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lunes, 7 de noviembre de 2016

El buen dictador.

Nunca me imaginé que llegaría a alcanzar un punto tal álgido en mi carrera como podría ser esa entrevista. No podía negar que no iba a ver un punto más alto, que con ese instante iba a alcanzar la cumbre, consciente de que iba a generar un hecho histórico capaz de trascender en todos los libros, siendo materia de estudio. Traté de soportar los nervios que se apoderaban de mi voz hasta lograr tragármelos. Seguía sin comprender, como de todos los periodistas de renombre había preferido elegirme a mí, un mero empleado medio de una revista medianamente conocida. Sabía que no era el momento de cuestionarme nada, que debía aprovechar esa oportunidad y dar el salto al triunfo del trabajo que nunca terminó de llenarme. Miré mi carpeta llena de hojas repletas de preguntas y me concentré en él.
Estaba frente a mí, con un porte natural, nada excepcional. Nada de su imagen lo era. Su rostro no poseía atractivo alguno, aunque no por ello era desagradable. Sus ojos eran oscuros, profundos, denotando cierto aspecto cansado. Su barba poblada no se mostraba descuidada, reflejaba mimo y cuidado, su vestimenta se componía por una camisa blanca hecha a medida, un chaleco negro del que pendía la cadena de un reloj de bolsillo y una sencilla corbata de seda roja. Nadie se imaginaria que ese hombre de mediana estatura de aspecto tan delgado era una de las más poderosas del planeta. Su trato, aunque cordial y educado, resultaba ser cercano, concediendo cierta familiaridad en sus palabras. Debía ser causa de su fuerte carisma.
Tragué saliva y continué con la entrevista.

- ¿Podría decir como llego a donde está ahora?

Sonreía como si la pregunta realmente le gustase. Acarició su repeinado cabello cano, el cual le llegaba hasta la nuca y se acomodó en su asiento, echando el peso de su cuerpo hacia delante.

-Eso es algo que yo me suelo preguntar. Tan solo era un mero profesor más en un sistema educativo nefasto a causa de la gestión del gobierno de aquella época. Las reformas legislativas estaban causando un gran descontento en la población, sobre todo en la parte activa de la sociedad, la cual se contemplaba desempleada, sumándole a la gran cantidad de jóvenes estudiantes que observaban como su futuro podía verse truncado por unas medidas que refrenaban sus posibilidades y acababan con sus aspiraciones de vida. Como parte del colectivo del profesorado, yo me tenía por otra víctima más, así que, cansado de todo esto, comencé a ser un integrante activo del nuevo partido del momento, el cual es que aquel que lideró actualmente, el Progreso Real Español. No tardé mucho en ganarme la simpatía de los dirigentes, pues uno de ellos resultaba ser un antiguo conocido mío de la universidad, del cual jamás me esperé que estuviera al mando de ningún partido. Carlos Martínez era un claro conocedor de mis ideales y de mis deseos de reformar la educación española. Durante dos años, dejé de ejercer de mi vocacional profesión, trabajamos duro para dar a conocer nuestro programa. Nuestra gran acogida entre la población asustó a los cuatro grandes partidos que dominaban el panorama político, así que comenzaron las difamaciones, no solo hacia el partido, sino personales. Llegué a ser acusado de tener trato con organizaciones radicales, pues había logrado convertirme en uno de las tres grandes cabezas dirigentes.

Volvió a acomodarse nuevamente, sonriendo inocentemente, pero por alguna extraña razón, sentí como si un diablo bueno se escondiese tras esa inofensiva expresión.

-Siempre oí que si no puedes con el enemigo debes unirte a él, y ellos eran bastante poderosos con sus influencias. Pero yo nunca he estado para servir a nadie, y soy buen conocedor de los puntos débiles de aquellos que me enfrentan, así que planifiqué como tenerlos bajo mi control. Fue en verdad muy sencillo, solo tuve que carecer de escrúpulos, algo propio de un buen líder. Los invité a todos a una reunión con el pretexto de pretender negociar pactos electorales. Solo se presentaron dos de los cinco convocados, y a esto se les propuso que cederíamos a cualquiera de sus pretensiones con la única condición de que queríamos un cargo en la diputación y la entrada en una gran empresa como consejero tras finalizar la legislación que nos correspondiese. Obviamente ellos desconocían del hecho de que estaban siendo grabados, y su naturaleza, corrupta hasta la médula, no pudo evitar aceptar nuestro acuerdo, sin antes comentar lo estúpidos que eran los españoles que los votaban.

Extendió sus manos abiertas hacia mí.

-Una semana después recibieron dicho material audiovisual por correo postal. Estaban bajo nuestro control.

Era impresionante la frialdad con la que aquel hombre estaba hablando. Era una máquina con un claro objetivo carente de moral, un fin que justificaba los medios hecho carne.

