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miércoles, 6 de julio de 2016

Errar para arrepentirse. (Cuento)

Los mejores actos de mi vida, aquellos que atesoro en lo más profundo de mi memoria, fueron aquellos que hice sin pensar. Por eso no me arrepiento de lo que pasó.

En aquel instante, recordé todo lo que vivimos hasta entonces, desde ese momento tan tierno donde nuestros infantiles ojos se encontraron por primera vez y nuestras palabras se libraban tímidas descolgándose de nuestros labios. Por entonces, ella solo era una niña de cuatro años, pero aquellos ojos marrones brillaban con fuerza, rodeados por un extraño halo dorado. Recuerdo con una sonrisa en el rostro como mi mente infantil se forzaba en hallar métodos para llamar su atención, con la triste conclusión de que empujándola mientras miraba al suelo era lo mejor. Ella me observó, apenada, mientras su voz era apenas un susurro.

-¿Pórque me empujas? A los amigos no se les pega.

Esa frase impacto contra mi conciencia aniñada. Quería salvarla de dragones, al igual que un caballero, no maltratarla como si tratase de un villano.

En aquellas clases de prescolar prometí a Adela no volver a empujarla nunca más.

Crecimos rápidamente, cada uno alejado del otro. Ella había cambiado de colegio a los seis años, poniendo tierra por medio entre nosotros, pero en esa edad no era algo traumático. No pasó mucho tiempo hasta que olvidé a mi amiga de infancia.

Volvimos a encontrarnos diez años después, por casualidad, en aquella época de mi vida donde la caza de mujeres me suponía una especie de deporte, y sin reconocerla decidí de ella otro reto más.
Su cuerpo había madurado notablemente, como era lógico. Una larga melena morena caía hasta la mitad de su espalda, su pecho había crecido de una forma considerada, pero aquellos ojos no habían cambiado ni un ápice.

Tratando de de iniciar conversación pretendí fingir un tropiezo para chocarme con ella y así proceder a llevarme, como poco, un número de contacto.  

-Perdona, me he tropezado, que tonto. ¿Estás bien?

Me miró dubitativa, reflejando todas sus cuestiones en aquellos ojos, y tras un segundo sonrío con
dulzura.

-Creí que habías prometido no empujarme nunca más, Adri.

¿Cómo sabía mi nombre? Por aquel entonces no recordaba aquella estúpida promesa hecha en jardín de infantes. ¿Quién la recordaría? Solo un tonto le daría importancia a las palabras de un niño.

Borrando eso de mi cabeza analicé la situación. Era cierto que me conocía, teniendo ya parte del terreno ganado. Sonreí con malicia y sin pensar, fingiendo recordar quien era, la pedí quedar algún día con el pretexto de ponernos al corriente de la vida del otro.

Asistí a la cita prevista sin nervio alguno. Estaba más que acostumbrado a dicho protocolo, solo debía vestir elegante con una camisa, unos vaqueros, la cantidad de colonia justa y fingir interés por aquello que me dijese mientras intercalaba algún piropo que me ganase su afecto.
Cuando la vi aparecer mi alma enmudeció, mi corazón se detuvo y mi cerebro se puso en blanco. Vestía una fina blusa un poco escotada de color claro y una falda oscura. Se acercó a mi sin atreverse a mirarme a los ojos y me dispuso un beso en mi mejilla. Fue algo furtivo, un baile gragil a mi alrededor, aumentando aun más si tenía cabida mi estupor. Entonces sus ojos chocaron con los míos. Ese brillo dorado alrededor de sus ojos marrones me hicieron recordar a Adela.
Conversamos durante toda la tarde sentados en un banco cercano a una fuente de la que no paraba de emanar unas cristalinas aguas. Era la primera vez que me resultaba interesante aquello que me contaban, no debía de fingir nada, no tenía que interpretar ningún papel.

-¿Cómo te acordaste de que te prometí esa tontería de pequeños?- pregunté repentinamente.

Ella me miró y sonrío.

-Porque para mi no fue una tontería.

Miré sin comprender y continuó.

