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jueves, 21 de julio de 2016

Rencor.

No diré más un "te quiero"
si precede a "hasta luego",
di todo por tu causa,
tú pusiste el precio,
en serio, duele demasiado el pecho
sabiendo que fui los restos de tu tiempo,
ahora como vuelvo a sentirme satisfecho...
ya perdí el derecho
de hallarme entre tus piernas,
de presentarte el cielo,
pero oye, amor, solo eres un recuerdo,
por ti que quise volverme hombre bueno,
yo que me escapé
para conocer que albergas dentro
de ese corazón
incapaz de ver amor en el futuro que ofrezco,
Dios nunca da lo que merezco,
ofrece mi pecado sin considerar que pienso,
quería visitar tu alma, no tu cama,
hacer de tus ruinas romanas un imperio,
pero fuiste tan tonta como para no tomarme en serio.
Sacrifiqué mi tiempo
por la emoción que poco a poco ya no albergo,
fue tu culpa, esperaste a ver cuanto te espero,
pero, no que va, mi paciencia ha muerto,
más si solo sientes pena
que faena porque yo no quiero eso,
quiero que me quieran
no que me tengan por si acaso, por si no ceso,
si solo pretendí un sincero beso,
no que tu silencio
me aplastará con tan notable peso...
¿Si yo saqué tiempo para ti
porqué por mi no pudiste hacerlo?
Aun asi, friamente no lo pienso,
si tan tonto soy que te ofrecería otra oportunidad
cuando se que no has hecho nada por merecerlo.

viernes, 8 de julio de 2016

miedos.

Miedo a tus miedos.

Tengo dos miedos:
el primero es que temas
que voy a engañarte,
el segundo que no te asuste
la posibilidad de que pueda hacerlo.

Miedo irónico.

Me sobrecoge el hecho
de que mi mayor temor
sea el de tener miedo.

Susto palomillo.

Un universo paralelo
donde las palomas
juegan a asustar personas.

Temor a Dios.

¿Cómo no voy a temer a Dios?
Él es capaz de castigar cruelmente
otorgando mentes como la mía.

A tu fin.

Me asusta la posibilidad
de que tu fantasía acabe
y no me quede cerveza
a la que contáselo.

Cuando acabe.

He combatido contra la incertidumbre,
le he ganado a las dudas que me apresaban,
derroté a la inseguridad de mis pasos,
y aun así, no me quito el miedo
de que todo se acabe de golpe.

Crecer.

Lo bueno de medirse
contra tus propios miedos
es que nunca dejas de crecer.


Curioso.

Resulta curioso.
El tío vivo de mi cabeza
ha comenzado
por marear a todos mis temores.

Los delirios del miedo.

Tal vez sea mi miedo
a que todo falle
lo que me hace ver
grietas donde no las hay.

Acordarme de ti.

Temo a las mujeres bellas
porque todas me recuerdan a ti.
Todas prodrían hacerme
aquello que les viese en gana conmigo,
si no fuera porque por eso
me recuerdan a ti.

A lo que temo.

No temo la posibilidad de quedarme solo,
temo la posibilidad de sentirme solo.

Ahora.

He tratado de llenar mi vacío
con mujeres vacías.
Ahora temo que tú
seas capaz de desbordarme.

Morir dos veces.

No le temo al tiempo que me mata,
le temo a su paso que hace que me olvides.
Ahí y solo ahí muero dos veces.

Junto a ti.

Me da miedo poder
pasar la vida entera a tu lado
y no ser capaz
de quererte lo suficiente
como mereces.

Al recordar.

Me asusto al recordar
y pensar que puede volver ocurrir.
Luego olvido cuanto dolió
y me vuelvo a enamorar.

Al pasado.

No le temo al futuro,
le temo al pasado
que le da por volver.

Iván.

Le temo a la idea de dudar,
a la incertidumbre,
a los enfados de mi madre,
le temo a la mala imagen
que puedo llegar a ser,
le temo a quien soy hoy,
sabiendo que solo yo
soy capaz de matarme,
le temo a los silencios,
sobre todo el suyo,
temo el hecho de temer,
pero a lo que más le temo
sobretodo es
la idea de jamás sentir miedo.

Ante ella.

Inseguro ante sus manos,
nefasto al tratar de ser yo mismo,
equivocado al limitar mi personalidad.
Su silencio, si es tenso, me estrangula.