-Nuestra meta era acabar con la corrupción. Los imbéciles creían que requeríamos gobernar para poder hacerlo. No necesitábamos ocupar la mayoría de escaños para hacerlo, es más, lo hicimos antes tan si quiera de ocuparlos. Algunos podrán pensar que actuamos como una organización terrorista o una institución criminal, y nada más lejos de la realidad, pero el resultado nos avaló la satisfacción de la población. No solo chantajeamos tras hacerlos caer en trampas, los amenazamos a todos, siempre de una forma personalizada, haciendo peligrar aquello que más querían. Recuerdo como con el señor Ramírez nos bastó solo con tomar un par de fotos a su hija y mandárselas impresas llenas de sangre. Fuimos lo más profesionales que pudimos para no dejar prueba de todo aquello que hacíamos.
No cabía en mi estupor. Aquel hombre admitía haber llevado a cabo prácticas delictivas para alcanzar la presidencia. No comprendía por qué hacía eso.
- ¿Estaban al corriente los otros dos dirigentes de su partido? - pregunté.
-Oh, no, eso era impensable. Ellos poseían una moral inquebrantable y unas fantasías fuertemente arraigadas. Creían que diciendo toda la verdad la población les iba a votar, sin pensar si quiera que fueran fáciles de desacreditar en un mitin. Yo me encargué de que eso no ocurriera. Todo lo que proponíamos era fiable y posible de llevar acabo. Pensábamos en invertir fuertemente en los campos que más contentaran a la población, no solo en educación y sanidad, si no en la mediana y pequeña empresa, propondríamos unas matrículas universitarias gratuitas y una subida en las subvenciones. Inviable solo eso de por sí, endureceríamos toda ley que castigara la corrupción, con la ayuda a las PYMES pretendíamos así generar mayor empleo. Legalizando ciertas cosas pretendíamos, como la marihuana, por ejemplo, crear puestos de trabajo y una gran comercialización del producto, que aparte de contribuir con impuestos, movilizaría la moneda, al igual que la legalizada prostitución, más controlada y regularizada, cotizando e impidiendo la posibilidad de trata de blancas. Esto encima traería un turismo atraído por estas libertades que, curiosamente, fue mayor del esperado.
-Pero para llegar a ese punto debió alcanzar la presidencia. ¿Cómo lo logró?
-No negaré que me apoyé en ciertas organizaciones criminales, las cuales me supusieron de gran ayuda. Yo les daba carta blanca para actuar y ellos contribuían de una forma lucrativa para todo el mundo. Logré ganar las elecciones del partido y comencé a oficiar de secretario general del partido. Con toda la política española jugando en la palma de mi mano, me daba igual ganar o no, yo sería quien mandase en las sombras, pues aquel que fuera el presidente estaría bien aferrado con la correa que le había colocado en torno al cuello. Aun así, mi gran carisma y la escasa competencia que dejé que me hicieran, me brindó la mayoría absoluta, ganándome incluso el voto de las personas fieles a su partido de toda la vida. A lo largo de esos cuatro años apliqué todas nuestras ideas, solo teniendo en contra los grandes empresarios. Antes de llevar acabo cualquier tipo de chantaje contra estos, busqué una medida que pudiese congraciarlos, y al tercer año de mi mandato se llevó acabo la solución que nos ganó encima que muchos millonarios trataran a España como un paraíso fiscal. No había nada ilegal, Europa no podía criticar ninguna de nuestras acciones, pues estábamos en los mínimos estipulados. Los impuestos a las grandes fortunas eran bajísimos y los bancos españoles, una vez hechos públicos, cobraban los intereses más pequeños de la Unión. Un rico es lo suficientemente idiota como para querer tener más en vez de obtener aquello de lo que carece. Esta medida nos permitió bajar los impuestos, dando igual la clase social, impulsando a nuestro país a ser una de las mayores potencias mundiales.
Dentro de mí sentí una confrontación. Sus palabras se basaban en un sentido lógico y se observaba que era un mal con un fin correcto, pero en el fondo de mi ser, algo me seguía diciendo que estaba mal.
- ¿Podría decirnos como logró poner a un país como era España en la cumbre de las grandes potencias?
-Pues de una forma tan sencilla que parece ridícula, pero por desgracia, debido a la existente corrupción que había, a la cual no le interesaba, nunca se llevó acabo. La educación. Motivamos a los jóvenes a formarse, imitando en ciertos aspectos a la dada en los que se daban en la cabeza de aquel entonces. Con jóvenes que podían acceder fácilmente a la enseñanza, la cual se enfocaba en educar de verdad y no en hacer memorizar datos inservibles, creamos una sociedad preparada, no solo concediéndoles la formación profesional que requerían, sino que les dimos unos valores de esfuerzo y constancia propios de una buena sociedad. Tras esto, invertimos con subvenciones en I+D. Lo segundo que hicimos fue desprendernos de nuestra dependencia energética. Primero hicimos público nuevamente el control del gas, agua y luz. Lo segundo fue depender de las energías alternativas, las cuales mejoramos notablemente, y así acabamos exportando nuestra electricidad. Así fue como España alcanzó el primer puesto en casi todos los campos.

