Follow by Email

martes, 29 de diciembre de 2015

El precio de la Nostalgia. (Cuento)

La edad solo trae cansancio, la experiencia queda en un simple segundo plano. Nadie se vuelve más inteligente, solo se ejercita nuestra capacidad de pensar y anticiparnos, que no es lo mismo, lo único que se acrecenta con la edad es la capacidad de arrepentirse y la nostalgia.
La juventud es la vida, la adultez el periodo de escribir nuestras experiencias en el recuerdo para poder narrarlos correctamente al llegar a la vejez.
Es el anciano que haría lo que fuese por volver a ser joven, salvo borrar sus errores El adulto, es igual a contraponerse, pues haría lo que fuese por vivir de nuevo su recien fugada juventud, salvo ejercicio, dieta y eliminar sus malos vicios. El joven es aquel estúpido que haría lo que fuese con tal de ser siempre igual.
Así empieza esta triste historia, bella desde cierto punto de vista, pues nadie dijo que las lágrimas no pudieran ser bonitas al caer lentamente por nuestros ojos.
Aquel muchacho se llamaba Darío, apenas alcanzaba la mayoría de edad, pero en su rostro se vislumbraba un reflejo de madurez, tan grande como para tomarle en serio solo con verle a simple vista. Madrugaba a diario, se aseaba con paciencia, esmerándose en cuidar su imagen, preparaba para si un fuerte y completo desayuno que devoraba velozmente, posteriormente, se dirigía a su centro de estudio, allí donde destacaba por una fuerte implicación en la vida estudiantil. Era admirado por muchos. Sus triunfos como deportista le hacía ganarse el respeto de sus compañeros, sus largas pestañas bailando sobre sus verdes ojos el favor de cualquier mujer, y sus palabras, resultaban una sinfonía, seductoras, caricias para el oído atento, que resultaba cautivado.
Provenía de una familia acaudalada, lo que le había permitido una buena educación cultural amplia, en todos sus campos. Tocaba el piano, el violín y la guitarra con una maestría cercana al virtuosismo, capaz de interpretar obras con tal perfección que provocaba lágrimas de emoción en las personas que se veían impregnados por las notas, que se desprendían hondeando dulcemente de sus instrumentos.
No podía quejarse en ninguno de los sentidos. No le faltaba nada que el dinero no pudiese proporcionar, su carisma le hacía poseedor de fuertes amistades que lo daban todo por él, las mujeres deseaban que les dedicase un momento de atención y su familia se mantenía junta, bajo el calor del abrazo romántico de la unión.
Nada podía interrumpir la felicidad que impregnaba a sus días. O eso creía él.
Podía ser un joven maduro, pero joven al fin y al cabo. No tardó en cometer el mayor fallo que un hombre puede cometer.

Suele ocurrir que aparece una persona en nuestras vidas para darle la vuelta a todo, o más bien pensamos que eso ocurre. Nadie aparece de la nada, solo comenzamos a tener en cuenta a esas personas que no ocupaban ninguno de nuestros pensamientos.
Por aquel entonces, Darío tenía los dieciocho años cumplidos, cuando inició a llevar acabo salidas frecuentes a ciertos locales, dedicados a ahogar al ocio entre hielos o piernas. No le resultaba dificil tener una buena compañía cada noche, se había convertido en un juego que repetía una y otra vez. Se acercaba decidido a la mujer más atractiva, con el pretexto de la música alta se acercaba hasta su oído y susurraba una frase que resultaba ser siempre adecuada para seducir. Cuando le preguntaban que decía en ese susurro, respondía que una estupidez que pudiese resultar bonita, ya que lo importante no era la frase en si, su contenido no servía de nada si no se sabía decir. Para él, había que acercarse tanto a la oreja como para provocar cosquillas al mover los labios, causando así una sensación gratificante, que embelleciese aquella ocurrencia disparatada.
