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miércoles, 21 de enero de 2015

Flores desnudas.

Mi colapsado pensar se ha olvidado
de ver sin ver,
de comprender el llanto
de las flores despojadas
de  aquellos pétalos repletos
de rencor, ausentes de
amor y de cariño,
solo el odio las mantiene erguidas
sobre su tallo, molestas,
ahogadas en rabia y savia
a sabiendas de que aquella luz nocturna
no regalaría más sus baños amarillos.
Sus espinas seguiran protegiendo
del peligro que causaba aquel dulce aroma,
aferradas a sus pecados
orgullosas de su fragilidad de cristal fino,
avergonzadas al caer rendidas por el invierno
canoso, feroz en su hábito
de estrangular cruel
la vida hecha a morir.
Ansían provocar lágrimas
a la inocente primavera
y sonreír luminosas
a una dorada estación,
verter sobre si
rayos fríos al tacto
pero son sangre hervida,
vapor de deseo alegre,
a presión de fuerza
alzan sus cráneos floridos
a tratar de contemplar mares,
las tierras cubiertas
maduras ya por una barba verde
pisada por unos curiosos visitantes
que caminan sin saber apreciar,
testigos de la carne
que nos consiente,
las imagenes que amedrentam
al miedo y el temor
a que todo cambie,
que ya se sabe
que nada puede huir
de aquel dios llamado Tiempo
imponente con su orden,
de su mano invisible
haciendo de estas
un recuerdo de una obra
sin artista y alguien
que añore y sufra
nostalgia sangrante y triste
por no poder acariciarlas ya con los ojos.
La tierra no se mueve
más quieta espera a que
el sol se haga el ciego,
no da nutrientes el aire
que mi aliento urbanista
al exhalar contamina
y no son digestivos
estos versos versados en la locura,
y no regaré bellezas efímeras
por mucho que el jardín se lamente,
olvidaré las flores mustias
que solo se ocuparon de mantener
vivos tonos en el cuadro
sin tener en cuenta el reflejo
de aquello que es real o no.