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jueves, 21 de enero de 2016

Diario del observador del tren II.

Hoy es otro día más, otro día en el que me reposo sobre un asiento y espero a que el tiempo vaya más rápido que este tren y llegar a mi destino en el instante de un parpadeo.
Allí es donde la encuentro. Una chica rubia que rondará la veintena, de facciones redondas, con la mirada perdida en el paisaje que se extiende por la gran ventana que se encuentra a su derecha. El sol de la mañana es fuerte, y el luminoso foco natural la obliga a cerrar los ojos. Los contrastes de luces que produce en esa imagen estremece mi cuerpo. Su mirada es inocente, limpia, un tanto angelical si se puede decir, y anda perdida por mirar el horizonte. Un ancho collar cubre la parte inferior de su cuello, rozando una blusa blanca que se cubre con una rebeca del mismo color. Apoya sus manos sobre el bolso que se encuentra entre sus piernas, aferrando el móvil donde tiene conectado los auriculares que la brindan la música que debe estar escuchando. Ver que también son blancos y me hace pensar que tiene algún tipo de obsesión con este color, aunque creo que la queda bastante bien. No es un atractivo que se vea a simple vista, se ha de ser observador para darse cuenta del encanto que pose cada uno de los gestos de sus manos, la calma con la cual masca un chicle o las ocasiones en las que deja sus preciadas vistas para contestar a un mensaje. Se acaricia el pelo con ambas manos, lentamente, sin ser juguetona con este, pero siendo seductor de todas formas.
Entra entonces más gente en el tren, y nadie se sienta ni a su lado ni al mío. Yo la contemplo desde el rabillo del ojo, fijándome en cualquier detalle destacable, como el pequeño lunar que salpica su barbilla, iluminado por ese sol que se niega a la idea de que sea invierno. Trato de suponer como será su personalidad. Me imagino que tiende a tener una voz dulce, delicada, al igual que sus palabras, teniendo unos gustos muy simples, nada que implique romper con esa figura de niña buena que compone. Si la hablase, supongo que abriría mucho los ojos, causa de la sorpresa, y las palabras saldrían de su boca con cortesía y educación, esperando a que me cansara de esa actitud y me marchase en algún momento. En el caso de que lograse embaucarla en mi improvisado fraseo, repleto de halagos sutiles, escondidos con un poco de ingenio, obtendría poco más que su nombre, una localidad y un "hasta luego" que lamentaría el hecho de ser tan tímida.
Y yo mientras tanto, sigo enfrascado en escribir líneas, complaciendo así mi ansia literaria, recreándome en describir mujeres que me parecen atractivas, si nunca dirigirlas ni una palabra, pues no creo en ese ideal de coleccionar mujeres, si aprendí que es mejor conquistar todo un mundo a tan solo visitarlo, tener amor patriótico por cada accidente geográfico de un cuerpo a tan solo regodearme por lo que veo. Y así despido a esta muchacha, como un observador que rechaza obtener de ella más que una visión bonita.