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viernes, 4 de septiembre de 2015

Ciudad de libro.


La literatura es una ciudad inmensa llena de calles. Encuentras avenidas donde el oro reluce y otras donde la plata cae en los registros de malolientes burdeles. Existen calles decoradas con preciosas fachadas ornamentadas con un arte que embelesa, y calles mal asfaltadas, roidas por las malas vidas que no supieron cuidarse: el hachís de Baudelaire y su nefasta sífilis contagiada por los prostíbulos de París, los asesinos de Lorca, sangre derramada por causas ajenas de Lord Byron, la puta que le robó los poemas a Bukowski, el alcoholismo  de cualquier autor británico como Edgar Alan Poe Oscar Wilde y la tuberculosis que acabó con un recluido Miguel Hernández.
La luz no alumbra todas las zonas oscuras y mientras unos disfrutan Cien años de soledad otros solo son Crónica de una muerte anunciada de tanto aspirar el humo de Las flores del mal. Una ciudad que visitarla es toda una Odisea, llena de Leyendas que hablan de La calle del alquimista donde Paulo Cohelo lleva acabo su Metamorfosis, y más adelante encuentras El castillo, que ha conocido Guerra y paz pero nunca se alumbró con Luces de Bohemia. Por algunas callejuelas se oye somplar a La sombra del viento silbando en los oídos de un retratado Dorian Gray que esconde sus pecados tras una densa Niebla. En la casa de Bernarda alba hay mujeres de negro, nada de Diez negritos, donde es verano y a La mala hora juegan las niñas a la Rayuela. La literatura es esta gran urbe donde los más perros de los hombres frecuentan La casa verde donde las mujeres que te sirven en la barra enseñan más que los cuentos del Decamerón.
Una Divina Comedia donde Infierno, Purgatorio y Paraíso se unen y en él callo, para estar ausente y así, en la mágica ciudad te Confieso que he vivido.