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martes, 9 de febrero de 2016

A la chica de la foto.

La luz se vertía sobre su cuerpo, acariciando con delicadeza aquella brillante piel, una frágil figura, que con inocencia se mantenía en calma, reposando sobre sus rodillas todo su contorneado cuerpo. Tan solo vestía una camiseta azul que solo llegaba a cubrir sus partes íntimas de mujer. Sus manos caían por los lados, rozando levemente sus muslos, apretando su pecho sensualmente. Su cara infantil inclinada dirigía su visión hacia el suelo, con los ojos y labios entreabiertos, con un pelo recogido en una coleta a la altura de la coronilla, cayendo de forma recta hasta el comienzo de su delgado cuello. Su espalda permanecía recta, reposando su redondo trasero sobre una blancas e inmaculadas deportivas, potenciando aun más las curvas que la naturaleza ya le había concedido. Sus hombros permanecían relajados, exhalando el aire que nos arrebata al mirarla, ese conjunto que formaba un cuerpo de mujer en la niña que quiso crecer tan rápido. Debió conjurar al diablo y sacrificó su niñez con tal de poder hechizar a cualquier hombre, con tan solo aspirar su aroma, la sexualidad que irradiaba, la ternura que poseía y las ganas que daba para hacerla de uno mismo, abrazándola con fuerza, con tal de protegerla de un mundo que no merece algo tan bello. La contemplaba como una obra de arte, esa foto mezclando los claroscuros, la pose que regulaba su cuerpo, el pequeño gesto que expresaba su necesidad de sentirse deseada, la belleza hecha obra para hacerme querer obrar según mi naturaleza más primaria, tumbándola en ese parqué, para embestirla repetidas veces hasta tornar su dulzura en una expresión picarona, linda a mi parecer, potenciando más aun esa falta de conciencia sobre mi. Pero se que una mujer bella es caprichosa, tendiendo a caer a escoger y cambiar de elección, ignorando que sus actos tienen consecuencias, como el hecho de dejarse ver y no esperar que queramos un instante prestado de su atención.