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miércoles, 10 de febrero de 2016

Artista universal.

En todas las épocas siempre hay valientes, llenos de coraje, que se atreven a pensar en contra de todos los canones establecidos, libres de toda atadura, gracias a su desbordante imaginación, a sus distintos conceptos sobre la vida, distorsionados por sus naturalezas curiosas. Hay quien considera a estas personas genios, otro simples alborotadores , pero el hecho de tener una percepción distinta a la del resto les vuelve locos soñadores también llamados artistas. Así era Eduardo, un inconforme visionario en su arte lingüístico, considerando que la mejor descripción era aquella capaz de describir la unión entre la apariencia física, los gestos y las emociones. A sus veintiún años pretendía generar en si una revolución, un cambio en su conciencia, volver de sus ojos su mejor herramienta para captar cualquier posible fruto de inspiración, trastornar, si fuese más posible aun, su entendimiento del mundo. Quería crear imágenes de las palabras, chocarlas entre ellas para prender el fuego que quema con ansia las entrañas de los lectores, ávidos de más material para leer cuanto más cerca de ser ceniza alcanzasen a ser. Se consideraba un observador nato, describiendo cualquier cosa que le pareciese interesante, desde los sonidos del ambiente de aquel parque que se colaban por su habitación, hasta las sensaciones que experimentaba su cuerpo según pasaba el día. Así practicaba su arte, retratando lo irretratable, en busca de una historia merecedora de ser contada, pincelaba con las frases profundas con las que caracterizaba cada uno de sus relatos. Buscaba la perfección, no solo a la hora de escribir, si no en aquello que era escrito. Borraba todo, volvía a plasmarlo sin apenas cambios, lo retocaba, deshacia el cambio y así hasta que quedaba según su agrado. No era asocial para nada, todo lo contrario, participaba en una vida intensa, repleta de planes llenos de nuevas experiencias que poder disfrutar y que a la vez influenciaran en su arte. Todos consideraban a Eduardo un hombre hecho a su obra, una persona que solo buscaba la manera de alcanzar su sueño tan logrado: ser reconocido por sus creaciones artísticas. Siempre trató de hallar el rasgo característico de las cosas, uno de sus pensamientos más arraigados en su ideología.

-¿Cómo consideras que una mujer es perfecta, eh, Edu?- Le solía preguntar su amigo.

Siempre le miraba con una sonrisa, y tras dejar un segundo por turno para el silencio, decía ese rasgo ideal.

-Delicada. Una mujer debe ser delicada.

El rostro confuso de su amigo transmitía lo necesario para saber que debía conceder una explicación razonada para poder ser entendido.

-Piensa en lo siguiente. ¿Qué hace a una mujer bella? ¿Sus curvas? ¿Su rostro? ¿Su personalidad, tal vez? Todo lo hace y la vez no. Piensa que cualquier mujer puede enamorarte si sabe mirarte de la forma adecuada. Te observará con ojos inocentes, sonreíra y apartará la vista. Con tan solo eso ya habrá ganado tu curiosidad,  mostrándose frágil y tímida. Imagina entonces que su rostro es definido por unos ojos esmeraldas, dos faros de luz limpia que desgarran tu interior con su ternura. Piensa en que su rostro no muestra ni gordura ni delgadez, que su piel es fina y delicada como la porcelana pero caracterizada por un toque acanelado, reluciente, sin asomar ninguna línea de expresión. Piensa en que sus labios son dos finas comisuras, carnosos, seductores, de apariencia sensible, con el único hábito de tornarse en sonrisa. Imagina su pelo, suelto o recogido, como gustes, pero siempre ordenado, peinado, concediendo aun así un aspecto de naturalidad que hechizará tus pretensiones. Su pecho será el monte que querrás escalar, su vientre el barranco que desearás descender, sus piernas, un valle donde querrías habitar por siempre. Imagina entonces que sus palabras son lindas, pero no lindas por ser palabras poéticas, serán lindas porque su intención será buena, no empleará malsonaciones, te habla de sus ensoñaciones y solo quiere cuidar de ti. Su voz, será  ausencia de latido, sed de conversaciones y hambre de temas que debatir. Imagina entonces que su gesto es delicado, como el de una rama siendo mecida por una brisa, una suave caricia que presenta al mundo disparatado y enloquecido de tus emociones, el gesto travieso y sigiloso que te roba el corazón. Es delicada por todo, por su belleza, una mujer de lindo rostro, un cuerpo de escándalo que enloquecerá a tus instintos y una femenina forma de ser que parezca infantil, un trato distinguido que nunca la haga perder la compostura.
Calló por un instante y miró serio a su amigo.

-Una mujer delicada es aquella que te dará la vida a la vez que sería capaz de destruirte con tan solo dos palabras si quisiera.

Eduardo era así, otro artista que observaba, analizaba e ignoraba su propio juicio para dotarse de su creada concepción ideal. Un loco soñador, un atrevido que pensó que cambiándose a si mismo lograría cambiar al resto, un constante aguacero de palabras, un artista, sin más definición posible.
¿Crees que Eduardo obtuvo el trofeo de cumplir sus aspiraciones? Todo depende del punto de vista, pues hay un Eduardo durmiendo en cada uno de nosotros, un artista, de diferentes campos, que se muere por salir y batallar, de crear arte, deformarlo y estilizar su pensamiento. Solo si todos somos artistas Eduardo podrá escribir su historia. Eduardo es tu parte artística. Eduardo eres tú.