-He de decir que me sorprende toda la franqueza con la que usted habla. Ahora llega el tema más candente. ¿Cómo alcanzó un poder tan absoluto como el que usted posee?
Sonrío más ampliamente. Un escalofrío recorrió mi médula. Sentí como si el diablo mismo me estuviese enseñando los dientes.

- ¿Qué es lo que le impide hacer a uno lo que uno quiere realmente? Las personas que se oponen debido a los conflictos de intereses. Yo acabé con esa barrera. Di pan y circo. Cree una sociedad semiperfecta. Bajé la delincuencia y el paro a mínimos históricos, les di solvencia económica, entretenimiento, oportunidades, etc. Les di todo. Fue entonces, con un pueblo más que satisfecho, que comencé a reformar artículos constitucionales. Mucha de esas reformas les repercutía a ellos de manera beneficiosa, mientras que poco a poco, me concedía más poder, ya fuera dándome inmunidad judicial o aumentando mis años de mandato. Fue con mi tercera legislatura que logré aprobar la ley que me diera poderes absolutos, tras haber quitado cualquier tipo de autoridad a las cortes y a la monarquía. Incentivé las autonomías, por lo que el descontento no fue masivo. Europa se me opuso en casi todas mis acciones, pero bailaban a mi compás, al fin y al cabo, me había dedicado a quitarles cualquier tipo de negocio internacional. Todo pasaba por España y dependían de ella.
Aquel hombre de alguna forma lograba ganarse mi respeto. Sabía en quien apoyarse y cómo hacer que lo apoyasen. Todo el mundo le rendía pleitesía. Nadie le llevaba la contraria, todos eran conocedores del peligro que suponía llevársela. Había acabado con cualquier tipo de insurrección. Quien lo hiciese simple y llanamente desaparecía. No se veía a nadie, solamente su presencia se difuminaba, incluso dentro de los registros civiles. Pocos eran los atrevidos. Todos tenían vidas cómodas de fácil ascenso social ¿Por qué oponerse? La educación, aun siendo como él la definía, se contemplaba un adoctrinamiento donde el culto al presidente era palpable y ahora, todos adoraban a ese personaje que había cambiado el orden del mundo por tan solo unos ideales. El que fue un mero profesor de instituto había logrado tener a todas las naciones bajo su yugo. Así era su influencia.
Inmerso en mis pensamientos, no me fije en que se ponía de pie.

-Doy por terminada esta entrevista.

Tarde un poco en reaccionar, pero logré ponerme de pie y con cierto nerviosismo, estrecharle la mano.

- ¿No tiene ninguna otra declaración más señor Presidente?

Su contacto parecía capaz de prenderme. Soltó mi mano y se estiró el chaleco. No había dejado de sonreír en ningún momento.

-Siempre consigo lo que quiero, y contentando a todos. Me convertí en lo que más odiaba para poder llevar acabo mis sueños, y no me arrepiento. Conseguí mejorar una sociedad incapaz de dirigirse a sí misma, y a mis sesenta años ya solo me queda encontrar un sucesor que llevé a cabo mi línea de trabajo. El ser humano es incapaz de gobernarse a sí mismo, por eso perdí mi humanidad. Solo privé de una libertad y fue la de apresarse de nuevo en un sistema nefasto donde los incompetentes podían tener voz. Mi plan para vosotros es como el de un padre, buscando siempre vuestro bien y castigándoos si os salís del camino correcto. Yo no soy Dios, pero si Dios tuviese algo de maldad sería lo que nosotros llamamos justicia, y creo que he sido justo con todos, menos conmigo mismo.

Comenzó a andar hacia la salida, seguro de sí mismo. Se volteó en el último momento y me miró.

-El mundo no se conquista a través de guerras, se gana siendo el miedo al que nadie se atreve a combatir, siendo una amenaza que nunca acecha, pero que está ahí, un peligro que te puede acabar. Solo cuando creen que solo les queda combatir para liberarse de ti, les tiendes la mano y le ofreces lo que más desean. Nadie que posea aquello que desea va a molestarte. Tenlo claro.
No entendí a que venía eso, solo comprendí que tenía sentido. Vi en aquel hombre que me fascinaba la auténtica verdad. Él no quería el poder, quería ser el poder, y buscaba hacer lo correcto, aunque tuviera que hacer algo éticamente malvado, pero, ¿Qué es la ética si no una concepción humana? No se alcanza la felicidad si no pones nada en juego, igual que no se alcanza la paz si no estás dispuesto a hacer la guerra.
Y se marchó, dejándome con las reflexiones que había producido en mi cabeza. El equipo de cámaras recogía todo el material mientras yo permanecía ahí de pie. Fue entonces de que me percaté de que tenía algo en mi bolsillo. Deslicé mi mano y extraje una tarjeta donde venía inscrito una dirección y una pregunta.

“¿Crees acaso que soy el camino correcto?”


Guardé la tarjeta en mi bolsillo y sonreí. No pude negar que sentí como si un diablo bueno se escondiese tras mi rostro y que mis pies se movieron solas. Al fin de cuentas el camino correcto siempre está marcado para que no te salgas, ¿no?