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martes, 16 de agosto de 2016

Parnaso. (Cuento)

La brisa ligera soplaba silenciosa sobre aquel campo dorado, meciendo las espigas según pasaba. El tiempo parecía haberse detenido, tan solo escuchaba el sordo golpe de mi latido dentro de mi pecho. Mi percepción iba poco a poco volviendo en mi, haciéndome consciente de los mundanos acontecimientos concedidos en mi proximidad: La luz reflejada sobre los brotes de los vegetales, el sonido que producían estos al rozarse unos con otros, como mis pies aplastaban unos inocentes matojos, la gota de sudor que perlaba mi sien...
Cada vez más y más perceptivo, con cada segundo que forzaba a avanzar al segundero, desde mi vista, más aguda, hasta mi tacto, sensible a cualquier pequeño roce. No sabía donde estaba, que había ocurrido para aparecer repentinamente ahí, ese lugar desconocido para mi. Traté de otear desde mi posición algún tipo de señal o pista que me permitiera localizarme en un punto concreto, pero en el horizonte solo me encontraba el infinito.
Mi corazón hizo entonces una pausa, mi estómago lo consideró un buen momento para agitarse y mi cerebro acogió a un montón de interrogantes en un furtivo segundo, donde se agolparon causando el gran estruendo que desconectó a mi razón, sin contar a unos pulmones, cansados repentinamente, a los que les costaba soltar el aire. Los nervios paralizaban cada uno de mis músculos, atenazando a mi cuello, tenso, y duplicando, a mi parecer, el peso de mis piernas.

-¿Porqué no dejas de pensar y solo imaginas?- dijo una voz a mi espalda.

Me volteé, y allí estaba ella, frente a mi, resplandeciendo tras sus vivos ojos verdes, con un rostro delicado, salpicado con algunos rasgos infantiles, luciendo un pelirrojo natural que jugaba bien con los colores del entorno, haciendo contraste con sus blancas y simples ropas. La imagen que guardé en mi retina era la de una mujer majestuosa, mágica por una parte, capaz de coronarme, con un mero capricho suyo. Pero también era simple, una mujer cotidiana, la sonrisa que dota de motivos a la vida, la canción que alegra las mañanas o la satisfacción de un buen día que ameniza la noche. Fuera lo que fuera ella era la única compañía que tenía en ese mundo solitario. Aquel pensamiento me devolvió a la realidad. La miré fijamente, algo más sereno, buscando las palabras que se habían perdido en mi garganta temblorosa.

-¿Dónde estoy?- logré decir.

Suspiró con suavidad, sonriendo con dulzura, igual que una madre al escuchar a su hijo un comentario nacido de la inocencia de su edad.

-Así es el hombre, preocupado solo en si mismo, incapaz de abordar otros intereses que no sean los suyos propios.

Una vergüenza muy grande se apoderó de mis mejillas, alzando y acumulando toda mi sangre en ellas, obligando a torcer mi mirada hacia el suelo.

-No te avergüences tampoco de tu naturaleza, al fin al cabo es algo que se debe controlar solo en su justa medida.

Se acercó entonces hacia mi, sin tan siquiera dejarme a parar a pensar en sus palabras, con paso lento pero seguro, aproximándose con cada paso más y más, hasta que la distancia se vio tan acortada que sus labios casi rozaban los míos. La fuerza de aquellos ojos impactaban contra mi conciencia, la belleza que desprendía aquella mujer, un poco más baja que yo, era lo suficiente como para hacerme sentir incómodo en cierta forma. Emanaba una sensualidad que tentaba a acabar con esos pocos centímetros que separaban a nuestros labios para calmar así levemente esa parte de mi instinto que reclamaba que compartiera con ella todas las caricias que guardaba sobre aquel cuerpo que me tentaba a lanzarme junto con el espíritu que gritaba desde mi interior. Se separó entonces, guardando una distancia más respetuosa, mientras sonreía con malicia. Entonces entendí a que se refería. Mi naturaleza me impulsaba a hacer algo innecesario en aquellos momentos, pero mi razón esposaba a mis acciones a la inseguridad.

-Me llamó Calíope, por si te interesa. Yo he sido quien te ha dejado entrar aquí.