-Aveces actuamos sin pensar, algo que es bueno, porque disfrutamos del momento, somos sinceros con nosotros mismos, con aquello que sentimos, pero no somos coscientes de que significa. Tus palabras para ti supusieron solo un segundo, para mi era la vida entera, la primera vez que alguien me daba importancia, y cuando eres importante para alguien no hay mayor error que olvidarla, pues ellos son los que estarán cuando lo necesites.

No sabía que responder, lo único que supe es que fue el segundo acto inconsciente que marcó mi vida.

Pasaron ocho años desde entonces. No nos habiamos separado en ningún momento. Fue la parte más feliz de mi vida, compartiéndolo todo, dando de mi tanto como tenía, y curiosamente, me era devuelto aun más de lo que daba. Di gracias de que me entregase plenamente y nunca diese las sobras de mi tiempo.

Fueron ocho años maravillosos donde nos conocimos, descubrimos que no había otra verdad más que la del amor que relucía en nuestros ojos cuando nos mirábamos, una verdad demasiado bonita como para querer ensuciarla con mentiras. En todo ese tiempo no me paré a pensar. Fue entonces cuando cometí el mayor error de todos. Me paré a pensar.


Tenía 24 años, trabajaba en la empresa de reformas de mi padre y llevaba dos años viviendo solo. Mi situación se volvió una cansada rutina de gritos del jefe y clientes en un trabajo que me daba lo justo para malvivir, todo porque olvidé disfrutar de los regalos del presente, las sonrisas que son devueltas, las risas que provocaban las tonterías de Adela... Olvidé el valor de las pequeñas cosas, aquello capaz de construir un reino en las nubes y aguantar cualquier huracán. Fue entonces cuando dejé de ser feliz. Supongo que olvidé lo más importante.

Mis palabras se tornaban siempre hirientes, nacidas de mis pensamientos egoístas, comencé a preferir estar solo, aislado del mundo, tan solo mi cabeza y yo, maldiciendo la falta de dinero y demás que me impedía tener aquello que deseaba.

Cada fin de semana, Adela dormía en mi casa. Su alegría siempre trataba de tirar de mi para sacarme de mi confinamiento. "Déjame" no paraba de repetirme. Me resultaba tan molesta esa necesidad de estar sonriendo siempre...

-¿No te cansas de estar ahí tirado? Vamos a salir por ahí, que menuda cara de perro tienes.

-¿No puedes estarte callada?- dije malhumorado.

Me miró con sorpresa, herida por mis palabras.

-Perdona. Solo es que odio verte triste.

Apreté mi mandíbula. Daba la sensación de que ella era la víctima, con su mirada perdida en el suelo como una niña regañada.

-¿Siempre tienes que estar encima mía o que?

-No es necesario que grites.

-¡Grito si quiero!

Mi sangre calentaba mi cuerpo con cada segundo transcurrido. No podía dejar de pensar en todas esas cosas que estaba dejando por hacer por el hecho de estar con ella.
Comenzó a llorar. Maldije para mis adentros. Como si no tuviese bastantes problemas ya.

Aquel episodio se repitió durante una larga temporada, cada vez más consecutivos una vez se instaló en mi casa. Adela Comenzaba a menguar, manifestándose en sus ojeras, su cabello enredado, una pérdida de peso notable y una poca cuidada vestimenta. Nuestra relación tortuosa la había costado el silencio de sus padres y que sus amigos la dejasen de lado. No me tenía nada más que a mi, un hombre amargado incapaz de no mirar más allá de su ombligo.

-¿Cómo puedes seguir así?- Dije en una ocasión.

-Lo siento.-Susurró.

-¡Siempre te haces la víctima!¡Estoy cansado de ti! ¡No sirves para nada!

Sus ojos se abrieron como platos, sus manos entrelazadas se apretaron y el silencio hizo acto de presencia. Sin decir nada salió corriendo sin ninguna dirección.

-¡Adela!- la llamé.-¡Adela!

Salí disparado tras ella, pero ya me llevaba bastante ventaja. Logré interceptarla fuera del portal aferrándola por la muñeca.

