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miércoles, 7 de octubre de 2015

Tristeza.

Las manos se sienten flojas. Los brazos en si son un peso muerto. El color gris toma posesión de toda imagen que los ojos observan. Un hueco en mi pecho se hace cada vez más y más grande, arrebatado ese calor que el corazón desprende cuando salta con emoción. Ahora solo supone un paso fúnebre, una melodía que poco a poco disminuye su volumen, hasta morir entre susurros.
Solo impera un deseo: no despertar una vez ya he dormido.
La impotencia se aferra a la parte consciente y ahonda en cada uno de los pensamientos, volviendo mi cuerpo en un amasijo de carne débil, sin fuerzas para afrontar sus problemas.
La cabeza deja caer su mirada al suelo, buscando aquella sonrisa que se desprendió de los labios, una sonrisa que solo se lucía ante unas miradas en concreto, pero hoy, tan solo por este día, no se siente coqueta para salir a jugar a los inocentes.
Los ojos se bañan en si mismos, la pena que se desborda sobre las cuencas, vertiendo lágrimas,  naufragas sobre las parcas mejillas.
Todo es lúgubre, tintado por una capa oscura que todo lo cubre, y aquí estoy yo, tratando de describir los sueños quebrados, que una vez prendidos, asolaron mi piel hasta llegar a la causa de mis miradas cómplices.