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lunes, 23 de noviembre de 2015

Desde y para entonces.

Muchos meses fueron quemados
desde que sus ojos
cautivaron a mi niño interior.

Quise volver a mi infacia
para disfrutar más de cerca su inocencia.

Y mi éxito fue su abrazo,
el mar en calma de sus ojos
ahogándome en la agonía
si libraba al vacío alguna lágrima.

Quise pagar la entrada
para ser el expectador de sus actos,
el docil voluntario
que se presenta en primera fila
para dirigirla por el buen camino
de este largo y breve cuento
que es la vida.

A día de hoy no me arrepiento,
se que me apenaré
cuando se choque de bruces
con el cruel destino.
Pero ahí estaré yo,
para calmar el desbordado océano
que inunde sus pestañas.

No sabré decirla adios,
no seré más que callada ausencia
cuando no me necesite,
un lejano observador a la espera
del momento para aparecer de nuevo.

Diré adios con mi mano
guardando la pena para que no la vea,
mientras tanto vivo sus abrazos
como la paz que nunca tuve.