Llegó pues la noche que daría comienzo al final de todo. Borracho, contemplaba aquel bar. No veía nada que resultase de su agrado, así que se dedicaba a fomentar su precoz embriaguez efímera de una noche, cuando sus ojos se toparon con el conteneo de caderas de una muchacha cercana. Se movía al son de la canción que retumbaba en los altavoces, sin acelerarse, como si el baivén de una hoja cayendo de su árbol se tratase. Se sujetaba con las manos el liso cabello castaño, enredándolo entre sus finos dedos. Su cuerpo era un imán, atraía con un ligero escote que mostraba parte de su sugerente pecho, sus piernas asomaban bajo su falda como dos íconos de la sensualidad femenina. A pesar de la falta de luz, sus verdes ojos respiraban su propia luz, sus labios, definidos por el carmín, brillaban con la pasión de aquel rojo que se posaba en su boca con delicadeza, bajo la caída de una insinuante sonrisa. Darío remató su último trago y con un fuerte golpe sobre la barra, dejó el vacío vaso. No iba a resultar por lo visto tan aburrida su noche.
Se colocó el cuello de su camisa, pasó su mano por su ya definido peinado y se acercó con paso seguro y elegante hacia ella. Palpando su espalda con delicadeza, se acercó a su oído para verter su veneno.
-Perdona, pero me he visto obligado ha preguntarte como te llamas. Me he quedado embobado al ver tus ojos.
Cada palabra era un siseo sonoro, formando un verso rítmico que invadía aquella oreja.
La muchacha se giró para toparse con una expresión ensayada para sugerir misterio. Sin previo aviso, ocupó su rostro con la palma y le empujó para alejarlo, volver a girarse e ignorarle. Darío estaba boquiabierto. Desde que era pequeño, nada semejante le había pasado. Sin saber porqué, el nerviosismo fue un calambre frío que recorría la autovía de su espina dorsal.
-Es de muy mala educación no responder, ¿sabías?- Dijo acusando.
La muchacha no paraba de moverse, ausente en su propio mundo, ajena a cualquier cosa que sucediese a su alrededor, hipnótica aun a la vista de Darío.
Su orgullo actúo por él. Dio media vuelta malhumorado y marchó de nuevo a ese asiento que ya llevaba calentando por un rato. Dos amigos suyos conversaban, ignorando su intento fallido de acercarse a aquella descocada muchacha. Con un dedo llamó a la camarera y la dio a entender que le dispusiese de la misma mezcla que aquel vaso de hielos derretidos hacía poco contenía. La noche se acortaba a cada trago que acariciaba su garganta y lo abrazaba con aquel calor que solo el alcohol proporciona.
Media hora después, levantar el brazo para arrimar a sus labios aquel mal hábito se había vuelto como pestañear, incosciente de ello.
Se vio interrumpido, para su sorpresa, por aquella belleza que le había rechazo de muy malas maneras. Su fina mano estaba sobre su hombro, su aliento calentaba su nuca y uno de sus pechos se posaba sobre su espalda.
-¿Me invitas a una copa?- sonó con un tono seductor.
Darío no pudo evitar estremecerse. Mirándola fijamente, fue incapaz de negarse. Pidió con un gesto, señalando la botella que descansaba sobre una de las repisas que habitaba tras la barra. Pagó y al segundo de girarse, no había rastro de ella. Había marchado con la copa, sin tan siquiera dar las gracias. La rabia se apoderó de su cuerpo, calentando cada una de sus venas, tensando su cuello y cubriendo su rostro con una máscara agresiva. Salió tras ella sin pensarselo dos veces.
La encontró en la puerta, empleando la misma estrategia con otro chico, para conseguir de un cigarrillo que poder fumarse. Juguetona, como una niña inquieta, no paraba de bailar solo con los pies, sonriendo, moviendo la cabeza de lado a lado, mientras se encendía aquel cigarro obtenido con malas artes. Darío actuó llevado a rastras por su emoción del momento. Fue hacia ella, a paso seguro, dispuesto a no dejarse derrotar tan facilmente. Se plantó frente a ella, la cual no parecía sorprendida.
