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domingo, 23 de octubre de 2016

Ojos negros.

Yo que nunca he sido dado
a ver belleza en los ojos oscuros
y ni mucho menos a quererlos,
deseé aun así su tan bonita mirada,
a considerarla necesaria en mi rutina
como una cama ante la somnolencia
o un café para la tarde pesada de un mal día.
Dan ganas de sugerirla un encuentro
y repetirlo hasta morir,
morir para más tarde encontrarnos,
encontrarnos para vivir de nuevo
y repetir lo más pronto posible este ciclo:
Yo mirándola, ella mirándome,
pensar ambos en lo que puede
estar pensando el otro,
volver a escribir este poema
donde comprendo que los ojos
no son bellos solo por su forma,
más bien bellos por su forma de mirar.
Y es una mezcla curiosa ella
pues se compone por divina presencia
y por su cotidiana preciosidad,
la diosa a la que rezo
y la mujer a la que me gustaría amar.
Ahora, jodido por las circunstancias
que apresan a este presente,
con su corazón cerrado al amor,
al mío incluido, culpando a mi latido
tan abierto a enamorarse,
me conformo con imaginar
que su sonrisa me pertenece,
aunque solo sea por un rato,
ahogando a mis pasiones,
conversando con sus labios
en lenguaje de caricias,
entendiendo que el límite del universo
llega con nosotros. Con ella y yo.
Pero siendo realistas,
no son sus ojos míos, como tampoco
lo es esa impresionante sonrisa,
esa personalidad tan fuerte
y esa consideración por los suyos.
Solo puedo vivir, como el resto
de personas que la ven
a suspiro de "ojalá a mi."