me refería a eso.- dijo mientras continuaba con sus más fuertes deseos.

Sin responder a su última frase lo besó apasionadamente. Sus lenguas se abrazaban mientras bailaban al compás de sus propios impulsos. Soltó su mano y la situó sobre su nuca. Debió ella entonces de sentirse egoísta, pues tardó breves segundos en hacer lo mismo que él estaba haciendo en su bajo vientre. Sus ojos se clavaban, alzándose con sus respiraciones entrecortadas, con una boca que comenzaba a jadear. Pararon durante un segundo, mientras el buscaba el preservativo en la mesilla de noche.

-¿A qué te referías?- preguntó mientras le ayudaba a colocarse el condón.

La empujó con lascivia y abrió sus piernas.

-A que estabas preparada hace tiempo, pero por el miedo al que dirán, a la incertidumbre de que buscaba yo de ti te impedían dar el paso.

Poco a poco se introdujo dentro de ella. Se arqueó hacia el testigo techo, alzando sus pechos descubiertos al cielo que la reconocía como diosa. Ignoró sus últimas palabras y se dejó llevar, pasando las manecillas de reloj, perdida toda concepción de tiempo, impulsada con cada embestida, nublada con cada bote, despreocupada con cada arañazo que daba sobre su ya más que rasgada espalda, explotando en una confusa mezcla entre placer y desahogo. Se dejó caer al lado, satisfecha por el momento. Giró su cara hacia él y pregunto.

-¿Cuándo estabas preparado tú?

-Desde que peco para redimirme.

-¿Ya empiezas con tus filosofías?

Río con una sonora carcajada.

-Considero que amar es un pecado, y tú, eres la mayor de las tentaciones.

-¿Yo te tiento?

Se giro sobre su desnudo cuerpo y circuló alrededor de su ombligo.

-Una vez oí que el diablo viste tiernos ojos y una bonita cara. Dicen que así oficia para tentar mejor al hombre.

-Y yo soy el diablo, ¿no?

Sacó un nuevo cigarro, esperando que no quedara a medias en esa ocasión. Se sentó y guardó silencio. Lo encendió, pegó una fuerte calada y la liberó. A su lado aquella mujer lo miraba tapada más que con una fina sábana que se transparentaba y dejaba entrever su cuerpo.

-Solo até cabo. Tienes los ojos tiernos, la carita linda y me tientas solo con la idea verte. Y así es como sigo atando cabos, sabiendo que temías que buscara en ti o el amor de mi vida u otro polvo más. No pienso solo con la polla, es más, si lo hiciese creo que sería más inteligente. También fue así como me imaginé que te daba vergüenza decirme que pensabas de mí, pues temías la idea que podía forjar de ti, al igual que te acobardabas por si alguien se enteraba de tus deseos, pudiendo ser llamada puta o golfa, y por más que lo niegues, sabes que te afecta. - dio otra fuerte calada y continuó. - Es curioso ver como vemos a nuestras emociones como un punto débil cuando amar es la mayor de nuestras fortalezas. Es el mejor motivo por el que seguir luchando.

Ella mordía su labio inferior. No temía decirle que le quería, es más, desconocía que sentía por él, y algo en su interior le decía que eso también lo sabía. Tal vez era cristal pulido y veía tras ella, mientras que él era un muro, no se podía saber más que aquello que quisiera mostrar.

-¿Entonces cuándo estuviste preparado?

Sin responder pasó el cigarrillo y cogió otro preservativo.

-En el momento que tú lo estuviste.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Será.

Será la noche
o que yo ya he bebido,
será que soy cercano
aun cuando me alejo,
será que soy
o que no soy,
apaciguado rebelde
de mala ciudad,
será la sonrisa mi vicio
o mi vicio será 
motivo de sonrisas.
Que será, que será.

Será que duermen 
mientras yo habito en la madrugada,
será que no se ir despacio
y rápido me doy de bruces
confesando pecados
a mi nuevo diablo de dulce simpatía,
será soledad,
será emoción,
quizás rabia,
puede amor, puede
y solo puede, algo que será.
Será tonto el poeta,
será tonto.

Será siempre 
o por siempre,
será que nunca lo supe.
Será que la curiosidad mató al gato
y el perro lloró de pena,
que se preocupo de todo
menos de si mismo.
Será que cada vez queda menos
aire por respirar
si me lo roban
si la miro Dios, si la miro.
Será estupidez, seguro,
será estupidez.

Será que ya pasó el tiempo
o mi tiempo,
que no es el mejor momento
no se descarta,
pero guardo la mejor mano
fuera de la manga,
será una escalera que me alce
o un tobogán
que me deslice sin diversión.
Será que trato de hacer trampas
y ya no se puede
confiar más en mi.
Será que solo yo me entiendo,
será que solo yo.

