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martes, 9 de junio de 2015

Aquella.

Buscaba ver de nuevo aquellos ojos inocentes, sentir de nuevo aquel estimulante escalofrío que retorcía cada fibra de su cuerpo y provocaba el choque del corazón contra el pecho, un segundo de vacío que pronto era ocupado por ruidos bruscos y ensordecedores.
No la veía más que ocasionalmente desde que la perdió la pista finalizando su infancia. Sus palabras siempre amables eran atesoradas en su memoria, y su gesto, sencillo pero mágico,  aguardaba el sentido a todos sus pesares.
Aquellos ojos verdes albergaban la razón por la cual era como era, aunque él nunca se percatase de ello.
Cada encuentro producía una caída a un estado de nerviosismo del cual se veía preso y no veía salida posible. Múltiples imágenes con variadas situaciones eran producidas por una sugestionada imaginación, causa de la presencia de la mayor musa del Parnaso que él hubiese conocido.
Dos tímidos besos a modo de saludo eran la presentación a las trabadas palabras que se daban después, seguido por un incómodo silencio y una forzada despedida.
Siempre permanecía en ese estado pétreo, viéndola alejarse junto con la sonrisa más inocente y los ojos más puros que nunca vio.
Solo entonces su nombre se escapaba de sus labios, perdiéndose en el aire que aquella mujer le quitaba.