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viernes, 26 de febrero de 2016

Ojos cerrados. (Cuento)

Caminaba despreocupado, jugando a hacer sombras junto aquellos acalorados árboles que se alzaban hacia el cielo, reflejando en sus hojas el fuerte sol que las calentaba. En mis cascos sonaba la música como una retaíla de sonidos que quedaban en un segundo plano bajo el peso de mi fuerte conciencia, mis ojos paseaban de imagen a imagen, sin fijarse ni tan siquiera un mínimo ni en el más grande de los detalles, solo era un decorado de fondo del primer acto de mi vida. Mi garganta estaba reseca, pedía a gritos enrojecidos un trago fresco que la liberaba de los grilletes de la deshidratación, por lo que me paré en un quiosco para, digamos, repostar. Mientras llevaba a cabo la transacción, sentí por el tacto de mis tobillos el roce de un cuerpo rígido, como el de un palo. Me volteé para contemplar a una muchacha, un año o dos mayor que yo. Se me antojó bella, que sus ojos de cristal eran lindos e irónicamente inertes, a pesar de desprender vida a través de esa perfecta sonrisa. Se disculpó, amablemente, mientras retiraba su bastón de mi cuerpo inmóvil. Apartándome a un lado la observé buscar a tientas el poyete del quiosco y reclamar la compañía de una refrescante bebida que calmara sus calores.
Que bonita era, como un trozo de cielo despojado de nubes grises, tierna como aquellos años de infancia que ya pasé. Incapaz de permanecer callado lancé al aire la pregunta: ¿Cuál es tu nombre?
Me miró, o mejor dicho, educadamente ofreció su rostro a mi dirección, o eso creí. Con voz tímida y la mirada perdida respondió.
-Felicidad, pero me suelen llamar Fe. ¿Quién pregunta?
Que delicada sonaba, frágil, pero segura al final. El rubor se apoderó de mi e incoscientemente, aparté la cara, haciéndome sentir idiota por no darme cuenta de que no podía verme.
-Un estúpido curioso.- respondí.
-Un curioso nunca podrá ser estúpido. Podrá ser inculto, pero será suficientemente listo como para preguntar, gracias a que es curioso y no estúpido.
Fue tal la serenidad con la que habló que de haber podido verme habría huído por embobada expresión. Sinceramente, me dejó prendado de aquellos labios finos.
-¿Puedo preguntarte si tomarás un café conmigo?- solté atrevido y repentino.
-Ya lo estás haciendo.-respondió ella mientras esbozaba una inocente sonrisa. La guié hasta una cafetería cercana. El café no era del todo bueno, pero el ambiente resultaba agradable gracias a ese aroma entremezclado por incienso y tabaco, un olor que enrarecía el lugar, pero que a mi se me antojaba bueno.
Conversábamos tranquilamente, mientras me dedicada a acariciar su cuerpo con los ojos, sorprendiendome a mi mismo al ver como mi enaltecido lívido hacia acto de prensencia.
Ose a preguntar por su ceguera, con una confianza que podía resultar molesta, pero lejos de hacerlo me compartió la experiencia de su condición. Su voz se tiñó con tristeza mientras me confesaba que aquello que más echaba de menos era poder ver los rostros de aquellos que quería. Me hizo comprender porqué odiaba sin nadie que me hiciese compañía en casa.
Cada segundo que compartíamos me resultaba más y más ingeniosa. No solo era de las mujeres más bellas que había visto nunca, si no que lograba calmar ese sentimiento de soledad con el que siempre cargo.
La tarde voló junto con aquellos dos tristes tragos y solo nos quedaban un puñado de palabras sobre la mesa.
-Vivo  cerca de aquí, por si quieres probar a un mejor café. Hace poco me trajo un amigo muy bueno de Colombia.
Contemplé su expresión de duda por un instante. Sonrió con delicadeza mientras acariciaba con tacto médico y experto mi rostro con sus ojos perdidos al vacío.
-Será mejor que no me lo digas dos veces.
-Bueno, vivo cerca de aquí, por si quieres probar un mejor café.
Escapó de sus labios entreabiertos una fuerte carcajada, sonora a la par que dulce. Asintió entonces para mi alegría, paseando su mano por su pelo para recogerlo detrás de la oreja.
-Me encantaría.
Al poco de llegar a mi vacía morada no pasó mucho tiempo para que ambos acabásemos desnudos. La contemplaba en silencio, esa sencillez tan compleja que es un cuerpo de mujer, su piel perlada por el sudor, brillando como oro blanco. Su platino contacto me obsevaba con lentitud. Empezó en mi ruborizado semblante pétreo, deslizándose por mi encendido pecho, acariciando mi vientre hasta alcanzar mi alzada masculinidad. Fue un proceso lento, donde los ojos fueron una manos volátiles, los sonidos formaban los colores de una moderada pasión y las caricias tan solo eran para detenerse contemplar una bella imagen.
Permaneció junto a mi toda la noche, ascendiendo en pequeños interludios, apoyando su cabeza en mi torso cuando la calma era necesaria. Entonces dejé de ser, o mejor dicho, me volví consciente que siempre fui ciego. Ella había sido capaz de contemplar mi interior, mientras que yo solo me limitaba a enamorarme de una belleza marchita. Y maldita es para mi la perfecta Felicidad, aquella frágil y linda muñeca de porcelana que me mostró que es amar con los ojos cerrados.