Los valientes.

Los valienres
son los cobardes
que se temen
a si mismos.

Ante mis ojos.

Verla al natural de esa forma la concedía
una belleza extraña y poco convencional,
vestida como cualquier mujer iría por su casa
cubierta por unas ropas comunes, y aun así me vi
tentado a ver la noche, pero no a esa del 7 de julio,
a las venideras, por suerte caprichosa, tal vez,
por su cuerpo, para abrazarme si hace frío,
para deshacerme si el sol abrasa,
para morir si sus piernas caminan lejos
y ser incapaz de evitar sonreír al ver como se va.
Estaba nerviosa, un niña intranquila
que caminaba de lado a lado sin freno alguno,
dando a la libertad de mi pensamiento la idea
de que pudiera que yo fuese la causa,
quizá fuera que no supiese como tratar conmigo,
¿Acaso mi impulsiva presencia la incomodaba?
Cabía la posibilidad de que fuese otro motivo,
siendo yo solo un mero expectador de sus agobios,
lo único que sabía es que me parecía preciosa.
Más tarde, visitamos el supermercado del pueblo,
siendo objetos de miradas inquisidoras de los lugareños,
hombres que teñían sus ojos con rabia,
y yo, riendo por dentro, sabiendo que era la envidia
que yo sentiría si la viese ir con otro,
aunque no lo manifesté, bastante blando estaba siendo ya.
Sus pasos se deslizaban por aquellas ardientes calles
cargada con un gesto sencillo pero extrañamente llamativo,
mi mente, al tanto, solo confabulaba con frases ingeniosas
para llegar al cajón que guarda el ovillo de sus problemas
con la intención de desenredar alguno,
sin embargo, mi mente empalideció, para mi desgracia,
enmudeciendo esa voz mía que solo desencadena estupideces,
y aun así me ofrecía educadamente en cualquier cosa que pudiera
ganar de ella un gesto de afecto, así de estúpido es el hombre,
que piensa que ser útil sirve de algo todavía.
No todo lo que veía de ella me agradaba, algo lógico.
Sus rodeos en las conversaciones me frustraban,
aquella risa nerviosa me resultaba una herramienta
para evitar los temas de conversación que consideraba tabú,
esa sensación que daba de tenerme en segundo plano...
su poco interés en saber de mi en cada día que pasaba.
Sin embargo, la corazonada de que solo los principios reñidos
conceden los finales más deseados por todos
me insufló las fuerzas y la paciencia, al menos por ahora,
porque solo quiero verla más, revivir la posibilidad
de acercarme a esos labios hechos por el pecado
mientras espero que se de cuenta de que cuidar mi interés
supone regar al árbol que la dará fruto y sombra,
si es que quiere que ambos echemos raices
siendo esta las últimas hojas que la dedico
hasta que llegue la primavera de sus palabras
donde abundan las ganas, no solo desde mi parte,
donde ambos tenemos de todo, menos reprimendas.

"Para verte como yo quería...
era necesario cerrar los ojos."
-Cortázar.

miércoles, 6 de julio de 2016

Errar para arrepentirse. (Cuento)

Los mejores actos de mi vida, aquellos que atesoro en lo más profundo de mi memoria, fueron aquellos que hice sin pensar. Por eso no me arrepiento de lo que pasó.

En aquel instante, recordé todo lo que vivimos hasta entonces, desde ese momento tan tierno donde nuestros infantiles ojos se encontraron por primera vez y nuestras palabras se libraban tímidas descolgándose de nuestros labios. Por entonces, ella solo era una niña de cuatro años, pero aquellos ojos marrones brillaban con fuerza, rodeados por un extraño halo dorado. Recuerdo con una sonrisa en el rostro como mi mente infantil se forzaba en hallar métodos para llamar su atención, con la triste conclusión de que empujándola mientras miraba al suelo era lo mejor. Ella me observó, apenada, mientras su voz era apenas un susurro.

-¿Pórque me empujas? A los amigos no se les pega.

Esa frase impacto contra mi conciencia aniñada. Quería salvarla de dragones, al igual que un caballero, no maltratarla como si tratase de un villano.

En aquellas clases de prescolar prometí a Adela no volver a empujarla nunca más.

