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martes, 20 de octubre de 2015

Entre nosotros.

Hablando en primera persona coincidí en que fui segundo,
perdido en el minuto, en el corazón aun adolescente,
y si, quiero saborear el placer de ver mi nombre en la portada
de un buen libro, de muchos colores, para tantos gustos,
gracias a la poesía que delata como soy, aunque no me conozca
lo suficiente como para saber que hay tras mi nombre,
y no escribo, tan solo me estoy escribiendo a mi mismo.
Beberé cervezas los findes, reiré como solo los locos saben,
hablaré de poesía con un ignorante que cree que una oración
es solo un rezo a Dios, y aun así seguiré
hablando del ímpetu que me produce la lectura
de la maravillosa literatura que es la hispanoaméricana.
Releo entonces los haikus de Benedetti,
los últimos versos que Neruda dedica,
las crónicas fúnebres de muertes anunciadas por García Márquez.
Olvidé entonces el verde de los paisajes
que nunca produjeron una chispa en mis entrañas,
recordé cada rostro de mujer, hasta el más desconocido
por el cosquilleo que recorrió por mi juvenil entrepierna,
siendo objeto de la inspiración diurna, nocturna reservada
para las caricias que el diablo presta a mi endeble tentación.
Cogí los puñales con los que nunca llegué a armarme,
los lancé fuerte, contra ese futuro impredecible,
más nunca hice daño a nadie por el peso de la moral,
atado a mi conciencia, ¿que reflexiono sino dos veces mi rodilla?
Ignorando mis miedos del porvenir y el por llegar
si tan solo quise saber por donde podré escapar.
Ahora me debato con romper, con todo,
con lo establecido, las normas, el silencio
y saber que se oculta tras la esperanza de sus ojos,
aun vestida de niña buena que considera pecado el hecho de ser persona.
Me cubre la vergüenza, el cielo que no quiere ponerse de acuerdo,
si llueve, río, si clarea, necesito que llueva,
como si se tratase de un licor de dulce trago
o la posibilidad de poder llegar a verla.