-¿De que vas?- dijo.-¿Crees que puedes jugar conmigo?
La chica seguía sonriendo, dejando escapar una leve risa, y acercándose poco a poco hacia él dejó colgando un fugaz beso sobre sus labios. Comenzó a andar de espaldas mientras le guiñaba un ojo. Dio una calada a ese cigarro dejándolo por la mitad y lo tiró al suelo, se volteó y se adentró en el local. Darío estaba petrificado, una estatua fija sin expresión alguna en su rostro. Su rabia había dado paso a un corazón acelerando, danzante en su pecho con una vertiginosa velocidad. Tocó con sus dedos su boca, en busca de algún rastro de aquel beso. Como una exalación, volvió a entrar tras las huellas de aquella locura hecha mujer.
La volvió a encontrar junto con un grupo de amigas, en el mismo sitio de aquella sala. Se apresuró a ir a donde estaba ella, sin ningún plan, sin saber que decir. Ella se percató que estaba ahí, y sonrió dulcemente. Parecía inocente e ingenua a simple vista. Esta vez fue ella la que se acercó a él.
-Creo que no me recuerdas, Darío.
Su sonrisa no se perdió ni por un momento, clavándose como una daga sobre su pecho tras cortar en su memoria causando un derramamiento de dudas.
-¿Nos conocemos?- logró decir.
La sonrisa de aquella muchacha olvidada se extendió aun más, enseñando una fila perfecta y recta de dientes que brillaban tanto como aquellos ojos. Sacó de su chaqueta un bolígrafo, agarró su mano y escribió un número de teléfono.
-Cuando no estés borracho lo hablamos mejor. Yo me voy a dormir.
Darío dejó caer la vista al suelo mientras ella se alejaba lentamente, tratando de analizar lo ocurrido. Seguía sin comprender nada, de que la conocía y mucho menos el porqué se comportaba así.

A la mañana siguiente, para Darío todo fue como un sueño extraño y difuso. Contemplar su palma pintarrajeada por aquellos torcidos números rompían con su ensoñación. No podía evitar sentirse confuso. La imagen de aquella preciosa desconocida danzante, aquellos ojos coronando aquella amplia sonrisa, y el ligero escote que dejaba intuir lo necesario para imaginar, no salía de su cabeza. Trataba de no darle importacia, pero la idea de llamar tentaba a sus deseos. Nunca sintió nada así.Para él hallar respuestas era el instante, recordar le era igual a perder el tiempo, momentos que se podían dedicar a vivir cada segundo. No entendía que era eso de alegrarse con la nostalgia, jamás tuvo ganas de volver a ver a una persona. Negó con la cabeza. Quería apartar cualquier pensamiento que tuviera que ver con la noche anterior.
Decidió pasar la tarde con unos amigos en un club donde solían matar los días a base de jugar al billar.
El lugar estaba cuidadosamente decorado con elementos típicos de un bar americano, igual a los que salen en las películas. El camarero hablaba con un hombre habitual desde detrás de la barra, una pareja se sentaba en una de las mesas, y al fondo de aquel local, un grupo de chicas charlaban ruidosamente. Suspiró. Cogió un palo de billar mientras uno de sus amigos situaba las bolas en el centro de la mesa.
No se le daba mal el juego, pocas cosas estaban fuera de sus capacidades, causa de su egolatría. Golpeaba las bolas con determinación, empujándolas a cada uno de los agujeros correspondientes. Una voz a su espalda le distrajo.
-¿Si metes está me llamas finalmente?
Vio la bola meterse justo antes de girarse. Allí estaba aquella chica que le había causado un fuerte dolor de cabeza. Sonreía inocentemente. Vestía de manera muy distinta a la de aquella noche. Llevaba un jersey azul, que a pesar de cubrirla hasta llegar al cuello, dejaba intuir la forma de su pecho, debido al tamaño. Unos pantalones negros enfundaban sus dos finas piernas.
Darío la dio la espalda.
-¿Qué quieres?- dijo secamente.
-Que me recuerdes.
