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sábado, 7 de noviembre de 2015

Sobre sus manos.

Sobre sus manos, caricias de medios círculos,
la noche poblada en sus avenidas
junto conmigo, incapaz de dejar de mirar sus ojos.
Madrid es la ciudad que nos contempla,
riendo al ver que lo único que nos detiene
son besos repentinos con bienvenidas triunfantes.
Y mis manos, son peregrinas, sobre su rostro,
mi boca solo quiere devorar sus labios
para que mi piel no se estremezca al separarnos
erizando cada poro con tal de estar más cerca.
Me echa en cara mi condición de poeta,
la acuso por ser el diablo disfrazado tentándome,
nos sonreímos, de manera pícara, sin saber
que hablar, que decir. Solo nos miramos.
Juro perderme sobre sus ojos y no encontrarme.
Solo somos dos locos caminando,
dos más entre tanto mundo que se nos hace pequeño,
si ahora, solo quiero acallar la voz de mi pecho
que me dice que no coja aquel tren,
por mucho que el sol vaya asomar la cabeza
y en casa estén preocupados por mi ausencia.
Refreno mi latido, parando el tiempo
mientras ambos nos aferramos al momento,
dejándome caer, sobre sus manos,
para caer en la completa locura que es mirarla fijamente.
Y esa noche, no habló la embriaguez
si no nuestros labios, sin articular palabra.
Sobre sus manos me oculto bajo sus frases,
si estoy tan cerca que hablar es acariciar el oído,
mientras improviso un pequeño poema
ante la poesía de la vida, de verdosos ojos,
haciéndome caer la vista en búsqueda de la rima,
encontrándome el sentido de estar ahí.
Si ella es, como ese poema que una vez escribí:
"te tengo manía, o entre ellas, no se".
Y comienzo a temer mis palabras por si dicen
algo fuera de lugar, algo disparatado,
pero está noche, quiero cantarle a la vida,
seguir mirando a esa mujer de ojos verdosos,
sin caerme. Para mantenerme sobre sus manos.