Cada vez entendía menos que ocurría. Me sentía atrapado en un sin sentido donde no era posible encontrar una salida.

-No entiendo porque estoy aquí. ¿Qué es esto? ¿A dónde me has dejado entrar y porqué?

-Este es mi hogar, al que algunos llaman Parnaso, pero no es su nombre lo importante. Tú has llamado a mi puerta y yo te he abierto, a mi acogedora morada, donde el único mobiliario que existe es la imaginación, y por tanto, todo es posible. Todo aquello que imagines y quieras que aparezca, tomará forma, al igual que desaparecerá a tu antojo.

Sus palabras sonaban serias. Mi razón me trataba de dar a entender que eso era imposible, a pesar de que una parte de mi soñaba y esperaba que fuera verdad. Lo medité a lo largo de medio minuto mientras aquella mujer me observaba en silencio. Tomé la decisión entonces de probar su extraña y repentina historia. No perdía nada por ello. Cerré mis ojos e hice una de las cosas que mejor se me daba hacer: imaginar.
Abrí los ojos al oír un fino ladrido. Una camada de unos caninos amigos se encontraba a mi alrededor, jugando entre ellos. Sinceramente, era algo que me costaba creer. Sus ladridos me mostraban que eran reales, que de verdad estaban ahí. Decidí probar entonces a hacer algo imposible. Volví a cerrar los ojos, apretando con fuerza mis párpados y liberé algo de mi imaginación.
En esta ocasión era unas voces infantiles las que me devolvieron al mundo visual, solo que no encontré niños. Aquellos cachorros reclamaban mi presencia para jugar conmigo, pero sus ladridos habían sustituidos por una infantiles voces humanas. Aquel lugar era el paraíso.
En un abrir y cerrar de ojos vestía de la forma más elegante que fui capaz de verme, poblando algo más mi barba, cuidada y recortada, con el pelo echado hacia atrás a la perfección, con una dentadura recta y perfecta, vestido con una blanca camisa de mangas largas, donde una de ellas escondía mi reloj de pulsera, decorado por una ornamentación plateada, números romanos y una correa oscura, simple, al igual que aquella corbata roja, el chaleco gris del que colgaba la cadena de otro elegante reloj de bolsillo, unos buenos pantalones marrones y unos relucientes zapatos negros.
Me encontraba en un lugar nuevo cada vez que mi imaginación se disparaba, firmando unos libros con dedicatorias que trataban de ser algo afectuosas, protagonizando batallas donde los dragones poblaban el cielo, me enamoré de una mujer que yo mismo inventé, fui acompañado de grandes personajes históricos, con el rostro que creía que podían tener, debatiendo sobre lo mal que va la educación, centrada solo en hacer a los jóvenes superar pruebas en vez de hacerles probar que valen para lo que quieren ser en la vida. Poco después me vi sobrevolando un cielo nocturno, erguir una gran ciudad, conociendo cada pequeña historia que se diera en sus calles, para posteriormente derruirla, sintiendo una extraña satisfacción al verla desmoronarse. Me contemplé capaz de hacer todos los movimientos imposibles que siempre quise hacer, sin norma que atase a mi cuerpo, sin existir el cansancio ni nada semejante.

Calíope me contemplaba divertida. En ese instante chasqueó los dedos. Todo comenzó a caer, el mundo que había erguido se volvía polvo, ante mi sorpresa, para resurgir otra imagen muy distinta. Era una casa. Paseé por sus interiores y descubrí que era bastante bonita, en mi opinión, decorada de una forma minimalista. Me acerqué a una gran estantería llena de libros, posando mis dedos sobre los lomos, acariciándolos con suavidad, escogiendo uno de forma aleatoria. El nombre del autor era el mío, escrito con letras doradas, cubriendo buena parte de la portada. Recordé entonces lo que un buen amigo me dijo, que cuanto más reconocimiento tiene el autor, más grande escriben su nombre al editarlo, hasta el punto de ser enorme comparado con el título. En este caso iban casi a la par. Abrí el libro por la parte de las dedicatorias y leí con atención.


