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martes, 18 de octubre de 2016

Un pobre diablo.

Deambulaba dando bandazos, con pasos arrítmicos, centrado en mantener un equilibrio errático, intentando seguir avanzando por aquellas angostas calles. Hasta yo notaba el olor a whisky mezclado con vómito, así que debía apestar bastante. Las primeras luces del alba comenzaban a asomarse en el horizonte, dando paso a un nuevo día, otro más del calendario que se esfumaba con el ligero segundero que sacudía al tiempo. Me detuve en seco, doblando mi cuerpo hacia delante, apoyado con la mano en una pintarrajeada fachada. Si, nada iba a cambiar, todo iba a permanecer igual por más que tratase de esforzarme en crear algo nuevo en mi vida, pues no había más. Me encontraba limitado a seguir viviendo sin una razón de ser, acompañado por una enloquecida razón que tomaba a la sociedad por un personaje colectivo demente de constantes intentos por atraparme entre sus fauces.
-No soy otro esclavo más, Dios.-balbuceé, dejándome caer contra la pared.
No albergaba ningún sentimiento de ira o de tristeza, más bien era poseído por una compasiva mirada dirigida a cualquier persona que considerase que la vida servía de algo. Es inútil tratar de nadar en un mar de lágrimas, estúpido tratar de salir a flote cuando la tempestad estaba sacudiendo la marea. ¿De qué sirve vivir si solo lo hacemos porque nacimos en un mundo el cual nunca quisimos? Yo no recuerdo haber pedido nacer, por eso vivo sin saber porque habito en este mundo, esperando a una muerte que no llega y a la que no me atrevo a llamar.
Dejé caer la botella y la gravedad hizo su efecto. Sin llegar a romperse, cayó, de tal forma que vertía su contenido a la acera grisacea. Contemplé como la etílica bebida se desparramaba, sin una razón de ser. Suspiré. Así era todo, un efecto causado por leyes naturales, hormigas recogiendo alimento para el invierno, centradas solo en no morir por inanición. ¿Cuándo dejé de sufrir el frío del invierno que me paré a pensar? Tal vez cuando comprendí que no existía la necesidad de tener que buscar alimento. Es uno de los defectos de verse enriquecido en una edad donde nadie te considera joven ni tampoco maduro. Solo tuve tiempo para mi, para pensar, reflexionar, conocerme mejor... Descubrí que hasta entonces nunca había pensado, que mis reflexiones siempre fueron las de otros y que me odiaba a mi mismo.
-Doy lástima.-pensé en voz alta.
Frente a mi pasó una mujer. Tal vez fue por mi estado de embriaguez pero me pareció muy linda. Tan solo eso me daba esperanzas y me recargaba de fuerzas, ser testigo de los milagros que el mundo obraba con tales bellezas. Fingía no verme, y no la culpo. Tal solo se limitaba a pasar mirando al frente encaminada con cierta prisa, la cual tal vez se debiese a mi empobrecida presencia. Sonreí para mí, lamentándome por no estar con la mejor de mis galas, o al menos con un aspecto no tan propio de la mendicidad. Y fueron sus ojos, prendidos en un fuego verde lo que llamó mi atención, sus carnosos labios el hambre que creía que no tenía, y su cuerpo el deseo de hacer turismo por todo su ser, deteniéndome en cada poro de su piel.
Ah, pero ya se había ido, y ahí seguía yo, censurado por la gravidez, maniatado por los pestilentes licores que acompañaron a mi noche, carente del amor que creía merecer, borracho, en una síntesis rápida de mi estado, pero sereno de espíritu, sufriendo la paz que tiene aquel que obtiene respuestas.
Arrastré una de mis manos al bolsillo de mi ancho abrigo en un vano intento de sacar mi teléfono para llamar a un taxi. En su lugar encontré un extraño objeto que me acerqué al rostro, pues mi vista no era tan nítida como debería.
Era un grabado donde me contemplaba acompañado por los que fueron mis amigos. Todos se marcharon cuando ocurrió aquel desastre. Arrugué la imagen apretando fuertemente mi puño. No era mi culpa no encontrarle sentido a una obra hecha para ser cíclica, de no desear un oficio que nunca pedí, relegado a mi única pasión: tratar de mostrar a las personas sus auténticas naturalezas.
Sabía desde siempre lo que todos negaron. El hombre tenía maldad en su alma, y no eran capaces de aceptarlas. Se encargaban de acumularla en el fondo de su ser, creando un ser creciente que tendía a explotar. Eran estúpidos. Negaban ser egoístas, trataban de obrar según la idea de bien, cuando esto no les hacía felices. Estamos hechos de luz y oscuridad a partes iguales, y así debería ser organizado el mundo, un lugar donde el mal no era condenado sino comprendido, limitando solo a pequeños actos que satisfacen al alma.
-Das algo de vergüenza.
Miré a mi derecha y vi al poseedor de dicha voz.
-¿No deberías estar cumpliendo la palabra del jefe?- le respondí.
-Me ha concedido el privilegio de venir a preguntarte como te van las cosas.
Tenía bastante gracia. Por culpa de aquel caprichoso estaba como estaba, desorientado, buscando a alguien que comprendiese mi verdad, alguien que cuando me escuchase comprendiese a que me refería con el orden que existía en el alma y no se volviera un corrupto de su propia oscuridad.
-Pobre Gabriel, condenado a ser su favorito. Te debe tener explotado.- Carraspeé.- Puedes decirle que todo me va bien, que caminar de un lado para otro, actuando según mi naturaleza porque así soy es un gran castigo. No sabes nada Gabriel... Nunca comprendiste que maldad y bondad son la misma idea pero con distintos puntos de vista. Lo que tu ves como mi mayor pecado yo lo veo como un gesto de amor. Abro los ojos a los hombres que se desconocen así mismos, y a diferencia mía, se aman más tras esto.
-Sigues igual de pretencioso, por lo que se ve.
-Por lo que se ve siempre has sido ciego, pero, ah, tal vez lo soy yo por el hecho de que le llevo la contraria a todo lo creado. Pensaba que solo los que eran únicos veían la auténtica realidad.
Me miraba con ternura. A pesar de estar criticando su manera de vivir y de pensar, aun era capaz de querer alguna parte de mi. Eso me prendía por dentro, quemándome por la rabia, deshaciendo todo vestigio del efecto del alcohol en mi cuerpo.
-Vete. Dile que estoy bien.
Sin decir nada se giró y comenzó a andar. Odiaba su majestuosa presencia, su santas maneras de ser, su infranqueable razón impuesta y sobre todo, la venda que tapaba sus ojos. Volvió la cabeza para mirarme una última vez.
-La luz que portabas se apagó para volverte un pobre diablo. Ojala se encienda de nuevo.
Desapareció de mi vista. Me alcé sobre mi borrachera y pensé con toda claridad. Se que prefiero ser alguien que conoce la verdad a pesar de que esta le entristezca a ser feliz por no querer ver la auténtica esencia de este mundo, esa mezcla entre bondad y maldad, donde me solían acusar de lo segundo.