Follow by Email

lunes, 3 de agosto de 2015

Confesión de una noche.

Los silencios a veces salen demasiado caros, abriendo heridas allí donde no hay carne, pero sangra de igual manera, perlando con una gota salada.

Existen acciones que deben permanecer tan solo como un deseo, por las repercusiones que esto puede desencadenar, pues a veces solo buscamos estar tranquilos, y salir de este estado es algo no recomendado para la sociedad.
A veces el corazón habla, pero el cerebro no entiende, y él siempre tiene la última palabra a la hora de dirigirnos. Las miradas tienden a ser furtivas cuando esto ocurre, comprendiendo que todo es indebido, causando una sensación de culpa por el hecho de tan solo imaginar. Las dudas ocupan hasta el mundo de los sueños y las palabras acaban por sonar nerviosas, haciendo eco en el recuerdo de la vergüenza. Los momentos que se comparten no saben más que a el sorbo breve que apenas invade los labios, tentando al hambre que quiere más.
La ausencia es aquello que más duele, el hecho de verlo todo complicado, susurrando un nombre prohibido, la rosa con espinas que sabes que fuera del florero no puede sobrevivir.
No comprendes porque encuentras encanto en una persona tan corriente, considerando cualquier gesto como especial aun a sabiendas de que eso no es así, ignorando los defectos, considerándolos parte del conjunto que compone y define a la persona como la pieza que llena la ausencia que siempre sentiste. Todo se vuelve extraño, la visión contempla lo imperfecto como perfecto, añora aquello que nunca tuvo y quieres tener.
Vivir de testigo es una pena, pero nunca sabes lo que depara el futuro y si el paso de los años regalará la tan codiciada suerte que se necesita para romper con las barreras que Dios por desgracia estableció.