"No se cuantas horas dediqué a esta historia que hoy se posa sobre tus manos, esperando ser de tu agrado, al igual que me veo incapaz de enumerar a todas las personas que me han apoyado a lo largo de esta gran aventura que se dignó por nacer. Disculpen entonces si me veo tentado de nombrar solo a los más cercanos, pues fueron aquellos que tuvieron una mayor influencia sobre este libro del que tengo el placer de llamar obra.

Mi mujer, aquella que tuvo el valor de no solo aguantar a este hombre pedante y ser capaz, aun conociéndome, de tener conmigo dos maravillosos hijos, si no de cuidar de mi estabilidad mental cuando vio que poco a poco a poco me sumergía demasiado entre estas páginas. Gracias por ser mi salvavidas.

A mis dos hijos, el motivo por el cual puedo sentirme orgulloso, os dedico cada párrafo, dejándoos la gran enseñanza que contiene y el mejor consejo que puedo daros: Vuestros sueños pueden hacerse realidad con constancia y esfuerzo. Espero poder verlo.

Al resto mi enhorabuena por tolerar mis idas y venidas, mis altibajos y mi más eterna gratitud por el apoyo que me habéis mostrado."


Dejé de leer al contemplar que se extendía todavía por el resto de la hoja. Lo deposité en su sitio y me dediqué a explorar el resto de la casa. Era bastante amplia. En las fotos observaba estampas felices con la que debía ser mi esposa y mis hijos. Me detuve frente a una de las imágenes. Era una mujer hermosa, al menos a mi parecer, y aquellos niños parecían ser felices. No pude evitar sonreír.

-¿Qué es esto que me estas mostrando, Calíope?

A mi lado la divina mujer me seguía observando. Su expresión me dio a entender que se contemplaba sorprendida por algo que no llegué a entender.

-Esto es el fruto de tus ambiciones y sueños cumplidos. Un reflejo de lo que podría llegar a ser, el hombre de provecho que sueñas con convertirte, el señor ostentoso que guarda bajo aquel armario de tu derecha un compartimento con una gran colección de relojes dividido para los que son de pulsera y los que son de bolsillo, el esposo que se considera afortunado, el padre sin paciencia que se supera a si mismo, un escritor de renombre, un buen profesor que defiende sus ideales de enseñanza en el aula... todo lo que quieres ser y tener.

El silencio se halló en el salón. Agarré entonces la foto familiar y la acaricié.

-¿Qué tengo que hacer para hacerlo real?

La imagen de ese mundo perfecto cayó deshaciéndose lentamente a mi alrededor, volviendo a aquel campo bruñido por el sol. Calíope se encontraba frente a mi, dando la sensación de que en sus ojos aceitunados podría hallar respuesta.

-Solamente tú puedes saberlo. El destino no está escrito para nadie. Vuelve ahora, pues en ti se encuentra este Parnaso donde yo habito, tan solo debes de imaginar que existe lo imposible para hacerlo real, no perder el rumbo, ni dejarte llevar por lo establecido. La magia no habita en las manos de quien la quiere dominar para su propio interés, si no de quien quiere conocerla para comprender. Escribe entonces, aunque no me veas, cuando me veas y creas que no es el lugar ni el momento, cada vez que tengas un momento libre, cuando no lo tengas, haz por tenerlo. Escribe plasmando en cada palabra todas tus ambiciones, un conjuro que invoque tus los sueños sobre la realidad. Escribe pensando que no es lo suficiente bueno y trata de mejorarlo, vende lo que escribes como si se tratase de la mejor historia que leerán jamás. Escribe tu destino.

La contemplé estupefacto. La perfecta Calíope había logrado impactar sobre mi, dando respuesta a muchas de mis dudas. Recuerdo ahora que la llamé mientras trataba de plasmar sobre un fondo blanco algo que mereciese la pena ser leído, mientras divaga por mis redes sociales esperando algo de inspiración. Entonces fue cuando vi a Calíope y la llamé. Comprobé que sabía de mis debilidades, que eran muchas, lastres que me iban a frenar en mi camino, pero, confiaba en esa ambición que impide que el hombre se doblegue y solo tienda a mejorar.

Todo fue impactante, agradable en muchos sentidos, una experiencia de la que quise tomar nota. Al fin y al cabo no es algo que quiera imaginar que no ha pasado.