-Recuerdo muy bien como me jodiste la noche anterior.
-Te molestas entonces con poco.
Darío dejó el palo sobre la mesa para volver a mirarla a los ojos. Quedó hechizado por ellos, pero trató de disimularlo.
-¿Qué quieres?-repitió.
-¿Sabes que es la nostalgia?
Darío la miraba sin comprender. Ella siguió hablando.
-Hay quien dice que la nostalgia es un tipo de triste añoranza. Yo creo que es la felicidad de hacerse viejos a pesar de nuestros errores.- se acercó un poco más a Darío.- Nadie evita cometer errores, desde tomar una mala decisión a tener una actitud equivocada. Nadie es consciente de sus errores en el momento, pero cuando lo sean, aprenderán de ellos. Comprenderán el daño de su tropiezo o el que pueden causar, como al olvidarse de alguien.
Su expresión cambió. Estaba seria, aunque su rostro no podía evitar parecer infantil.
-Lo siento, pero... no te recuerdo.
Ella sonrío, le tomó por la mano y le sacó del lugar.
-¿A donde me llevas?
-A enseñarte la nostalgia.
Darío no entendía nada, solo que esa chica comenzó a trastocar su rutina. Al principio aparecía en los lugares por donde el solía estar, más tarde empezaron a poner hora y sitio a sus encuentros. Aunque la resultase frustrante la muchacha no podía evitar sentir algo de cariño. Tenía algo familiar. Durante varias semanas quedaban en el mismo punto, se veían, charlaban amistosamente, reían, disfrutaban ambos de la compañía del otro, pero ella nunca le decía su nombre.
-Tienes que recordarlo tú.- decía ella.
-Ya, pero, ¿cómo te llamo entonces?
Ella se quedó pensando. Al instante, le miró sonriendo.
-Llámame Nostalgia.
Poco a poco, Darío se sintió muy unido a Nostalgia. Se quedaba dormido recordando lo ocurrido en aquel día con ella, se esforzaba en tratar de recordar su nombre, pero dandose por vencido, solo pensaba en sus ojos. Al salir del conservatorio le solía esperar Nostalgia, vestida siempre con su inocencia y la más grande de las sonrisas.
Un día Darío le preguntó porqué nunca llevaba tabaco si la vió fumar en aquel momento que le hizo salir de aquel antro de la mala vida.
-Es que yo no fumo. Solo lo estaba probando.
-¿Por curiosidad?
-Porque podía. Antes nunca pude.
Algunas de sus respuestas le solían resultar extrañas, pero lo consideraba parte de su encanto.
Pasó el tiempo y Darío y Nostalgia acabaron por iniciar una relación más allá de la amistad. Fue repentino. Se habían quedado sin palabras de tanto hablar cuando sus ojos se cruzaron, junto con una chispa. Se sorprendieron ambos besándose. Al principio Nostalgia quería mantener las distancias, pero era obvio queno era lo que realmente quería. Sus hábitos no cambiaron mucho a partir de entonces, solo que de vez en cuando sus labios se juntaban y ella visitaba la cama del muchacho.
-Me sabe mal que no me digas tú nombre.- dijo malhumorado.
-Ya te dije que me llamases Nostalgia.
-Me refiero al verdadero.
Un silencio se apoderaba de la situación.
-Será que ahora no quiero que me recuerdes.
-Eso no tiene sentido. Explícame.
-Es porque simplemente, desaparecería.
-A ver si adivino. ¿Al recordarte tendría otra forma de verte y por tanto no serías la misma? Seguro que esa es la respuesta que me darías tan filosófica.
Ella sonreía dulcemente.
-Se podría decir así.
Su voz guardaba secretos que pesaban en su conciencia.

Llegó el verano a sus hábitos, tan pronto como permitía ese tiempo que vuela sobre el calendario. Darío invitó a Nostalgia a su lugar de veraneo frecuente. Ella se mostraba contraria.
-¿Es por timidez con mis padres? No van a estar.
-No es eso. Es que...
