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domingo, 1 de noviembre de 2015

Desde el recuerdo.

Frente a ti me encuentro, relatando
para todos mis adentros lo ya pasado,
sonriendo al pensar que vengo
con más promesas cumplidas que rotas,
algunas olvidadas en el tintero,
con la pena que da recordarte.
Tus últimas palabras se encuentran
conmigo, al lado, vestida de luto,
añorando todo aquello que fuiste
sin pensar en lo que serás,
si tú eres yo, y todos los que te portamos.
Entiendo entonces que mi vida
no es solamente mía,
mis actos son las alegrías
y las tristezas de tantos
que formo parte de ellos.
Ahora lo entiendo más que nunca.
Y conozco ya el final de este poema
pues es el comienzo de todos mis principios,
mientras miro en ese centro florido
que reposa sobre tu tumba
a Cristo cargado, encontrarse con su madre
como hoy yo me encuentro contigo.
Ahora déjame cargar tu cruz,
clavarme las espinas que no me clavé,
soñar con sentir de igual manera
como mirabas tú a la vida.
Entonces sabré que actúo bien.
Tus palabras llegaron hondo
aunque en la práctica falle aveces,
pensar que también quiero
que lleven flores a mi tumba,
sean regadas con lágrimas,
como las que por ti vertimos
y solo espero que tras evaporarse
te acompañaran hasta el cielo.
Saber lo que hiciste, querer ser lo mismo,
tú me enseñaste a ser un hombre,
pero sobre todo ser persona.
Ahora, no me quiero ir,
en serio lo digo, si tengo
tanto que contarte como dudas
a las que des respuestas,
si tras un par de años aun
se me humedece la mirada
al recordar tanto bueno como malo,
y siendo sincero, te envidio.
Solo tú eres capaz de lograr ese efecto.
Me escudo entonces en que vives en mí,
más si salgo del cementerio
con esa sensación de nuevo:
noto tu mano sobre mi hombro,
me giro y no te veo, un susurro
agita cada poro de mi cuerpo,
respiro aliviado, se que quieres
que siga con mi meta de enseñar
nuestro "Por los míos mi fe."