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viernes, 5 de febrero de 2016

Diario del observador del tren III.

Estoy asombrado, absorto, pétreo, con la garganta atravesada y la respiración fugada. Allí está ella, esperando paciente en aquel vulgar asiento de tren con una imponente sonrisa. Su piel morena brilla con el roce de los rayos del sol que logran colarse por aquella ventana del vagón, acaricando aquellos iris verdes, que parecían iluminar el lugar con una luz calida y propia, que se me antojaba mágica. Su rostro era angelical. No había otra palabra para definir el conjunto que formaban aquellos rosados y brillantes labios de aspecto tentador, aquellos ojos aceitunados con forma de almendra que reflejaban una mirada pura e inocente, inmaculada ante el mundo corrupto que es este. Su nariz era redonda, sus mejillas carnosas, pero sin llegar a sobresalir, accidentándose en dos pequeños hoyuelos cada vez que agrandaba su perfecta y blanca sonrisa. Su pelo liso castaño caía por ambos lados de su fino y delgado cuello, y al igual que sus ojos, reflejaban la luz de aquel sol cegador. Vestía un vestido blanco que apenas dejaba intuir un pequeño escote, a pesar de tener una buena talla de pecho. Sus finas piernas estaban entrecruzadas, levantando aun más mi expectación, pues su piel morena era un espejo de la luz, dejando a la imaginación lo suave que debería ser al tacto. Sus manos se entrelazaban a la altura de su plano y liso vientre, con un gesto delicado y dulce. Sus hombros descubiertos se asemejaban al fragil cristal, con un porte despreocupado, se mantenían relajados a ambos lados de su cuerpo, apretando ligeramente, sin percatarse, aquel elegante busto. Su imagen en cojunto la definiría como la de una niña atrapada en un cuerpo de mujer, pues era bella y elegante, a la par que infantil, causando en mi interior un creciente instinto de protección hacia ella.
No se si su imagen me hacia idealizarla, pero la imaginaba sin defectos, una voz suave que acariciase mi oído hasta hacer estremecer cada una de las fibras de mi cuerpo, una personalidad amable, no tendría molestias en entablar conversación conmigo si yo me dignase, en un acto de valentía, abriendo posibles temas de conversación. Me encantaría que entendiese de poesía, que me hablase de ser ejemplo y de amar como Dios nos ama, y ya pidiendo mucho, que comenzase a tener el suficiente interés en mi como para desear mantener el contacto entre nosotros. Me hablaría de música, creo, y me imagino que si me cantase quedaría prendado aun más de ella.
Se mueve con delicadeza en el asiento en búsqueda de una posición más cómoda. En ese instante, nuestras miradas se cruzan, y un escalofrío recorre mi médula. Está sonriendo. ¿En serio me está sonriendo? Me cuesta creerlo. Es un ángel del cielo, demasiado divina como para tener trato con alguien tan mundano e imperfecto como yo. Sus ojos me tienen hipnotizado, su cuerpo entero hechizado y su sonrisa simplemente me encandila.
De repente, el tren se para. Me vuelvo cosciente de que estoy solo en aquel vagón, de que mi musa se ha manifestado frente a mi, con tal de darme la capacidad de escribir algo que mereciese la pena de ser leído. De todas las mujeres que me pude encontrar en un tren, ella es la más deseada, la más imposible, la más imaginaria, celestial y a la vez, la más real, pues vive en mi cada vez que la sueño. Aspiro a poder rozarla aunque sea algún día y me susurre al oído las palabras que necesito oír.