Darío se acercó a ella hasta quedar frente con frente. Sonreía de oreja a oreja.
-Es bueno decir adios siempre a la rutina.
Ella miraba al suelo.
-También a los lugares a los que no pertenecemos.-susurró.

Una semana más tarde, ambos se veían paseando por una de las playas de Galicia. Iban de la mano, aunque Nostalgia se mostraba tensa, pesada a cada paso que daban.
El sol caía lentamente para dar paso lentamente a la noche, y un ligero frío se iba apoderando poco a poco del ambiente. La brisa se levantaba, meciendo sus ropas y acariciando sus rostros. Darío iba con un simple bañador y una camiseta de tirantes, mientras que Nostalgia llevaba un vestido de verano blanco, acompañado por un pequeño lazo azul. Se detuvieron frente a un acantilado a ver la puesta de sol. Ninguno habló por un largo rato.
-Llevo veraneando aquí desde que era crío, pero creo que es la primera vez que aprendo a valorarlo.- La miró a la cara.- Eso es gracias a ti.
Nostalgia lo observaba callada, con los ojos vidriosos. Sin romper con el silencio, le beso apasionadamente, acariciando sus labios con toda la ternura que era capaz de darle. Se separó desapacio, apoyando sus manos sobre su pecho, para crear distancia entre ambos. Las lágrimas discurrían por sus mejillas, los sollozos tomaban su voz, su piel morena se mostraba rojiza.
-¿Qué te pasa?
Pegó dos pasos para atrás. Logró contener su llanto y volver a mirar Darío a los ojos.
-Es hora de recordar.
Como ya era costumbre, él no entendía nada de lo que ella hablaba.
-Déjate de tonterías anda.- dijo bromeando.- disfruta de este lugar tan...
Familiar. Esa era la palabra que se quedaba en el aire. Miraba al horizonte, perdido sobre él, con los ojos húmedos. Se giró a mirarla.
-¿Marina?
Ella lloraba descontroladamente. Era una fuente que no paraba de emanar su pena.
-No...no puede ser. Tú...
-Morí. Si.
A la cabeza de Darío estaba la imagen de aquella compañera de aventuras durante sus vacaciones. Año tras año esperaban al verano para volver a juntarse, hasta ese fatídico día de tres años atrás. Marina y él se encontraban sentados al borde de aquel acantilado. Nunca se imaginaron que era imprudente, que una fuerte ola la haría caer a las piedras que asomaban del agua. Fue todo en el acto.
Darío lloraba mirando aquel maldito lugar sin comprender como pudo haber olvidado ese instante tan fatídico.
-Adios.- escuchó a sus espaldas.- Te juro que solo quería que me recordaras. No he podido evitar ser egoísta.
Se giró bruscamente para abrazarla. No quería dejarla ir. A todo cobraba sentido. No quería volver a perderla, no quería olvidar, solo quería que Marina permaneciese con él. Solo ella lograba entender que se escondía tras esa imagen perfecta de él, todas esas inseguridades, sus defectos, sus auténticas virtudes.
Pero ella ya no estaba allí. En su lugar, se encontraba un colgante con una piedra que se asemejaba a una esmeralda. Fue un regalo que le hizo a los doce años. No pudo evitar gritar su nombre. Y fue la segunda vez que gritó su nombre en aquel lugar, fruto de la desesperación. Solo que está vez, no la olvidaría nunca, pues fue el dolor de haberla olvidado lo que ocasionó el milagro. La brisa sopló, arrastrando a sus oídos una lejana voz.
-Siento haberte enseñado el significado de la nostalgia.
Darío se seco las lágrimas. Sonrío forzadamente.
-No. Solo vive el que siente, por eso seguías viva. Yo apenas sentía. Apareciste para devolverme la alegría de vivir. Por muy perfecto que parecía todo, me sentía solo. La nostalgia es la triste alegría de seguir vivos.
Y mirando al frente, prometiendo no olvidar nunca a Marina, apretó el colgante en su puño, colocado sobre su corazón.