Será que me repito
o que repito la misma historia,
será que quiero mejor final,
uno feliz, por variar,
variar por no decir
que soy amigo y por hablar.
Será que tienen sueño
y yo sueño que duermo,
Será
futuro impresentable
como presente.
Será que miento, juro
que será que miento
aun cuando digo toda la verdad.

martes, 13 de diciembre de 2016

Suspiros conformes. (relato)

Cada día hacia siempre la misma ruta: Salía de la oficina, pasaba por el bar de la esquina y tras unas cervezas con los compañeros, me dirigía a la estación de metro por la calle más ancha de la ciudad donde a cada paso que daba era un nuevo escaparate de pulido lustroso cristal que mostraba las más relucientes entre las ya mejores mercancías que poseía el establecimiento. Solía detenerme siempre frente al mismo y ensoñaba con un caro traje negro de elevado precio el cual se encontraba, de la manera más pulcra posible, colocado sobre un estirado maniquí de gran porte. Tendía por dejar escapar un leve suspiro y allí lo dejaba, abandonado a la suerte de un posible comprador que se lo pudiese permitir.
Mi economía siempre fue algo austera. Contaba a diario hasta el último céntimo, sin poder evitar que alguno cayera por algún descosido bolsillo por donde las monedas emprendían su fuga para mi desdicha. Y así vivía, estirando el dinero, de ese modo lograba tener lo suficiente como para pagar mi modesto pequeño piso a las afueras. Para ir y volver al trabajo debía hacer uso de todo tipo de transporte público, desde bus, tren y metro, perdiendo una hora y cuarto en el viaje, por lo que debía madrugar sobre esas horas donde el sol es tan tímido que apenas se asoma en el ocaso. El hecho de mover el coche me resultaba impensable. La gasolina no era barata y el mes tampoco es corto.

Nunca fue la vida que quise, de hecho, era todo lo contrario, pero al menos mi única preocupación era mantener los malabarismos que llevaba acabo con las facturas. Siempre quise viajar, conocer el mundo en todo su esplendor, contemplar imágenes que muy pocos hubiesen tenido el privilegio de tener frente a sus ojos, quería leer un buen libro en una terraza parisina sorbiendo un buen café, emborracharme en un bar irlandés donde las pintas fluyeran como el Amazonas, gritar "¿Qué pasa Nueva York" desde la ventanilla de un taxi cruzando la Gran Manzana y hacer el amor en una noche de carnaval en Venecia, bajo los estallidos de la pólvora como única iluminación de nuestras apasionadas caricias.

Tenía treinta años, vivía con la escasa compañía que da un gato callejero, que había tomado mi casa por hostal, y mis constantes y fluidos pensamientos. Había abandonado todo. Mis familiares y amigos residían en otra ciudad, no sabían donde estaba, solo, por una simple carta mal escrita, que me fui sin querer decir adiós.
¿Qué porqué lo hice? ¿Y porqué no? Quise nacer de nuevo y para ello debía dejar atrás mi vida anterior, tomando solo de mí el nombre y unas pocas posesiones. Como quien dice, cogí el petate y desaparecí.
Las primeras semanas en esta ciudad fue tediosa. No poseía dinero y hasta que conseguí trabajar como camarero para poder alquilarme una habitación dormía en la casa de las mujeres que lograba captar con mis malas artes o cuando estas me fallaban, que no eran pocas, yacía en algún portal.
Una vez comencé a cobrar por mis servicios hosteleros, me instalé en una mugrienta pensión, donde me codeé con pintorescos personajes que creía que solo podían existir en las novelas baratas. Uno de ellos, un anciano extraño, estuvo durante seis largos meses acusándonos de comunistas las escasas veces que salía de su habitación. Más tarde supimos que su vida se fue al traste el día que su mujer se arrojó al valor y lo abandonó, cansada de temer a aquella mano que tanto le había atormentado. Aquel ser despreciable gastó su poco dinero en un falso inspector, que con la misión de encontrar a su esposa, le estafó hasta el último billete que guardaba bajo el colchón. Una parte de mí se alegraba de dicho karma. También se hospedaba allí una mujer versada en las buenas artes del cortejo, lo que veía siendo una puta, pero una lo suficiente mayor como para estar en sus últimos años de profesión. Cada vez que conversábamos se entretenía ruborizándome con temas que despertaban mi más candente imaginación mientras ella reía divertida. Se publicitaba en páginas de periódicos de mala muerte que no servían ni para calzar la mesa, por lo que la calle la pisaba solo cuando el teléfono chillaba según llamaban sus clientes. Trataba de ser discreta en su oficio y presumía de conseguir estar ahorrando el dinero suficiente como para establecerse como una emprendedora de la hostelería dirigiendo una modesta cafetería que pretendía abrir en el centro.
Pero más allá de ellos, por encima de los visitantes a corto plazo y estos personajes propios de una novela romántica, se encontraba la huésped que más llamaba mi atención. No conocía nada de su pasado y a pesar de ser extremadamente amable, evitaba hablar con sus convecinos. Pocas veces alcancé a tener una conversación con ella que se saliese de lo meramente cortés, pero aun así logré conocerla un poco o al menos tuve esa impresión. Era una belleza, una preciosidad en toda regla. Obligaba a girarse a cualquiera que se cruzara con ella, tanto como hombres y mujeres, Sus oscuros ojos refulgían por si solos, el tiempo se ralentizaba con uno solo de sus parpadeos, y sus largas pestañas rasgaban el aire que se nos arrebataba con mirarla. Se dedicaba a la ayuda social, comprometida con numerosas causas, su amable tacto era una invitación a ser ayudados por tan delicadas manos, fuera para lo que fuera. Para algunos era un ángel, algo divino, el mero trato con ella te hacía consciente de lo repugnante que podemos ser pues era imposible no compararse con ella. Tristemente igual que como vino, se fue, sin decir ni una palabra a nadie. Ese karma verdugo fue al que más maldije.

