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jueves, 13 de octubre de 2016

Las flores de Tántalo.

Señorita, no ando bien de dinero
para andar de festines a mi costa,
no puedo darte de esta robada noche
una coartada digna de tus oídos,
agasajar tus gustos, complicado, mujer,
complicado gesto que llevar acabo
si se te antoja el sol, porque dora
e ignoras que solo es fuego que prende,
aprende que si tomo tu ambrosía
es porque deseas darla a cualquier mortal,
hombres con los que yaces a libre albedrío,
diosa del antojo y el capricho femenino
borracha por el culto a ignorar la fe.
Y es cierto, señorita, tu aspecto es divino,
mujer bella, preciosa, bonita, brillante...
pero tú corazón, enredadera de espinas,
es más propio de un demonio
oficiando en el castigo del hambre
al hombre que no peca, si prometes
cielo y tierra como carne viva, agua viva,
sonriendo con diabólica belleza
desde una posición más elevada
donde contemplas con triunfo la tortura de tu mentira.
Más aun así, ante los ojos del mundo,
yo soy el culpable, por robar tus gruñidos,
por darte el fruto de mi esfuerzo,
aun habiendo regado las flores con mi sudor
cuando tú provocaste que andase mal de la regadera,
que muriera aplastado por tu ego,
que la sed de mi jardín permaneciese eterna,
con la muerte de ambición como trofeo,
y tú, mujer, siempre mujer, poco compasiva,
liberas con el mayor de tus castigos
alejando tu abrazo regalado por Dios de nosotros.
¿Qué serán de mis flores
si no las dejas crecer y me haces ir contigo?
¿Quién observará mis ramilletes
y las hará verse como inamovibles
por muchas veces que devores a los hijos
que te dispuse en la bandeja del mundo?
Si nadie comprende los pétalos
que se dejan caer sobre las manos
de este condenado inocente Tántalo
a sufrir la realidad de como es ella,
la villana de este héroe que se aventuró
a tratar de tener una vida común y normal.