Crecimos rápidamente, cada uno alejado del otro. Ella había cambiado de colegio a los seis años, poniendo tierra por medio entre nosotros, pero en esa edad no era algo traumático. No pasó mucho tiempo hasta que olvidé a mi amiga de infancia.

Volvimos a encontrarnos diez años después, por casualidad, en aquella época de mi vida donde la caza de mujeres me suponía una especie de deporte, y sin reconocerla decidí de ella otro reto más.
Su cuerpo había madurado notablemente, como era lógico. Una larga melena morena caía hasta la mitad de su espalda, su pecho había crecido de una forma considerada, pero aquellos ojos no habían cambiado ni un ápice.

Tratando de de iniciar conversación pretendí fingir un tropiezo para chocarme con ella y así proceder a llevarme, como poco, un número de contacto.  

-Perdona, me he tropezado, que tonto. ¿Estás bien?

Me miró dubitativa, reflejando todas sus cuestiones en aquellos ojos, y tras un segundo sonrío con
dulzura.

-Creí que habías prometido no empujarme nunca más, Adri.

¿Cómo sabía mi nombre? Por aquel entonces no recordaba aquella estúpida promesa hecha en jardín de infantes. ¿Quién la recordaría? Solo un tonto le daría importancia a las palabras de un niño.

Borrando eso de mi cabeza analicé la situación. Era cierto que me conocía, teniendo ya parte del terreno ganado. Sonreí con malicia y sin pensar, fingiendo recordar quien era, la pedí quedar algún día con el pretexto de ponernos al corriente de la vida del otro.

Asistí a la cita prevista sin nervio alguno. Estaba más que acostumbrado a dicho protocolo, solo debía vestir elegante con una camisa, unos vaqueros, la cantidad de colonia justa y fingir interés por aquello que me dijese mientras intercalaba algún piropo que me ganase su afecto.
Cuando la vi aparecer mi alma enmudeció, mi corazón se detuvo y mi cerebro se puso en blanco. Vestía una fina blusa un poco escotada de color claro y una falda oscura. Se acercó a mi sin atreverse a mirarme a los ojos y me dispuso un beso en mi mejilla. Fue algo furtivo, un baile gragil a mi alrededor, aumentando aun más si tenía cabida mi estupor. Entonces sus ojos chocaron con los míos. Ese brillo dorado alrededor de sus ojos marrones me hicieron recordar a Adela.
Conversamos durante toda la tarde sentados en un banco cercano a una fuente de la que no paraba de emanar unas cristalinas aguas. Era la primera vez que me resultaba interesante aquello que me contaban, no debía de fingir nada, no tenía que interpretar ningún papel.

-¿Cómo te acordaste de que te prometí esa tontería de pequeños?- pregunté repentinamente.

Ella me miró y sonrío.

-Porque para mi no fue una tontería.

Miré sin comprender y continuó.

-Aveces actuamos sin pensar, algo que es bueno, porque disfrutamos del momento, somos sinceros con nosotros mismos, con aquello que sentimos, pero no somos coscientes de que significa. Tus palabras para ti supusieron solo un segundo, para mi era la vida entera, la primera vez que alguien me daba importancia, y cuando eres importante para alguien no hay mayor error que olvidarla, pues ellos son los que estarán cuando lo necesites.

No sabía que responder, lo único que supe es que fue el segundo acto inconsciente que marcó mi vida.

Pasaron ocho años desde entonces. No nos habiamos separado en ningún momento. Fue la parte más feliz de mi vida, compartiéndolo todo, dando de mi tanto como tenía, y curiosamente, me era devuelto aun más de lo que daba. Di gracias de que me entregase plenamente y nunca diese las sobras de mi tiempo.

Fueron ocho años maravillosos donde nos conocimos, descubrimos que no había otra verdad más que la del amor que relucía en nuestros ojos cuando nos mirábamos, una verdad demasiado bonita como para querer ensuciarla con mentiras. En todo ese tiempo no me paré a pensar. Fue entonces cuando cometí el mayor error de todos. Me paré a pensar.


Tenía 24 años, trabajaba en la empresa de reformas de mi padre y llevaba dos años viviendo solo. Mi situación se volvió una cansada rutina de gritos del jefe y clientes en un trabajo que me daba lo justo para malvivir, todo porque olvidé disfrutar de los regalos del presente, las sonrisas que son devueltas, las risas que provocaban las tonterías de Adela... Olvidé el valor de las pequeñas cosas, aquello capaz de construir un reino en las nubes y aguantar cualquier huracán. Fue entonces cuando dejé de ser feliz. Supongo que olvidé lo más importante.