-¡Sueltame!

No quería soltarla. Algo me decía que no debía dejarla ir.

-¿Qué te pasa?- pregunté asqueado.

Me miró, y sus ojos estaban cubiertos por lágrimas.

-¿No soy más que una molestia para ti?

Me cogió totalmente por sorpresa. Su rostro aniñado no era más que una expresión compungida y triste, un reflejo de aquello que nunca debí decir.

-Nunca quise ser una molestia para ti. Siempre trato de dar lo mejor, pero eres demasiado idiota para verlo. ¡Un idiota!

Solté su mano y ella tropezó sin llegar a caer. Sin tan si quiera mirar trató de cruzar la calle.
En aquella milésima mi mundo se detuvo. Aquel camión estaba a punto de impactar contra Adela. Frente a mis ojos recordé aquellos momentos felices que vivimos juntos. El día que ignauguramos el piso, nuestras vacaciones en Asturias, nuestras escapadas furtivas en el coche de mi padre, nuestro primer aniversario, nuestro primer beso...la primera vez que nos vimos. Recordé a aquellos ojos
marrones de halo dorado mirando tímida hacia donde yo estaba, pidiendo que no la empujase.
Cuando quise darme cuenta estaba en el suelo, tumbado en la carretera. Me costaba respirar y mi vista se me nublaba. Parece ser que sin pensar me lancé para empujarla y sacarla de aquel fatídico
choque, sin lograr escapar del impacto.

-¡Adrián!

Mi cabeza se encontraba en su regazo. No paraba de gritar a la gente que llamase a una ambulancia, mientras lloraba desconsoladamente. No quería que llorase. No quería.

-Adela.- logré susurrar.- siento no haber cumplido mi promesa. Volví a empujarte.-dije sonriendo.

-¡Eso no importa!¡Te perdono!- gritó. Elevo la vista y volvió a gritar.-¡Una ambulancia!

-Adela.- dije llamándola.-Te...quiero.

Y con esto marché del mundo, dejando a la mujer que amaba llorando mi cuerpo. Que estúpido fui. Tuve que morir para darme cuenta. Ella nunca quiso vestidos bonitos, yo no quería aquel deportivo. Lo único que queriamos era ser felices, y lo eramos si estábamos juntos. Pensé demasido. Pensé y solo tuve palabras, unas palabras hirientes, dolorosas, incapaces de decir cuanto la amaba. Mi espíritu entonces se percató de que La Muerte estaba tras de mi.

-Es normal que te arrepientas.

-No me arrepiento.

-¿No te arrepientes de lo mal que la trataste?

-Se que también la hice feliz, además, ella me dijo que nunca me arrepintiese de mis errores, que de ellos aprendía. He aprendido a que decir "te quiero" supone vivir, mientras que existen palabras que causan dolor, aunque el precio ha sido caro.

La muerte se acercó a mi, frente a mis ojos.

-Solemos pensar demasiado si decimos lo que sentimos o no pero no dudamos en gritar nuestros odios, cuando debería ser al reves. Ahora dime, ¿de qué te arrepientes entonces?
Guardé silencio. Miré a Adela llorando mi cuerpo vacío y le dejé hablar a mi corazón.

-De no haberlo aprendido antes.

Rió con fuerza entonces y se acercó a Adela. La acarició lentamente, invisible ante sus ojos.

-Será mejor que la próxima vez no la fastidies. No suelo conceder favores.

Sin darme tiempo para preguntar, un halo me absorvió dirigiéndome a un lugar desconocido.

Cuando volví a aparecer sentí que me molestaba respirar, me agitaba con movimientos mecánicos y lloraba escandalosamente. No podía abrir los ojos. ¿Quién era yo? Aquel hombre vestido de verde me colocó en los brazos de una mujer. ¿Quién era? Creía conocerla.

-Aquí tiene señora. ¿Cómo se llamará la criatura?

Aquella mujer estaba llorando de felicidad. Agachó su cabeza hasta conectar nuestras frentes, bañándome con sus lágrimas. Sus ojos brillaban con fuerza.

-Como su padre. Adrián.