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domingo, 7 de agosto de 2016

De pequeño.

No porto la esperanza
de los años que ya pasaron
a causa del malestar
que es volverme adulto.
Cada vez es más responsabilidad,
dejar de portarme
tal y como soy,
no tratar a los que quiero
por estar ocupado
en cuidarlos. Irónico, ¿verdad?
Más pendiente de un respiro
antes que de respirar,
si solo me alivia
pensar que ya llegará
un poco de calma a mi vida,
el mensaje que responda
sin el uso de emoticonos:
esa cara que ríe y llora,
una luna negra picarona
y tantas más que habitan
en el teclado de la pantalla
de un explotado teléfono.
Plantearme la interrogante
de hace cuanto
que no escribo una entrada
porque no encuentro salida
ni por la ventana
de este bajo
amor propio enclaustrado,
si las únicas vistas
a las que doy
son las que proporcionan
mis dos ojos cerrados,
concentrados en una visión adulta
planeando el futuro
y por error,
dejando pasar el presente.
Debí haberle puesto la correa.
La vida es una perra
que menea el rabo
ante quien menos la valora
y muerde al incauto
que trata de domesticarla.
Te hará sentarte,
en una silla ante mil papeles,
dar la patita,
ante personas que ni la merecen,
tumbarte,
cada vez que te ladre
y te hará rodar
cada vez que prenda tus sueños
haciéndolos arder.
Yo no quiero ser adulto.
Resulta aburrido condicionarse
a una cuenta de ahorros,
al calendario cruel donde abundan
más laborables que festivos,
esclavizarse a una nomina
y soñar por solo diez días
de vacaciones en verano.
De pequeño creía que ser adulto
sería hacer todo lo que soñara,
no soñar con ser niño de nuevo
para poder hacerlo,
creía que sería desatarme
de esa mesa de escuela,
no desposarme con apuntes
para impartir yo las clases.
Creía que la poesía
solo trataba cosas de amor
poco interesantes,
ahora se que es porque el mundo
cree eso como si fuese cierto.
Creía, de forma ingenua,
que a los dieciocho
me independizaría,
a los veinte tendría pareja estable
para antes de los treinta
casarme y tener con dos hijos,
ahora con la veintena
me veo en casa de mis padres,
soltero empedernido
con un apellido que le encargo
a mi hermano mayor.
Creía que me gustaría la cerveza
pero resulta que yo le gusto más a ella
y va conmigo a todas partes,
que por esta edad
tendría coche propio
en vez de malvivir
con el abono transporte,
imaginaba un hombre vestido
de una manera bastante formal,
aunque en mi defensa diré
que si me arreglo la barba
puedo llegarlo a parecer.
Creía que los amigos
estarían para siempre,
pero cuanto Judas
me acabó dejando
hecho un Cristo
por tanta puñalada trapera.
Creía en que dejaría de creer
para saber cualquier cosa,
pero, mírame,
sigo creyendo en todo,
desde Dios, en los míos,
que educar supone no castigar...
sigo creyendo en todo,
menos en mi mismo.
Porque yo no creo en los adultos.