Mis palabras se tornaban siempre hirientes, nacidas de mis pensamientos egoístas, comencé a preferir estar solo, aislado del mundo, tan solo mi cabeza y yo, maldiciendo la falta de dinero y demás que me impedía tener aquello que deseaba.

Cada fin de semana, Adela dormía en mi casa. Su alegría siempre trataba de tirar de mi para sacarme de mi confinamiento. "Déjame" no paraba de repetirme. Me resultaba tan molesta esa necesidad de estar sonriendo siempre...

-¿No te cansas de estar ahí tirado? Vamos a salir por ahí, que menuda cara de perro tienes.

-¿No puedes estarte callada?- dije malhumorado.

Me miró con sorpresa, herida por mis palabras.

-Perdona. Solo es que odio verte triste.

Apreté mi mandíbula. Daba la sensación de que ella era la víctima, con su mirada perdida en el suelo como una niña regañada.

-¿Siempre tienes que estar encima mía o que?

-No es necesario que grites.

-¡Grito si quiero!

Mi sangre calentaba mi cuerpo con cada segundo transcurrido. No podía dejar de pensar en todas esas cosas que estaba dejando por hacer por el hecho de estar con ella.
Comenzó a llorar. Maldije para mis adentros. Como si no tuviese bastantes problemas ya.

Aquel episodio se repitió durante una larga temporada, cada vez más consecutivos una vez se instaló en mi casa. Adela Comenzaba a menguar, manifestándose en sus ojeras, su cabello enredado, una pérdida de peso notable y una poca cuidada vestimenta. Nuestra relación tortuosa la había costado el silencio de sus padres y que sus amigos la dejasen de lado. No me tenía nada más que a mi, un hombre amargado incapaz de no mirar más allá de su ombligo.

-¿Cómo puedes seguir así?- Dije en una ocasión.

-Lo siento.-Susurró.

-¡Siempre te haces la víctima!¡Estoy cansado de ti! ¡No sirves para nada!

Sus ojos se abrieron como platos, sus manos entrelazadas se apretaron y el silencio hizo acto de presencia. Sin decir nada salió corriendo sin ninguna dirección.

-¡Adela!- la llamé.-¡Adela!

Salí disparado tras ella, pero ya me llevaba bastante ventaja. Logré interceptarla fuera del portal aferrándola por la muñeca.

-¡Sueltame!

No quería soltarla. Algo me decía que no debía dejarla ir.

-¿Qué te pasa?- pregunté asqueado.

Me miró, y sus ojos estaban cubiertos por lágrimas.

-¿No soy más que una molestia para ti?

Me cogió totalmente por sorpresa. Su rostro aniñado no era más que una expresión compungida y triste, un reflejo de aquello que nunca debí decir.

-Nunca quise ser una molestia para ti. Siempre trato de dar lo mejor, pero eres demasiado idiota para verlo. ¡Un idiota!

Solté su mano y ella tropezó sin llegar a caer. Sin tan si quiera mirar trató de cruzar la calle.
En aquella milésima mi mundo se detuvo. Aquel camión estaba a punto de impactar contra Adela. Frente a mis ojos recordé aquellos momentos felices que vivimos juntos. El día que ignauguramos el piso, nuestras vacaciones en Asturias, nuestras escapadas furtivas en el coche de mi padre, nuestro primer aniversario, nuestro primer beso...la primera vez que nos vimos. Recordé a aquellos ojos
marrones de halo dorado mirando tímida hacia donde yo estaba, pidiendo que no la empujase.
Cuando quise darme cuenta estaba en el suelo, tumbado en la carretera. Me costaba respirar y mi vista se me nublaba. Parece ser que sin pensar me lancé para empujarla y sacarla de aquel fatídico
choque, sin lograr escapar del impacto.

-¡Adrián!

Mi cabeza se encontraba en su regazo. No paraba de gritar a la gente que llamase a una ambulancia, mientras lloraba desconsoladamente. No quería que llorase. No quería.

-Adela.- logré susurrar.- siento no haber cumplido mi promesa. Volví a empujarte.-dije sonriendo.

-¡Eso no importa!¡Te perdono!- gritó. Elevo la vista y volvió a gritar.-¡Una ambulancia!