Marché de allí cuando logré ser contratado como comercial en la oficina que tan bien ha logrado tanto como tratarme como aprisionarme. Mi única ruta de escape a tal rutina era una cafetería de una vieja conocida, donde nos reuníamos cada fin de semana un grupo de amigos para debatir sobre cualquier tema. Es agradable poder dar mi punto de vista respecto a algo, disfrutar de un buen ambiente jocoso donde el alcohol fluye lentamente por nuestras venas y llenos de un humo gris tosemos entre fuertes carcajadas.

A pesar de la condena que tenía por rutina, no odiaba nada de esas acciones, vivía sin aspiraciones, hecho un tanto triste, pero que grato beneficio supone no esperarte los regalos que otorga el destino y no sufrir la decepción ante la sorpresa. Aun poseía la paciencia suficiente como para tolerar a mi nocturna soledad, podía controlar mis caprichos y aceptar la realidad tal y como era, sin la necesidad de tragarme un embuste héroes, abrazaba a los acontecimientos venideros y admitía que mi casa era una birria, que mis vecinos no eran más que familias que sufrían el desasosiego de la mala suerte, que mi casero se pulía el alquiler en burdeles de mala fama. Aceptaba que mi jefe era pariente del Drácula de Bram Stocker, chupándonos, a nosotros, sus trabajadores, la poca sangre que no nos hervía tras aguantar su malhumorada personalidad y sus incesantes críticas junto a sus amenazas de despido. Aceptaba a los carteristas que a las ocho de la tarde aprovechaban los descuidos de los pasajeros del metro e incluso entendía que se viesen tentados ante el dinero fácil. Aceptaba todo porque todo me había aceptado. Y nunca cambié mi rutina, nunca dejé huella en nadie ya que tampoco tuve necesidad de ello, siempre estuve solo, sin una mujer que durase más de dos días a mi lado. Fui carente de amor, un loco de costumbres cuerdas de simples pretensiones que tan solo disfrutaba un día a la semana cuando se embriagaba con licores baratos y se despejaba con humos inmorales para la sociedad.

Así se resume mi juventud, mi madurez y parte de mi vejez, conforme, suspirando mientras miro aquel elegante traje negro que esperaba de mi un acto de valentía.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Y si, es diciembre.

Dejé muchas frases a medias
por remendar los calcetines para diciembre,
también dejé de beber
pero por un rato, para respirar
algo de sus malos humos,
ahogando mi conciencia en silencio,
ahorcando a mi moral con el suspense
que deja en el suspiro
que hay entre el ruido
que provocan sus tacones.
Y si, es diciembre y hace frío,
rezo porque llegue el verano
y unos labios que sepan atarme
a la locura que algunos llaman amor,
pero, amor, tú me oyes como nadie
ya que nunca me respondes
a los versos que precipito contra tu presencia,
divina inspiración mía nacida de la abstinencia
ya que el alcohol lo dejé, por falta de presupuesto
o presupongo que en el puesto tercero
de mis necesidades más primarias.
Y si,hace frío, me ando cagando en la puta
y orinando por culpa de la cerveza,
culpando a diciembre por ser tan gélido
como los besos que solo imaginé.