-Adela.- dije llamándola.-Te...quiero.

Y con esto marché del mundo, dejando a la mujer que amaba llorando mi cuerpo. Que estúpido fui. Tuve que morir para darme cuenta. Ella nunca quiso vestidos bonitos, yo no quería aquel deportivo. Lo único que queriamos era ser felices, y lo eramos si estábamos juntos. Pensé demasido. Pensé y solo tuve palabras, unas palabras hirientes, dolorosas, incapaces de decir cuanto la amaba. Mi espíritu entonces se percató de que La Muerte estaba tras de mi.

-Es normal que te arrepientas.

-No me arrepiento.

-¿No te arrepientes de lo mal que la trataste?

-Se que también la hice feliz, además, ella me dijo que nunca me arrepintiese de mis errores, que de ellos aprendía. He aprendido a que decir "te quiero" supone vivir, mientras que existen palabras que causan dolor, aunque el precio ha sido caro.

La muerte se acercó a mi, frente a mis ojos.

-Solemos pensar demasiado si decimos lo que sentimos o no pero no dudamos en gritar nuestros odios, cuando debería ser al reves. Ahora dime, ¿de qué te arrepientes entonces?
Guardé silencio. Miré a Adela llorando mi cuerpo vacío y le dejé hablar a mi corazón.

-De no haberlo aprendido antes.

Rió con fuerza entonces y se acercó a Adela. La acarició lentamente, invisible ante sus ojos.

-Será mejor que la próxima vez no la fastidies. No suelo conceder favores.

Sin darme tiempo para preguntar, un halo me absorvió dirigiéndome a un lugar desconocido.

Cuando volví a aparecer sentí que me molestaba respirar, me agitaba con movimientos mecánicos y lloraba escandalosamente. No podía abrir los ojos. ¿Quién era yo? Aquel hombre vestido de verde me colocó en los brazos de una mujer. ¿Quién era? Creía conocerla.

-Aquí tiene señora. ¿Cómo se llamará la criatura?

Aquella mujer estaba llorando de felicidad. Agachó su cabeza hasta conectar nuestras frentes, bañándome con sus lágrimas. Sus ojos brillaban con fuerza.

-Como su padre. Adrián.

martes, 5 de julio de 2016

Que lindo sería.

Que lindo sería saber de ti,
verte más allá de una imagen,
posar mis ojos sobre los tuyos,
entender que ambos
exigimos algo del otro.
Que lindo sería que fuera así.

Que lindo sería desvestirte,
desprenderte de tus ropas
con dedos agiles
y pulso sereno,
observarte lentamente, atento,
mientras paseo mi mano
por tu piel desnuda.

Que lindo sería acercarme a ti,
besar tu boca a ratos:
desde besos lentos
cargados de pasión,
hasta la mente despojada
siendo más que instinto,
mirándote atento
como la mujer que hace hombre
al poeta libertino.


Que lindo sería visitarte,
conocer la geografía de tu cuerpo,
reposar sobre tus sábanas,
arrancadas del colchón
con la violencia del antes,
mientras me miras de soslayo,
así, como atrevida, acompañada
con un gesto de dulzura.

Que lindo sería poder mirarte
tan cerca como nos permitiese la física,
enloquecer tanto como concediese
la magia de la química,
generar algo tan inexplicable
que sea un milagro para la ciencia,
tan retratados como fuera capaz
mi mente desquiciada
de plasmarnos en papel.

Que lindo sería decirte linda,
remarcar que tus ojos, al desnudo,
son como esa luz cálida
que ilumina lo que ni Dios pudo.
Decir que eres bella,
pero no bella como el amor,
decir que eres bella,
bella, como el amor es a ti.

Que lindo sería hacer de ti mi sintaxis,
ser el sujeto paciente
que reciba la acción de tu verbo,
agente de mis secretos.
más allá de la carne.
Más allá del silencio.
Más allá de un verso.

Que lindo sería responder
la incertidumbre que me supones,
resolver tu incógnita,
sin matemánica ni literatura.
Sin tener que recurrir
a contar con una lengua
que conoce como desvelar
todos los secretos.

Que lindo sería ser,
pero pronto te marchas,
si siempre te imagino
y de imaginarte vives,
linda, sin defectos,
infantil y madura.
¿Mujer hecha poesía?
Mujer hecha silencio.